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Una carta para el soldado americano William Shakespeare,
al amparo del soneto LXXI
porJesús Coria


Cementerio americano de Saint-Avold (agosto 2009)

 

Hic fuit el soldado Shakespare.
De Nueva York a Saint-Avold,
fin de trayecto y sin campana triste,
sin amor que contigo se marchite.

Una guerra más, una guerra inútil.
Un tiempo más, un tiempo inútil
donde sigue oliendo todo a podrido,
aunque no es en Dinamarca.

Descansa, soldado amigo,
que yo pondré mi pluma a recordarte
y escucharé esta noche, a mi regreso,
una canción que es un sueño de verano
en este trágico letargo que no es comedia.

Descansa, soldado Shakespeare,
en estos campos eternamente verdes,
tristes y luminosos como los versos
que te hicieron grande, como eres
entre todos mis poetas.

 

 

 

 

© Jesús Coria. Nací en Zamora, una pequeña ciudad erguida sobre una poderosa acrópolis a orillas del Duero, y mi vida ha transcurrido entre lugares muy diversos del territorio español. Catedrático de Historia y doctor en Historia Medieval, dediqué largo tiempo a la investigación y docencia, entre sesudos libros que arrebataron el protagonismo a otras direcciones literarias. Mis publicaciones, numerosas, encajan en el capítulo de la Historia Medieval, Historia de la Educación Española durante el siglo XIX y primeros años del XX, y también la Historia del Arte. Esta última labor la he compaginado con el cultivo de la poesía. Y así es, cultivo la creación poética desde muy joven y de manera continuada. Mis lecturas siempre han incluido a personajes como Antonio Machado, Luis Cernuda,  Claudio Rodríguez, Ángel  González, Francisco Brines, Paul Éluard, Shakespeare, Dante, Rafael Guillén y Leonard Cohen, por situar algunos de los que ahora mismo pasan por mi cabeza.Quizá avive este impulso literario el abandono juvenil, muchas veces necesario, del territorio que te vio nacer y que ocupó mi infancia y adolescencia; eso que llaman ahora los psicólogos “espacio de confort”. Lo explica perfectamente Claudio Rodríguez, mi paisano, cuando cruzó el puente y se fue: nunca dejó de escuchar el rumor de las aguas de su ciudad, la música que le lleva, una y otra vez, a la vuelta. No es nuevo. Rilke describe la nostalgia como una consecuencia inevitable del alejamiento; Antonio Machado, al final de su camino y en sus últimos momentos, nos traslada su recuerdo de la luz del patio sevillano donde nació: “Estos días azules y este sol de la infancia”. No hay, por otro lado, rastro alguno de melancolía sin memoria humana. No nos cabe ninguna duda de que es una de las fuerzas creativas más significativas del talento literario y, desde luego, de la poesía. La nostalgia, la melancolía, el amor, el conocimiento de la diversidad de los territorios y de los hombres que los habitan, el paso de los años y la lucha por recuperar los valores éticos que dan sentido a la vida son las principales señas de identidad del ser humano, del poeta. Mis poemas hablan de todo ello, de mi adaptación al tiempo y al espacio, enriquecidos por visiones heterogéneas de muchas realidades. Los que ahora presento forman parte de Arqueología Metódica, un libro que acaba de ver la luz meses atrás. La selección ha sido extremadamente compleja, pero sincera. Conforman una muestra que tiene vida propia, acomodada al sentimiento de pérdida desde una perspectiva del tiempo que Víctor Hugo calificaba de “felicidad de estar triste”.

91ariadna