La noche más larga
por James Carter
1
' Viva la muerte '
Millán de Astray
En el corazón de Andalucía la pesada luz estival se bajó sigilosamente de las faldas de Sierra Nevada, pasó de puntillas por la vega, y huyó. La oscuridad descendió sobre el cementerio, sobre las casas atemorizadas, sobre el campo y los pueblos.
La carretera de Víznar a Alfacar se curvaba y torcía mientras se agarraba a los contornos de los empinados pinares. En el camión los prisioneros ya sabían su destino. Dentro de poco una salva silenciaría a los grillos, y sus cuerpos de saco irían a parar a una fosa anónima junto a concejales, catedráticos, sindicalistas, tenderos.
Después de esta noche no habría más poesía, y durante generaciones el nuevo alba no llegaría.
2
' Cuando todos seamos culpables tendremos democracia '
Albert Camus
Un poco más arriba del Palacio de la Alhambra un grupo de turistas esperaba pacientemente fuera de su minibus para poder entrar en el cementerio de San José. Siendo uno de los más antiguos de España, había sido incluído en una red de camposantos europeos como reclamo turístico. En la entrada recibieron un plano, y los que entendían la traducción estrangulada de las instrucciones técnicas bajaban más información a sus móviles.
El trazado del cementerio era muy parecido al de la cuidad de Granada, con las tumbas más importantes y los panteones familiares más elegantes situados en el centro, como si quisieran mantener hasta en la muerte su estatus tan duramente adquirido en vida, mientras los más humildes y simples se encontraban en las zonas más tranquilas y alejadas. Muy cerca de la tapia del cementerio había fila tras fila de nichos, como bloques de pisos, reflejando los barrios populares de Granada como La Chana o El Zaidín.
Mientras iban de patio en patio, aprendían la historia del cementerio granadino, sus inquilinos notables y notarios, sus urnas ecológicas y sus coches fúnebres eléctricos. Flores de plástico se entremezclaban con ocasionales muestras de riqueza o de fama – una imagen de ángel esculpida en piedra fría - mientras los turistas se mezclaban con los dolientes bajo el resplandeciente sol invernal, sin darse cuenta de que paseaban por una gran fosa común.
En el mirador, situado en lo más alto del cementerio, les daban unos minutos para comer y beber algo mientras contemplaban los picos silenciosos de Sierra Nevada, de nuevo cubiertos de nieve olvidadiza. Un silencio y un olvido que muchos confundían con la paz.
Al salir no veían los ramos de flores pálidas que adornaban la tapia del cementerio. No podrían imaginar que allí fueron segadas tantas vidas durante las largas noches del pasado, o que los impactos de bala de los pelotones eran todavía visibles. Sus guías llenas de fotos a todo color no lo mencionaban, y el monumento en forma de búnquer a los que dedicaron su vida a Granada o la escultura para los caídos durante la Guerra Civil , habían sido diseñados según la doctrina oficial de no herir sensibilidades, y como tal, resultaron ambiguos. Después de haber leído tantos epitafios declarando una memoria eterna hacía los muertos, los visitantes se hubieran quedado sorprendidos de saber que para las miles de personas que perdieron sus vidas en este mismo sitio, no había ni una placa conmemorativa. Solo silencio y olvido.
En contraste, la vida abajo en la ciudad era enérgica y ruidosa. Ni desde los bares de tapas o las tiendas del centro, ni desde los atiborrados autobuses o el asiento trasero de los scooters, la colina de la Alhambra se divisaba, y el tiempo avanzaba a toda velocidad, seguro de sus poderes curativos. Los adolescentes merodeaban, entre el pavoneo y la vergüenza, por los locales de fast food. Hombres de negocios intentaban impresionar a sus colegas, sobre todo a las mujeres, con muestras de modales y generosidad. El rugido del tráfico y sus cláxones, el zumbido de mil conversaciones, un río de hombres, mujeres y niños decididos a sacarle el jugo al presente mientras corrían de prisa hacia el falso amanecer del siglo veintiuno español.
