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En una ola de calor

por Antonio Rómar


(Del libro "De puro meteoro")

 

Al señor Doppler le molestaba el calor y que el concurso de televisión hubiera terminado mientras permanecía de pie en la ventana, sin embargo le contrariaba incluso más aquel hombre que dormía dentro del automóvil, a pleno sol, con un brazo fuera de la ventanilla y la cabeza vencida hacia el cinturón de seguridad. La tarde estaba resultando muy calurosa y hasta infernal, y el señor Doppler llevaba un rato observando el vehículo estacionado en su jardín, sobre su franja de hierba, y al hombre dormido en su interior, sin una sombra encima, el coche rojo.

Le parecía disparatado echar una siesta de esa forma, aunque sobre todo era el asunto de hacerlo dentro del coche y en su jardín lo que más le incordiaba y que las ruedas del automóvil hubiesen arrancado cuatro tiras de césped. El hombre parecía necesitar ese sueño, pensó sin detenerse en esta idea el señor Doppler, porque no se movía en absoluto. El automóvil estaba limpio y encerado, el sol lo azotaba con destellos, salvo las aletas delanteras donde ahora colgaba la hierba del señor Doppler. El hombre iba forrado con un traje pardo, lleno de gruesas arrugas, que no casaba con los brillos insoportables del automóvil.

El señor Doppler estaba en el salón y el televisor mostraba un concurso de rapidez mental cuando escuchó el frenazo y el ruido cromado de los parachoques, uno detrás del otro, contra la acera antes de arruinar su jardín. Se puso en pie de un salto y corrió a la ventana y, al asomarse, vio a aquel hombre y pensó que estaba dormido a pesar de que fuera el aire estaría a más de cuarenta grados. No hacía calor, en cambio, dentro de la casa, debido al aire acondicionado, y fue al llegar a la ventana que el señor Doppler pensó en el calor y en el sueño pesado de ese hombre. Estuvo allí de pie y, cuando levantó el periódico de la moqueta, el concurso ya había terminado. No alcanzó a ver ninguna otra persona en la calle mientras estuvo junto a las cortinas. Y no era de extrañar, verdaderamente, a más de cuarenta grados.

Volvió al sillón y, solo después de haberse puesto cómodo, cuando hubo entendido que el concurso había dado paso ya a los anuncios comerciales, se levantó otra vez, por segunda vez, irritado, y caminó de nuevo hasta la ventana.

No dejaba de pensar en el calor. Podía ver al hombre a través de la luna delantera del vehículo desde la vidriera, a pesar de que estaba muy astillada. El hombre tenía la cabeza apoyada sobre el hombro izquierdo y el sol volvía incandescente la corona del reloj que tenía en la muñeca.

Se decidió a salir, afuera, donde se hacía trabajoso respirar; el aire entraba en llamas hasta los pulmones del señor Doppler. La barandilla era de madera y a punto estuvo de entrar en combustión cuando puso los dedos en ella al bajar los escalones. Anduvo hasta el principio del jardín, donde el coche había segado su césped. Se preguntó quién habría ganado el concurso: si la chica o el viejo. Mi favorito era el viejo, se dijo. La chica era una zorra, se dijo. El hombre este se ha muerto, eso pensó.

Caía sangre de la nariz en el regazo del traje pardo del hombre y seguía sin moverse ni para respirar.

Si no fuera por la sangre, tal vez habría seguido pensando que dormía. Pero intuyó que nadie duerme y se pone a sangrar sin que eso cuente. No respiraba, de esto ya casi no tenía dudas. Así que no dormía. Comprobó el estropicio que habían causado las ruedas por todo el jardín. La mitad de su jardín estaba ahora en las llantas y en el guardabarros del automóvil rojo. De los bajos del vehículo caía un aceite denso, negro, el señor Doppler pensó que esa porquería iba a estropearle el sustrato.

Y vio a dos mujeres que volvían caminando por la acera, una de ellas era suya, su mujer. Llevaba la raqueta apoyada en el hombro, pero la reconoció por los colores de la ropa. Y entonces el hombre, el muerto, allí mismo, sin salir del coche ni tampoco moverse, empezó a silbar. El señor Doppler habría jurado que se desinflaba. El silbido empezó a llenar el jardín, aunque solo podía ser del muerto. Su mujer y la amiga de su mujer, una vecina, de pronto echaron a correr hacia él, cuando vieron el coche y el jardín deshecho, soltaron las raquetas y la bolsa con las pelotas que se desperdigaron amarillas por la acera y el asfalto. Una de ellas se perdió por el hueco de una alcantarilla. Él las esperaba quieto y con las axilas encharcadas.

