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Tres cuentos de amor

por Jesús Urceloy

 

 

I. Amor del bueno bueno

Para Victor García Antón

 

La mujer que mide 2,70 aunque bien proporcionada y el hombre bajito que tiene cara de intelectual se aman en secreto. Llevan así hace años, desde que coincidieron en una sala de masajes de las afueras de la ciudad. El hombre bajito no tenía cara de intelectual el año pasado, se le puso así a las 23:45 de la noche del último jueves de junio, a la salida de Blade Runner, que acababan de reponerla con el sonido mejorado y una escena nueva que había sido rechazada y vuelta a rechazar en todas las versiones anteriores. La mujer que mide 2,70 aunque bien proporcionada es así desde siempre, desde el mismo día que nació. Aunque mantienen su amor en secreto ella sospecha que su padre sabe algo y eso le hace una arruguita en la comisura superior de su boca, una arruguita diminuta e imperceptible para todo el mundo menos para el hombre bajito que tiene cara de intelectual, que hace poco, desde que se la descubrió, mientras hacían el amor con lentitud de mariposas sobre el sofá granate de un motel de las afueras,  intuye que hay otro hombre en su vida.

El padre de la mujer que mide 2,70 es taxidermista por vocación y ha viajado mucho. En uno de sus viajes, mientras embalsamaba un ñandú en Maracaibo descubrió a la que sería la madre de su hija: una negra bantú de piel sudorosa y olor a lavanda que huía en la sabana perseguida por una leona. El padre de la mujer que mide 2,70, herido por las fauces del amor se interpuso entre la leona y la que sería la madre de su hija, armado con un escalpelo y la fe de los desesperados. Esa noche, en la choza de la mujer que sería la madre de la mujer que mide 2,70, el padre vería curadas sus heridas con besos de bergamota y caricias de mujer leopardo, y sentiría, en los aullidos de la nocturnidad alojar una simiente larga y desacostumbrada en el útero de la negra bantú que, en cuclillas sobre su macho, abriría sus ojos para mirar los ecos arrebatados a todas las mujeres tristes del universo.

El hombre bajito que tiene cara de intelectual no es celoso y se dice que son todo imaginaciones, que es imposible que su novia le engañe y para vencer sus temores decide declararse esa misma noche en el vestuario unisex de la sala de masajes, cuando la mujer que mide 2,70 aunque bien proporcionada se esté duchando. Él entrará tras ella, pondrá una rodilla en el suelo jabonoso y bajo el manto de agua caliente le ofrecerá un anillo de oro desde la palma de su mano pidiéndole que se case con él, que basta ya de ocultamientos y citas en viejos moteles de las afueras, que la vida hay que vivirla, que también hay rosas en los descampados, que por favor si me ves llorar es porque se me ha metido un poco de jabón en un ojo.

La mujer que mide 2,70 aunque bien parecida ha decidido esa noche antes de entrar en las duchas huir a las tundras de Nueva Zelanda, las que se bañan en las postrimerías de los Alpes del Sur, encontrar una choza deshabitada y quedarse allí para siempre. Sabe que la libertad nace de un deslumbramiento y cuando esa tarde antes de acudir a la sauna ha hablado con su  padre, que todas las tardes habla por teléfono con su hija y con la madre de su hija allá en lo profundo del África, ha sentido en su interior, en la parte donde a las mujeres les nace el deseo, un deseo que se les vierte por las venas como azúcar y vinagre, como un rugido de mandrágora y un susurro de cascaras de naranja, la necesidad de descalzarse y huir. Huir con una zancada rítmica y alegre hasta que ese zumo que le habita le baje desde el útero piernas abajo mojando la tierra, vigorizando la tierra.

El hombre bajito que tiene cara de intelectual tampoco acude a su cita. De repente, mientras miraba un reportaje en la televisión sobre las rutas de ascenso al Kilimanjaro se ha fijado en una negra bantú de 2,65 metros aunque bien proporcionada que baila una danza tribal llena de saltos y gritos sosegados, como de un parto silencioso, y ha reconocido a la madre de su novia, saltando ululando volcando su dolor y su alegría a cada golpe de sus pies desnudos en el suelo arenoso. El hombre bajito con cara de intelectual se ha soñado sin entenderse en una playa austral, sentado en una roca junto a la orilla, con la serenidad contenida de los que conocen su propia muerte y la ven, avanzando hacia él, con el cuerpo de una ola magnífica, escondida y trágica que también le ha reconocido como víctima, allá lejos, cada vez menos lejos, cada vez acercándose. Entonces, sin comprender absolutamente nada baja a la calle y nota cómo va perdiendo peldaño a peldaño la cara de intelectual.