Si hay una cosa que el tiempo no puede curar, es la injusticia, y la Historia nos enseña que un problema ignorado es un problema aplazado. Por esta razón Ricardo Gámez, arqueólogo, se encontraba en las luminosas oficinas del gobierno local, esperando un sello. Por fin iba a recibir la luz verde para poder cumplir su misión. No había sido fácil.
No era la primera vez que alguien había intentado recuperar los restos óseos de Lorca, y esto iba en su contra. Guiados por rumores y la tenacidad de algunos historiadores, ya habían examinado y excavado una zona extensa alrededor del árbol donde supuestamente el poeta había sido fusilado. Para la frustración de algunos, y el alivio de otros, no habían encontrado nada, la tierra que cubría la zona no era lo suficientemente profunda para una sepultura. El asunto se olvidó.
Pero el equipo de Ricardo estaba convencido de que había localizado una fosa común cerca de un sendero en el pinar, no muy lejos del sitio original. Las pruebas preliminares indicaban unos cuatro cadáveres, pero haría falta una examen riguroso para averiguar la verdad. Y para poder hacer esto, necesitaba un permiso oficial.
Procurar documentos oficiales en España es un ejercicio espiritual muy enriquecedor, donde tanto la paciencia como la fe se ponen a prueba. Finalmente, después de casi dos años de peregrinaje burocrático, de solicitudes, fotocopias y originales, certificados, compulsas, recursos y silencio administrativo, la fase inicial se acercaba a su fin. El que resiste, gana.
— Sr. Gámez, pase por favor.
La Delegada era una mujer de unos cincuenta años, bajita y rellena, con ojos penetrantes y movimientos cautos. Rápidamente escrutó a Ricardo buscando alguna señal, pero él estaba acostumbrado a esto, y no habría nada de su aspecto que le delatara, ni la ropa, ni el pelado, ni su elección de reloj. Ella hizo un gesto hacia una silla y Ricardo obedeció.
Ahora tenía que andar con cuidado, por lo menos hasta que tuviera los documentos firmados en sus manos. En teoría Teresa Del Valle no tendría más remedio que aprobar su petición, pero su experiencia le decía que sería mejor no correr riesgos innecesarios. A estas alturas lo último que necesitaba era una demora más. Había encargado a su equipo un informe sobre la Señora Del Valle , pero no habían averiguado nada de interés. Simplemente era una funcionaria competente, diligente e inteligente.
Desde el principio se sabía bajo sospecha. Era una especie de juego, y la idea era parecer ambiguo, ni de un lado ni del otro, sin dar pistas. ¿Cuál era su propósito? ¿ Era neutro, o tenía perjuicios, y si era así, hacia qué lado se inclinaba? ¿Por qué insistía en remover pasiones ya enfriadas? ¿ Su motivo era una búsqueda de la verdad histórica, o una especie de revancha? Sabía que la funcionaria intentaba contestar estas preguntas, buscaba cualquier indicio. Hasta ahora ella no estaba segura. Ahora, probaría con unas preguntas envenenadas.
— Sr. Gámez, tengo aquí un documento de mucha importancia, un documento que le dará la potestad para investigar una extensa zona del pinar de Alfacar. Sólo falta una firma.
Le echó una mirada por encima de sus gafas, pero Ricardo no se inmutó.
— ¿Ha mantenido usted contacto con la familia?
— Actúo en su nombre, a petición suya.
— ¿ La familia Lorca ?
Los dos sabían que la familia Lorca estaba en contra de la exhumación.
— No, la familia Galeno.
El poeta no había muerto sólo. Por lo menos tres personas más habían sido abatidas aquella noche, entre ellos Teodoro Galeno, un profesor republicano. Fueron sus nietos, liderados por Elena, quienes habían contratado sus servicios.
— Entiendo.
Mientras hojeaba las páginas del documento lanzaba miradas furtivas a Ricardo, pero él se mantuvo relajado, abrazando su portafolios.
— Naturalmente sabrá usted que la zona fue investigada exhaustivamente en una ocasión anterior.