—¡Fuera! —La señora Doppler dio un chillido exhausto mientras seguía con los ojos muy abiertos el vuelo de la pelota que la sobrepasaba.

Al otro lado de la red, la señora Venturi, con el brazo aún enrollado tras el golpe, puso en duda la vista de su amiga.

—¿Fuera?

—Fuera —repitió la señora Doppler.

La señora Venturi recuperó su postura y caminó hacia la red con el semblante pacífico.

—La he visto dentro —dijo.

—No, no. Fuera —alzó un poco la voz la señora Doppler, que también se acercaba hacia la red.

Las dos se encontraron en el centro de la pista. Llevaban más de una hora jugando y el sol caía sobre el cemento del suelo con tal dureza que podía masticarse. Además, aquella cancha estaba enteramente rodeada de paredes de cristal que evitaban que las pelotas se perdieran entre los árboles, con lo cual el aire del interior vibraba como afinado en una nota muy alta.

La señora Venturi se pasó la mano por la frente y por un brazo y algunas gotas de sudor cayeron sobre el suelo y se evaporaron de inmediato.

—¿Lo dejamos por hoy? —preguntó, pero la señora Doppler no entendió la pregunta, ya que en el mismo momento en que la pronunció un golpe quebrado atrajo su atención.

La señora Venturi también lo había oído. Dirigieron la mirada hacia el mismo punto al fondo de la pista y luego se miraron entre sí. El abejaruco estaba muerto, con las patas encogidas y las alas cerradas, como un pájaro falso que adornara un sombrero. La señora Venturi se agachó a recogerlo.

—No lo toques, Dorothy.

—Oh, vamos.

La señora Venturi hizo una cuna con sus manos y lo acogió con la delicadeza con que trataría a un ser vivo.

—Qué pena, un pájaro tan bonito.

Las dos se quedaron mirando el pájaro que, según dijo la señora Venturi en ese momento, no debía de pesar más de dos gramos.

—Me parece que veo otro allí. —La señora Venturi había puesto la mirada, a través de la pared de cristal, sobre el verde vivo que consigue el riego automático en la hierba.

A medida que avanzaron entre las encinas que circundaban la cancha de tenis, las dos amigas descubrieron que el perímetro acristalado estaba cubierto de pequeños gorriones. La señora Venturi gimió. Alguno, reciente, descansaba pico arriba entre la hierba alta y otros, que podían llevar quietos varios días, habían perdido parte de su carne y sus colores, y enseñaban algunas de sus finas vértebras. Tal vez un gato doméstico ha estado jugando con ellos, comentó la señora Doppler y levantó el pie con cuidado cuando la hierba crujió bajo su zapatilla deportiva.

—Dios Santo, esto es horrible.

La señora Venturi no respondía, pero en aquel momento sus ojos buscaban nerviosos restos de aves por toda la pradera, como si fuera necesario de algún modo hacer un recuento, siquiera a ojo. Volvieron enormemente cansadas de la pista de tenis, cada cual rumiando pensamientos complicados y la señora Doppler sintiendo el escozor sobre sus hombros de la hora bajo el sol.

—No me encuentro bien, Dorothy.

—Hoy mismo hablaré con George. Hay que hacer algo con esas paredes de cristal.

La señora Doppler comprobó que, al fondo de la calle, un vehículo había aparcado frente a su propia casa y que su marido salía del porche y daba unos pasos hacia el mismo. Desde allí no distinguía al conductor y se preguntó quién podría visitarlos un domingo tan temprano y con el calor que hacía.

La señora Finnegann separó el camisón empapado de su cuerpo y lo levantó con la punta de los dedos con la intención de que el aire le secara la piel, apenas consiguió así un cambio de presión, mucho menos de temperatura. Contempló el giro a máxima potencia del ventilador, pero el ventilador que temblaba colgado del techo no le devolvió la mirada. La noche había empezado a resultar muy larga, y la tela transparente del camisón volvió a adherirse a su piel cuando la dejó caer y la señora Finnegann entonces se contorsionó, pero tampoco encontró ningún frescor en la sábana.

