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El único lector

por Sergio G. Colautti

 

 

 

 

“Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado”
Heráclito

 

Nunca supo si fue casualidad. Entre los cajones estaba, como esperándolo, ese manuscrito viejo y sucio que contaba, en algunas frases, toda la historia que lo persiguió y lo perseguiría hasta la tarde última de sus días cansados.

Presintió que esa persecución era una forma de su temor, una huida, un escape hacia ningún lugar seguro. El hallazgo de la carta lo tranquilizaba porque solamente la tendría él y nadie más, y a la vez se convertía en un nuevo martirio, el desgarro de una verdad insospechada.

La carta, o lo que quedaba de ella, estaba ahora ahí, ofreciéndose a la lectura que podría develar tanta intriga, tanto relato inventado, tanta narrativa policial inconexa, absurda y contradictoria.

Increíblemente, decidió no leerla de inmediato; esperó como quien posterga el hecho más esperado, cediendo a la imposición de un ritual. Dobló el papel amarronado, lo escondió en un bolsillo y salió, mirando el cielo limpio que ganaba el patio atardecido, el rincón de la tapia por donde saltó a la casa, el naranjo que sorteaba el muro para ofrecerse de este lado, donde estaba a punto de preparar su escape. Tocó el bolsillo antes de tomarse de los ladrillos para saltar: la carta estaba ahí, siempre esperándolo.

 

el matrimonio celebrado antes de ingresar al país la cuestión de fondo como estatuas autorización provisoria y temporaria a los diecisiete días del mes de cuatrocientos millones de una sola moneda extranjeros sin el respectivo permiso para su hijo estará recibiéndolos allí autoridad jurídica del distrito en el Banco de la Nación Argentina excepcionalmente ante el Sr. Juez de Paz

  

Si ellos tenían esa doble vida era necesario saber de dónde sacaron tanto dinero, cómo es que decidieron fugarlo, esconderlo y luego vivir como quien no lo tiene. Esas dos experiencias ajenas, el atesoramiento y su disimulación, atravesaron sus noches y sus días por el resto de su vida. No era inspector, ni policía, ni cobraba para investigar el caso, pero desde que hallaron a los viejos muertos, masacrados en su propia casa, sin rastro alguno de los cuatrocientos millones de una sola moneda, sintió eso que quizás tenga el signo del destino o los inquietantes nombres de la obsesión paranoica: no poder dejar de pensar, no poder sustraerse al impulso indetenible de entender por qué.

 

Ellos abandonaron el Líbano antes de la crisis de 1964, casi fugándose en un barco árabe-sirio, ingresando a Buenos Aires con una documentación que legalizaba el matrimonio celebrado antes de ingresar al país; en Beirut la división entre musulmanes y cristianos dejaba adivinar disputas más crueles, como fue la guerra civil, pero para ese entonces los viejitos ya estaban en Argentina, con una extraña autorización provisoria y temporaria, en la polvorienta llanura cordobesa, viviendo como pobres y escondiendo esa misteriosa fortuna.

En la década del sesenta, el pueblo cordobés que les permitió sitio y cobijo no sabía que los viejos pagaron más de lo que en esa época valía una casa en una esquina del centro, haciendo a escondidas una escritura ante el Sr Juez de Paz, más entusiasmado en mejorar sus cuentas que en cumplir las ordenanzas que impedían la radicación a extranjeros sin el respectivo permiso para permanecer en el país sin un trabajo declarado: los inmigrantes eran bienvenidos cuando sus manos estaban ansiosas de palas y picos, no cuando eran manos de viejos cansados, con un idioma indescifrables y cierto aspecto misterioso detrás de sus miradas recelosas, sus ropas grises, desteñidas, casi sucias, y su andar silente y escurridizo. Al Juez, en realidad, solamente le interesó el jugoso ofrecimiento, que vendría a ser el acto inaugural del misterio de los viejitos. Tan lastimosos y oscuros en apariencia, tan poderosos cuando metían mano en su maleta de cartón, llena de billetes. El asombro del Juez, que cobró también para callar esa escena, no pudo detenerse en la rueda de amigos del café: alguien más se enteró, otros oídos se asombraron; la versión que atravesó las veredas y la plaza única del pueblo venía de la autoridad jurídica del distrito, no de cualquier paisano. ¿De dónde tanto dinero? ¿Cómo conciliar la figura desgarbada y taciturna de la pareja con la maleta brillante y poderosa? ¿Quiénes eran? ¿Qué hacían aquí? ¿Vinieron solos? ¿Eligieron el destino final de sus huesos o alguien decidió por ellos? ¿Sus vidas grises deben entenderse desde la música inescrutable del azar o las tejió una lógica que podía comprenderse, como un texto disperso, fragmentario, pero legible?