'Exhaustivamente' era la palabra a evitar, era una trampa. La búsqueda del 2009 había sido llevada a cabo con demasiada prisa, fue muy limitada, y las críticas no habían tardado en llegar. No obstante, mencionarlo aquí sería imprudente, ya que pasar el testigo es un deporte nacional en España, y sugerir que alguien habría huido de su responsabilidad podría ser interpretado como un insulto.
- Mis colegas tuvieron la oportunidad de buscar los restos del Sr. Galeno en una zona previamente acordada por todos los involucrados. El resultado fue negativo.
— Sin embargo usted cree que tendrá más éxito.
Era difícil saber por su tono si lo había dicho con ironía o no.
— La información preliminar sugiere una posibilidad de tener éxito, y la familia Galeno ha expresado su deseo de avanzar en este tema.
En ese momento él recordó la cara redonda y benévola de Elena cuando le había dicho 'no se trata de una revancha, como piensan algunos. No fue nuestra guerra, todo terminó hace tanto tiempo. Simplemente queremos enterrar a los muertos para que estén en paz. Es una promesa que hice a mi madre, como ella lo había prometido a la suya. Solo entonces podremos descansar.'
— La familia Lorca no.
Dijo Teresa. La familia del poeta había estado siempre en contra de la búsqueda de los restos de su pariente, y esto había generado mucha especulación. Rumores habían llenado el vacío creado por la ausencia de datos verídicos, y la gente hablaba de pactos secretos con el régimen de Franco, de coches negros llegados de Madrid, de cajas metálicas de contenido sospechoso. La zona alrededor del olivo había sido convertido en parque, y muchos creían que fue entonces cuando sus restos habían sido recuperados y enterrados de nuevo en un lugar donde nunca más verían la luz.
— No estoy en una posición de comentar su punto de vista, el cual respeto totalmente. Mi trabajo es puramente técnico.
Teresa sonrió. Entendió su estrategia. Él prefirió esconderse detrás de su estatus profesional y así evitar cualquier comentario político. Entonces ella decidió cambiar de táctica. Se echó atrás en su asiento y adoptó un tono grave.
— ¿Se da cuenta de que habrá repercusiones internacionales.? ¿Que se expone España entera?
— Entiendo que es una gran responsabilidad, no solo para mi equipo, sino para la totalidad de las instituciones españolas. Estoy seguro de que, si seguimos los consejos de su departamento, podremos llevar el asunto hacia un final satisfactorio.
Teresa tocaba su collar suavemente con los dedos, pensativa.
— Mucha gente cree que usted está abriendo viejas heridas.
Fue lanzado como un dardo.
— La familia Galeno desea finalmente curar sus heridas con un enterramiento digno para su pariente. Creen que entonces pueden estar en paz.
— Pero si encuentran los restos del Sr. Galeno, también encontrarán los restos de Lorca, ¿no es así?
— No es nuestro cometido, pero sí, existe la posibilidad.
— Y esto molestará a muchos, ¿no?
Ricardo decidió no contestar.
Teresa Del Valle daba vueltas a su bolígrafo mientras asesaba a este Señor Gámez, arqueólogo. ¿Cómo no aprobar su petición? No había mención alguna de solicitar fondos públicos, tampoco había ningún indicio de interferencia política. Parecía que de verdad representaba solo a la familia Galeno. Si su equipo tuviera éxito y encontrara los restos óseos del poeta, quién sabe lo que pasaría, pero, dadas las circunstancias ella no tenía elección. La tranquilidad de Ricardo, su buena apariencia, su falta de pasión, sus respuestas profesionales y diplomáticas la habían convencido. Cogió el sello.