El hombre bajito que acaba de perder para siempre la cara de intelectual se sienta al borde de la acera y espera a una mujer que viene por la avenida soleada y sin tráfico de agosto. Una mujer que mide 2,70 aunque bien proporcionada que viene dando saltos y cantando una canción oscura que recuerda llantos de baobabs, lémures y agua del río Zambeze y que lleva entre los labios, unos labios carnosos y bien apretados, una ajorca de oro.

 

Mayo de 2015

 

II. El buen amor

 

Para Marisol Huerta

El hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él vive hace tiempo con la mujer que todo lo que pasa en el mundo ocurre delante de ella. El hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él realmente no se llama así, su nombre completo sería “El hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él y cuando se da la vuelta para mirar ya todo ha ocurrido”, pero como es muy largo hemos decidido ponerlo tal que al principio, una cosa sencilla y de fácil comprensión.

Al hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él le cansaba mucho su naturaleza, al principio de su relación sentimental, con la mujer que todo lo que pasa en el mundo ocurre delante de ella. Por ejemplo, estaban sentados tomando café en la plaza mayor de una ciudad populosa y, de repente, la mujer que todo lo que pasa en el mundo ocurre delante de ella le decía: “Mira, hay unas parejas que se han disfrazado de delfines y de ocas y están atravesando la plaza lanzando confeti y cantando canciones de Charles Aznavour.” Pero el hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él no podía darse la vuelta, porque se estaba abrochando, en una postura complicada, el cordón de su zapato, porque su corpulencia no le permitía girarse deportivamente o bien porque la silla, una de esas incómodas sillas de metal que ponen en todas las terrazas del mundo, le tenía aprisionado. Cuando el hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él al fin conseguía girarse, sólo percibía un leve aroma de mar y granja, unos pocos trocitos de papel de colorines que ya los barrenderos recogían con sus grandes escobas y, de fondo, como sin querer, el eco de una canción que decía cosas de una Venecia triste sin tu amor.

Una y otra vez sucedían estas escenas. El hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él nunca vio a la gran osa hembra que enseñaba a sus oseznos a cazar salmones durante aquella excursión al Canadá, los tres giros mortales que Charles Olsen, el gran surfista neozelandés, dio en la Playa de Las Catedrales o el saludo que les lanzaba el actor Al Pacino desde la otra acera del 221 de Brooklyn Street. Y miles, miles de cosas más.

Las cosas sin importancia, sin embargo, sí que las veía el hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él, fundamentalmente porque su esposa, pues ya se había casado con la mujer que todo lo que pasa en el mundo ocurre delante de ella, nunca le advertía de esas minucias y, claro, podía girarse con tranquilidad y ver una pradera verde con un río caudaloso, un chiringuito en una playa lleno de vociferantes americanos o una calle luminosa y muy concurrida al atardecer.

El hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él, en realidad, estaba enamorado de la mujer que todo lo que pasa en el mundo ocurre delante de ella, por lo que con el tiempo estas cosas dejaron de molestarle y cada vez que ocurría algo maravilloso a su espalda, se contentaba con observar los ojos vivarachos de su compañera, sus manos apretadas entre las suyas, un pie de ella que se ponía de puntillas mientras el brazo señalaba a un horizonte invisible. Eso le gustaba muchísimo, ver la alegría, el desconcierto, la sorpresa, la ilusión, el deseo, la impaciencia, la admiración, el pasmo, la maravilla…

Una tarde de julio luminosa y feliz, hacia el 15 para ser precisos, mientras caminaban por el Paseo de San Lorenzo de Gijón, más o menos a la altura del antiguo Mercado de Abastos, la mujer que todo lo que pasa en el mundo ocurre delante de ella se abrazó con fuerza al hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él, con una fuerza llena de miedo y despedidas, una fuerza definitiva y rebosante de películas de amor en blanco y negro, un abrazo desesperado y último, y le dijo:

—No te vuelvas, mi amor, una ola gigante se aproxima desde el horizonte, una ola imposible, llena de agitación y miedo, llena de navíos y pecios arrancados de la paz del fondo marino, una ola rugiente y astral, nocturna y destructora, negra como la desolación, trágica como el desasosiego, impura como el amor desvanecido. No te vuelvas, amor mío, no quiero que sufras, será un instante, no va a quedar piedra sobre piedra, ni casa sobre casa, los muertos serán numerosos y durante mucho tiempo quedará entre los hombres el recuerdo de esta devastación. Te quiero, amor mío, bésame con los besos de tu boca.