 

Una de las razones por la que entendió, después de muchos años, el porqué de la obstinada búsqueda de la verdad, o de una verdad provisoria que lo conformara, al menos, debió encontrarla más en cuestiones personalísimas que en los perfiles policiales o periodísticos de su investigación. Los viejitos tenían, como sus padres, el estigma de la decrepitud en paralelo: los dos, como sus padres, parecían irremediablemente morir todos los días sin morir ninguno, apoyarse mutuamente en la fragilidad más desnuda, en un desamparo que los ponía, día a día, en la intemperie del final, en la crueldad de la imposible mejoría. La maleta y el dinero no tenían nada que hacer contra los años y el despiadado destino de los cuerpos oxidados. Sus propios padres, también, agobiados por el cansancio de vivir, sin maleta y sin dinero, se parecían demasiado a los viejitos si restamos de ese periplo la tragedia final de los libaneses, acto, clave y cifra de esa carta, de esa búsqueda alocada e indetenible, de esa historia, de este escrito.

¿Qué es morirse? ¿Cuándo empezamos a morir? ¿Qué formas elegirá el porvenir para que entremos en la muerte? Sin respuestas a esos interrogantes, intuyó con inmodificable certeza que el itinerario final de sus padres y el de estos viejos era tan similar, tan parecido hasta en los detalles más insignificantes, que por un tiempo soñó historias del Líbano o de este país, episodios que mezclaban las arenas de oriente y el río del pueblo, los vientos de allá y los de acá, y confundió una y otra vez los rostros de los viejitos con personajes del Líbano lejano o el gerente del banco local con algún joven libanés que deseaba escapar de las guerras civiles refugiándose en la luminosa América que le mostraban las películas.

Quizás, como pensó una noche donde lo gobernó el insomnio, esas verdades eran necesarias para justificar su vida o darle un sentido a su propio modo de existir.

 

Los viejos vivieron en el pueblo disimulando la fortuna que aguardaba en el Banco de la Nación Argentina, única sucursal bancaria en toda la zona, a partir de una gestión aprobada excepcionalmente por el gerente a los diecisiete días del mes de mayo de mil novecientos sesenta y tres; la gestión rápida y secreta del gerente no pudo menos que sorprender a los pocos empleados de la sucursal, aunque parecían ya habituados a manejos poco transparentes del funcionario que meses atrás había llegado desde un pueblo lejano, decían, para ocupar el puesto vacante. La calidad de ese secreto, en el pueblo atento a la más mínima novedad en medio de la exasperante persistencia de los días iguales, chatos, descoloridos, se desvaneció como el humo para convertirse en la sorprendente noticia de las tiendas, las peluquerías, las veredas y los bares; el pueblo todo espiaba noche y día la actividad de los viejitos sentados como estatuas en las pobres sillas que disponían a cada lado de la puerta abierta del almacén, en la vereda de tierra que regaban antes de salir a mirar desde ese territorio propio y a la vez ajeno el pueblo y el mundo que seguramente les parecía a la vez tan propio y tan ajeno.

El pueblo quieto espiaba la esquina polvorienta donde los extranjeros, raros, indescifrables, vendían artículos mínimos de almacén, cosas de ferretería, sin ser ni lo uno ni lo otro, transformando la misma actividad comercial en otro misterio digno de la vigilancia insomne del chusmerío local.

Hasta que un día, en el centro de la primavera ventosa del pueblo, algo ocurrió.

En los pasillos del Banco Nación, el hombre recobró su esperanza de conseguir dinero. El gerente, tras informarle de las dificultades crecientes de la toma de un crédito formal, le sugirió acercarse a los viejitos libaneses de la esquina y preguntar. Por eso el hombre, desplegando como pudo el asesoramiento bancario, solicitó diez millones, prometió devolver doce en el año que corría, mes a mes, firmando todos los documentos que hubiese que firmar. Así se hizo, en pocos minutos y en la pieza en penumbras del fondo del almacén, al día siguiente, tras el retiro de los fondos por la puerta de atrás del Banco, como gambeteando la mirada implacable de los curiosos que actuaban su ignorancia por unos minutos para luego contar el movimiento, los pliegues de la bolsa con los millones, las caras y los gestos del sórdido prestamista y del desesperado deudor. En los bares y los bodegones, en las mesas donde habitaban el truco y fútbol, el tema ahora era el dinero oculto y su destino, la posibilidad de obtenerlo como préstamo, la interrogación sobre el origen: nunca en el pueblo la imaginación saturó tantas historias y relatos, informaciones cruzadas y desmentidas, profecías y vaticinios sobre el porvenir de su poder ilimitado y temible.