Advertía el peso líquido del aire de la habitación, aun con la ventana abierta y el ventilador girando sin embargo con vigor, a pesar de todo lo cual permanecía atenta a los quejidos nocturnos que entraban por la ventana. Y era la escucha lo que la mantenía en vela, no el calor. Distinguió pasos que ascendían hacia el rellano desde la escalera, pero los pasos continuaron hasta desaparecer por los pisos superiores. La manecilla del reloj despertador daba vueltas, aunque ella no podía distinguirla en la penumbra. La ciudad nunca se oscurecía totalmente. Durante las noches remanecía una suave grisura.

La señora Finnegann prefirió no dar nada por sentado cuando un vehículo se detuvo bajo la ventana. A veces el señor Finnegann se entretenía en Jerry’s y ella no podía siquiera figurarse a qué hora regresaría. Lo confirmaron un minuto después nuevos pasos sobre los escalones de madera, que no subían de uno en uno, sino de dos en dos, como un cuadrúpedo. Se trataba, seguramente, de la joven pareja que se había mudado al ático. Tal vez habían pasado el día en el campo o paseando por el muelle al atardecer. O podía ocurrir que el señor Finnegann volviera a casa con alguna otra persona, un amigo al que hubiera encontrado en Jerry’s, con toda probabilidad, un nuevo cliente.

Se retorció sobre la sábana húmeda, no entraba ni una gota de aire fresco por la ventana, pero aquella nueva idea era, de todos modos, preferible a la espera y el ruido del ventilador se atenuaba cuando pensaba así y la sábana le parecía más fresca cuando se daba la vuelta. Y los pasos se acercaban.

Contó tres maullidos largos y furiosos. Imaginó a los gatos persiguiéndose entre las ramas de un arbusto, se llevó las palmas de las manos a la frente. Mantuvo la vista fija en el centro oscilante de las aspas del ventilador y pensó que, de todas formas, era muy capaz de ver bastante bien en la penumbra. Cuando llamaron al timbre, no supo qué hacer. Debía cubrirse, incluso si se trataba del señor Finnegann, que había olvidado su llave, porque era evidente que, incluso si se tratara de él, no llegaba solo. Decidió echarse encima, a pesar del calor, una fina bata. La encontró en el suelo con el pie, arrugada como la piel de una serpiente, y salió al pasillo. Dejó el ventilador encendido, que cabeceaba de un lado a otro mientras giraba con un ruido del demonio, observó la penumbra del salón y le satisfizo que no estuviera muy desordenado. De camino a la puerta trató de recordar si tenía alguna bebida que ofrecer a la visita que traía su marido y encaró la puerta tras anudar el cordón de la bata. Se va a acordar de mí, pensó. Me las va a pagar, pensó. Quién es, dijo.

Los dos agentes de policía levantaron la vista cuando la señora Finnegann apareció tras la puerta.

Podrían haber esperado el desconcierto de la señora Finnegann desde que ella había preguntado un momento antes, pero no esperaban una invitación tan inmediata y espontánea.

—¿La señora Finnegann?

—Pasen, por favor.

Encendió las luces del salón y quedaron al descubierto una revista abierta sobre la mesita del comedor delante del sofá de pelo gris y migas de pan sobre la alfombra. El segundo de los agentes, que no abriría la boca, se quedó mirando la jaula para pájaros que colgaba vacía con la portezuela abierta junto a la ventana.

La señora Finnegann contempló largamente a los policías. Ellos vieron la lentitud con que ella se aproximó al gran sofá. Ninguno de los tres parecía saber cómo entablar una conversación. Ella alargó la punta un dedo y la dejó apoyada en la jaula, que se inclinó muy poco. Los policías llevaban el uniforme impecable a esas horas de la noche. La señora Finnegann pensó que tal vez se lo acababan de poner, que quizás se habían arreglado para subir a hablar con ella en el mismo portal del edificio.

—Petty se nos escapó hace una semana —dijo retirando el dedo de la jaula.

La jaula se quedó temblando.

—Entiendo —respondió el primer agente.

—Dejamos la ventana abierta por si vuelve.

 

 


© Antonio Rómar

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