Entonces el hombre que todo lo que pasa en la vida ocurre detrás de él supo lo que tenía que hacer y dándole una pequeña mirada llena de sonrisas le dijo al oído a su amada que no había de qué preocuparse. Se dio la vuelta y observó cómo un barrendero le saludaba tocándose con dos dedos la visera de su gorra de plato mientras empujaba, con su gran escoba de madera, algunas hojas muertas.

 

Octubre de 2015

 

III. Bueno, el amor

 

Para Sebastián e Irene (y Dante)

El tipo que mide la acera con una barra de hierro está esperando que algo suceda. Está esperando que algo suceda desde hace mucho rato, desde que amaneció por lo menos. El vecino que le observa detrás de las cortinas del sexto izquierda, donde esos geranios tan bonitos, lleva mirando a la calle desde mucho antes. Sufre de insomnio, nos ha dicho. También nos ha dicho que no vio aparecer al tipo que mide la calle con una barra de hierro, que se ausentó a por un vaso de leche caliente, que se entretuvo liando un cigarrillo, que no lo vio pero que tiene el convencimiento de que fue un poco después de amanecer, que es cuando hay más luz.

Nosotros le hemos mirado a la cara sospechando que algo oculta, le hemos arrinconado entre la estufa y el sinfonier verde del cuarto de estar y le hemos amenazado con el puño en alto, le hemos dicho que recordase exactamente. Entonces se ha vencido, se ha echado al suelo y se ha puesto a dormir, de repente, como si nada le importase. Su mujer ha visto la escena y nos ha dado las gracias. Nos ha dicho que su marido sólo es capaz de dormir tras una buena discusión o un buen susto. Es bueno hacer cosas buenas para la comunidad.

Mientras, el tipo que mide la acera con una barra de hierro continúa, sin lugar a dudas, esperando que algo suceda. Se le nota en la eficacia de su esfuerzo. Apoya con sutileza en la acera una punta de un extremo de la barra, hace una pequeña marca con un rotulador, luego tiende la barra en el suelo y vuelve a marcar el otro extremo. La barra le saca por lo menos dos cabezas. Es muy alto y muy fuerte y a pesar de que ya va haciendo frío lleva camisa de manga corta, a cuadros azules, y chaleco de profesor universitario. El pantalón es de lona resistente, lleno de pliegues y bolsillos y las botas que calza son marrones, de suela de goma: se las hemos visto porque se agacha a menudo cuando tiende la barra a lo largo de la acera.

Ahora la mujer del hombre que duerme en el suelo de su casa, en el sexto izquierda, ha bajado a la calle a traernos una bandeja con café caliente y rosquillas. Son unas rosquillas muy ricas, de su pueblo, un pueblo donde hace mucho sol tanto en verano como en invierno, donde llueve poco y los viejos viven hasta los noventa años. Las rosquillas están doradas al horno y saben a canela. El café es fuerte, denso, ligeramente azucarado, lo justo para mantenernos en pie un rato más. Se lo agradecemos dejándola volver a casa sana y salva.

El tipo que mide la calle con una barra de hierro acaba de llegar a la esquina de arriba, un poco lejos de nosotros. Hay varios coches aparcados en la acera, no muchos, de colores grisáceos y mortecinos que nos tapan parcialmente la observación. En la otra esquina ha aparecido una pareja del brazo, son jóvenes, van con los abrigos abiertos y ríen. Ella se ha dado cuenta de nuestra presencia y le dice algo a él, al oído. Se detienen. Vemos la cara alarmada de ella y los dedos de la mano derecha de él que la toman con determinación del brazo. Fuerzan la marcha hasta la otra esquina, sin molestarse en mirar los cuatro escaparates que anuncian las fiestas de fin de año. El tipo que mide la acera con una barra de hierro es muy corpulento y fuerte. Cuando la pareja joven llega a su lado tienen que separarse y pasar detrás de él separados, primero uno, después otro.

Oscurece, nada es nada, todos los pájaros tienen plumas multicolores, hay un abismo entre la ciudad y su nacimiento, el orden de las puertas giratorias, la voz de los ahogados, una sirena desaparece detrás de aquella casa, la nariz puntiaguda de un taxista que se resiste a gritar, manzanas, cuencos de leche, hay candados tirados por la acera, la risa, hoy garabatos, mañana el humor, tu paz es nuestra paz, ha llegado la hora.

El hombre que mide la acera con una barra de hierro se detiene, no espera que algo suceda. No espera nada. Alza la cabeza y nos sonríe. Avanzamos hacia él mientras desenfundamos nuestras hachas.

diciembre, 2016

 

 

 


© Jesús Urceloy


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