Lavadora de alta gama
por Mariona Rodríguez
Yo tenía una lavadora o un amado, no recuerdo bien, que no sabía llorar. Era ese artificio que ocupa su sitio, siempre firme y rígido por todos sus lados. Me despistaba de tanta cuadratura su puerta redonda y acomodada en su centro, en realidad era una trampilla a su esqueleto, a su osamenta más dura. Todos olvidaban que era cuadrada, incluso yo no calculaba bien sus filos, negaba sus puntas, sus esquinazos y toda su pesadez a fin de cuentas. Me timaba su portezuela. Y es que cualquier abertura por muy agrietada, cualquier resquicio por muy vacío, cualquier rendija por muy hoyo, cualquier brecha aunque sea en la cabeza, puede parecernos una salida si buscamos con ojos liquidados. Se meten en la mente de tu mirada esas lágrimas arrinconadas, empañan cada nervio para hacer llegar a tus sesos y juicios, visiones que son una farsa validada. Si tienes una lavadora que no sabe llorar, te desesperarás y tanto tormento traerá grandes tormentas. Tras los cristales de tu propio llanto verás cruzar un goteo de intuiciones y entre ellas, resbalando lentamente aparecerá el fantasma de tu presencia, con el dedo querrás seguir tu voluntad que ya no deja rastro de compromiso a nada y mientras todo esto ocurre, en tu cráneo resuena el vulgar testamento de tu embobecida memoria que pasó a ser el sustituto de cualquier elevada e inalcanzable promesa. A eso se le llama conformismo cuando eres niño o cuando vas a morir, pero entre tanto puede que te quedes ahí.
O pudiera ser aún peor y convertirte en una llaga errante, tramando por siempre una extrema moral, de tanta amargura por no haberte salido bien aquello que haber hecho bien jurarías mil vidas alargadas. Revisas y todo indica que seleccionaste la ropa por colores, matices y fundamentales motivos de tu vida. Cuidaste mucho no malmeter nunca un calcetín rojo y fiero con los bordados de tiernos recuerdos. Escogiste el programa de proyectos más delicado para asegurarte de no lastimar las caricias en pieles crudas y limpias. Pusiste transparentes pompas de jabón para bañar de comprensión y futuro los desaliños de tu poco ajuar, de tus pocas pertenencias de abrigo verdadero. Después de todo eso, la hiciste funcionar. Como yo. Por aquéllas lo hice sin atribuir sospecha alguna a que el ritmo de una lavadora era a las claras y de corazón. Supuse también que con pasión se puede bañar a lametazos un desierto entero. Creí con mucha inocencia que empapar no implicaba desangrarse, sólo colarse en todas direcciones y en cada litro de sangre.
Pues bien, yo tenía una lavadora o un amado, no recuerdo, que no sabía llorar. Lavaba en seco y sólo ventilaba trapos, viciándolos de enrarecidos ambientes y centrifugados concéntricos. Me hacía sufrir mareos y atontamientos de tanto verle hacer lo mismo en su callejón sin salida, enrollado en su propio ombligo tan grande como un tambor a motor, pero atiborrado con el tejido de mis afectos y mi colada apagada de aspecto. Recuerdo un mundo real, donde la pesadilla era no poder abrir su puerta encasquillada, no poder recoger lo que era mío, mis retales y también encajes, mi vida. Con tanto intento por recuperar mi piel, con sus ganchos me corté no sé cuántos dedos de no sé cuántas manos que me iban naciendo por cualquier parte de mi cuerpo, no me quedó mucho sitio para conservar la cabeza y menos para mantenerla tiesa. Y en esa extraña posición fue cuando ponderé que una lavadora que no llora, es como un hombre que no suelta lágrimas y que nadie diga que los hombres no lloran o que no lavan. Tampoco que las máquinas son inhumanas o los humanos mejores que las máquinas porque lo importante es la poesía y no el poeta, no importa de dónde venga. ¿Y si la poesía llegara por tuberías? Cuán máquina más perfecta sería alguien donde poder guardar tu ser en su interior, como antes de nacer, desnudo y mojado.
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