í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

Cartas a las novias perdidas
David Torres


Premio de Novela Ateneo de Valladolid
Madrid, Algaida, 2020

 

por Álvaro Muñoz Robledano

 

Torres

 

David Torres escribe siempre acerca del regreso. No el regreso al lugar del que uno nunca se marchó del todo, tan imposible como supuesto en el tópico cultural, sino acerca de ese otro, mucho más real, del que todos hemos sido expulsados mil veces antes de salir por primera vez de casa y del que seguimos siendo echados a patadas si hablamos, si bebemos, si despertamos en cualquier parte. Arrastramos una vejez heredada con la que cargamos desde que nacimos, una vejez criminal y palurda, propia de un país que nunca llegó a ser porque lo único en que fue (y me temo que aún es) rico es en manos bestiales dispuestas a destrozarlo por gusto.
Hay, en alguna parte un barrio olvidado por la especulación y por los sueños megalómanos de los alcaldes. Un barrio que todavía hoy es el apartadero al que van a parar los que no pueden escapar de la historia. Tampoco de la suya. En ocasiones, ha tomado la forma de una montaña, o de un puerto de pescadores en el que los poetas olvidan nombres e ignoran rostros. O un cuadrilátero oscuro como una pieza de Schubert. Uno de esos barrios donde las cocinas huelen a posguerra, los bares a emigración y hasta los cables de fibra óptica están empalmados con esparadrapo antiguo. Quien vuelve a uno de esos barrios en el que siempre fue un extraño, un enemigo bárbaro y derrotado, no pretende más que alejarse de él, de todo un país, del espejo que Stendhal pretendía llevar a lo largo del camino, aunque, en realidad, nos persigue sin dejarnos un respiro.

David Torres no escribe acerca del pasado porque no acepta coartadas. Su compromiso con la novela es, sobre todo, ético. Todos sus libros se mueven impulsados por el mismo resorte: la necesidad de lo humano. Nunca ha querido distanciarse de sus personajes, ni los ha rebajado al dibujarlos con trazo grueso. Las dimensiones de sus párrafos son las de un cuerpo maltratado; la estructura de sus capítulos es, en realidad, el mapa de un torrente sanguíneo asediado por aneurismas de siglos. Cualquier suceso, cualquier destino, cabe en una novela de David Torres si encierra una pregunta en primera persona.

Este retrato de familia que se reúne vestida con la memoria nueva del emperador es mucho más que un ajuste de cuentas con los años con que nos maldijeron a falta de un pecado original; es mucho más que un acto de rebeldía frente a la ramplonería y la desidia con que muchos llenan páginas prescindibles. También es mucho más que una elegía por un barrio, por un país, que quizás no la merezca.

Es el espejo.
Es también el camino.
Es un caleidoscopio cuyos reflejos se mueven al ritmo de una música extraña.
Y es Alicia, preguntándole al conejo como se sale de allí, porque está ya cansada de tanto llorar.

 

© A.M.R.

 

©Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), "Salvoconductos" (2006) ganador del III Premio Café MOn. Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003) y "Notas para un tratado de botánica de la oscuridad" (2007) junto a Pedro Díaz Del Castillo.

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