Tres microrrelatos
por Victor Lowenstein
La celebración
En la oscuridad de una sala ignota que se adivina inconmensurable, ella prende un encendedor y deja ver parte de su rostro bajo la luz de la llama.
—Estoy muerta —le dice.
Y una bandada de aves interrumpe su decir, o ultima las palabras que definen su pensamiento.
Como fuere, el silencio se reinstaura en lo oscuro de la sala. Eso, hasta que él acciona su propio encendedor. El rostro se le ilumina entrecortadamente.
—Todos lo estamos aquí —sentencia o responde, como si al hablar lo hiciera para sí o meditando en voz alta.
Acerca de gatos y poliedros
Lo soltaron dentro de la gran estructura cristalina —un sólido limitado por muchos planos— para observarlo por fuera; como se examina un insecto dentro de una campana de vidrio. Sigilosamente, el animal trepó las laberínticas escalinatas hasta alcanzar la cúspide, que era una pirámide desde la que se dominaba todo el laboratorio. Se preguntaron cómo se los vería desde allí. Diminutos hombrecillos en sus uniformes blancos, tomando notas. Ahora era el gato el que los miraba con curiosidad.
La parábola del laberinto
Un sujeto extraviado dentro de un laberinto de altas y macizas paredes de piedra se topa con un anciano que meditaba sentado sobre una roca.
Le pregunta: ¿llevas mucho aquí?
El otro responde: “ya ni recuerdo…”
El joven quiere saber si el viejo ha intentado escaparse alguna vez. “Jamás” -le confiesa- “Si estoy aquì ha de ser por algo y acepto mi destino”.
El joven lo increpa e insulta y le llama pusilánime. Pacientemente el anciano lo escucha y al final pregunta: ¿acaso recuerdas cómo llegaste aquí?
El joven hace memoria, se desespera y sufre un instante de inexplicable crisis tras lo cual se lanza en loca carrera hasta perderse en los meandros del laberinto. El viejo cierra los ojos y continúa con sus meditaciones.
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