Sin embargo, algo se convirtió, poco a poco, en la cuestión de fondo : el contraste insoportable entre pobreza aparente y riqueza oculta hirió violentamente la susceptibilidad del pueblo. Los ricos vivían bien, mostraban su capacidad económica desde sus casas hasta sus ropas o sus viajes, los pobres evidenciaban sus carencias agachando la cabeza al cruzar las calles, ropas invernales aún en verano, vistiéndose siempre con los mismos trapos y aceptando la limosna ajena. Los viejitos del almacén, que vivían como andrajosos, idénticos a sí mismo en los gestos, las miradas y entre sus ropas marrones y negras, que pasaban el día sentados casi sin vender nada a los hombres y mujeres del pueblo que preferían no comprar antes que entrar en esa esquina extraña, que sentían ajena y repudiable, eran sin embargo los más ricos del lugar. El rumor del depósito bancario se convirtió en certeza indubitable cuando ocurrió el primer préstamo. El pueblo, sencillo, austero, en su mayoría pobre, de costumbres muy elementales y repetidas, sintió desde el día del préstamo escondido, en el centro de la primavera ventosa de aquel año, que todos, salvo el puñado de pocos ricos, estaban a merced de los viejos, odiados desde ahora y para siempre, al menos mientras el depósito siguiera allí, amenazante y feroz, en alguna caja del Banco.

 

Cuando leí la carta, la cuestión estuvo más clara. Manchada por aceites y suciedades, rota y maltrecha, podía decodificarse como un texto disperso y fragmentario, pero legible . Comprendí la afanosa búsqueda, la obsesión por saber y por esconder, la desesperación maquiavélica de deshacerse de los cuerpos y actuar como si nada hubiese ocurrido, la sensación de hacer y simular no haber hecho.

Quedarse con todo el dinero es la explicación más directa; también la más superficial. Un oscuro resentimiento familiar, una necesidad sórdida e inconfesable de poner ciertas historias viejas en su lugar, fueron los móviles más profundos, según la convicción con la que cierro mi sed de certezas sobre el caso. La lectura de la carta, imposible para cualquiera, no lo fue para mí, pero fatigué cien noches armando y desarmando el texto, convirtiéndome para siempre en lector único de ese único papel. Entre las frases legibles y las ilegibles descubrí medias palabras, espacios vacíos, incongruencias. Hasta que lo logré, casi en su totalidad, casi hasta agotar su sentido posible.

Ahora soy yo el hombre atrapado por el crimen, ahora soy yo quien no puede salir de la historia, salvo para contar y escribir, aquí, el resultado de mi atormentada indagación:

 

(La) autoridad jurídica del distrito (extiende esta) autorización provisoria y temporaria a (los señores) extranjeros sin el respectivo permiso para (ingresar al país y), excepcionalmente , como cuestión de fondo (teniendo en cuenta documentación que avala) el matrimonio celebrado antes de ingresar al país (autoriza además el ingreso de) cuatrocientos millones de una sola moneda (para ser depositada únicamente ) en el Banco de la Nación Argentina. Su hijo estará recibiéndolos allí.

(Los declarantes, que permanecen ante mí) como estatuas, se comprometen a presentarse ante el Sr. Juez de Paz de la localidad cordobesa de …………… a los diecisiete días del mes de……………….. .

 

Todo era extraño. La mezcla de autorización formal con un lenguaje que denuncia incoherencias narrativas, apuros, incertezas, fechas incompletas, pero también datos claves, inesperados, necesidades y sorpresas, como la insólita incrustación de lo literario en ese texto duramente aséptico: como estatuas . La nota evidencia cierto apuro por autorizar y dar permiso en épocas en las que ese trámite no era tan vertiginoso, como si alguien hubiese tramitado por ellos. La autorización para el depósito en un banco determinado parece pertenecer al surrealismo económico, salvo por la referencia inmediata: su hijo estará recibiéndolos allí. Esta referencia última, la única que alguien intentó borrar o hacer desaparecer del papel, es el centro de sentido del texto desgarrado y mal escrito: es el hijo quien escribe la autorización, no quien la firma, es el hijo quien se asegura la cifra en el papel, no quien la tiene, es el hijo quien se hace del depósito millonario y extraño. Es él, desde el acero helado de su plan pensado y escrito, quien decide el final y sus formas. Es él, también, el que asesina por un oscuro impulso que arrastraba desde su torturada infancia libanesa y quien se odia por devolver con una muerte la negativa de la herencia, es él quien sigue viviendo como si el acto fuese de otro, como si debiera ser él quien investigue los hechos. Es él, incluso, quien narra una y otra vez su pena fingida y taciturna en el diario del pueblo, hablando de una muerte inacabada y pone en boca de un asesino de ficción la frase “ necesitaba hacerlo ”, que, como todas las construcciones literarias, nada explica o tal vez todo lo explica .

Más curioso es que sea él quien no destruyó la carta, inexplicablemente, antes de morir en un hospital de Nueva York, viejo como los viejitos, pobre, marrón y gastado, como ellos, tras despilfarrar los cuatrocientos millones.

A veces conjeturo, en la soledad de mis días vacíos, en el geriátrico donde deambulan otros viejos, perdidos en sus atardeceres desmemoriados, que dejó esa carta para mí, para que el lector sea yo y el personaje él, como quizás quería.

 

Nunca supe si fue casualidad. Entre los cajones estaba, como esperándome, ese manuscrito viejo y sucio que contaba, en algunas frases, toda la historia que nos persiguió y nos perseguirá hasta la tarde última de nuestros días cansados.

 


© Sergio G. Colautti


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