3
Granada es tierra de contrastes. En menos de cincuenta kilómetros los altos picos de Sierra Nevada se precipitan hacia la costa sub-tropical del Mediterráneo, donde se disuelven en el mar entre mangos, kiwis y aguacates. Los inviernos son largos y fríos, a menudo con temperaturas bajo cero por las noches, y donde ocasionalmente hay una nevada de postal en el centro. Sin embargo durante el verano la ciudad se paraliza bajo el estupor de un calor sin piedad. Es una población Mora que los Católicos no conquistaron del todo, como si no hubieran podido o querido deshacerse de algo tan profundamente bello como La Alhambra o el barrio del Albaicín. Se contentaron con dejar su huella construyendo el monolítico Palacio de Carlos V dentro del recinto palaciego, al lado de los delicados patios y fuentes de sus predecesores islámicos, o reconvirtiendo las mezquitas en iglesias, a menudo conservando elementos arquitectónicos esenciales.
Es una ciudad provincial, con largas tradiciones y maneras locales, curiosamente orgullosa de su mala fama, su 'mala follá', pero ofreciendo una tapa gratis con cada consumición. O cosmopolita, un faro para estudiantes y visitantes de todos los rincones del globo, los cuales traen sus idiomas y modernos artilugios tecnológicos para mostrarlos a una población que prefiere fingir desinterés. Solemne durante las procesiones de Semana Santa, frívola en la Feria, hospitalaria de una manera taciturna, incluso bruta en ocasiones, pero con una actividad cultural que es la envidia de grandes ciudades. Granada es un microcosmo donde el negro y el blanco conviven juntos en armonía sin converger jamás en gris.
Pero no siempre había sido así, y los conceptos opuestos que muchos entendían como complementarios, otros los veían como divisorios. En la misma familia de Ricardo, un tío abuelo había luchado con los Republicanos, otro para los Nacionalistas. Él se había criado sabiéndolo, era un hecho, pero nunca se mencionó, y debido a una especie de 'omertá' española, no había podido comentarlo a nadie. Formó parte de lo que se conocía como Las Dos Españas, la derecha y la izquierda, dos visiones enfrentadas y aparentemente irreconciliables.
Así que quizás no es de extrañar que cuando salió la noticia de que habría un nuevo intento de buscar los restos de Lorca, Granada se dividió en dos. Para algunos era un triunfo, otra oportunidad de enmendar errores del pasado, para desterrar de una vez por todas la terrible sensación de vergüenza de no haber podido evitar el asesinato del poeta. Para otros era un vergonzoso intento de re-escribir la Historia, de buscar tardíamente la venganza, de culpar a una generación entera de ciudadanos bienintencionados e inocentes.
La Guerra Civil , las atrocidades cometidas en los dos lados, el interminable reinado de los ganadores, la muerte de Franco, todo era tabú y vetado a conversaciones cotidianas. Era un campo de minas, y solo podría llevar a un debate estéril. Era algo que pertenecía a otra generación, distante y con un olor a viejo, como una antigua disputa familiar que todos habían acordado no nombrar jamás. Para el día a día, amnesia muda era la actitud más sabia, y se consideraba que lo mejor para todos era no opinar en público.
Después de cuarenta años de dictadura, la Transición había sido un pacto entre caballeros de no agresión mutua. El pasado no se nombraba, para poder enfocar toda la energía positiva en el futuro. Generales, Obispos, Ministros y Jueces tenían que ser apaciguados, ganados para el nuevo sistema, y la mejor manera de lograrlo era simplemente mirar para otro lado. A lo largo de los años muchos habían concluido que esto quería decir que el régimen de Franco jamás sería revisado, ni siquiera criticado, y mucho menos juzgado.
Y tal vez esta amnistía tácita hubiera funcionado, si no fuera por las víctimas olvidadas.
4
El equipo de Ricardo se había instalado en Aynadamar, la Fuente de las Lágrimas, a poca distancia del parque dedicado a Lorca y de la zona de excavación. Hace tiempo que las autoridades y los medios de comunicación se habían marchado, dejándolos solos y sudorosos debajo de un toldo blanco erigido para protegerlos de tormentas de verano y de miradas no deseadas. Habían investigado aproximadamente un tercio del área acordonada, pero no habían descubierto nada de interés, acaso unos huesos de animal y un cartucho de cazador. El sol de agosto apretaba, atrapando el calor debajo de la lona, haciendo el trabajo lento y laborioso. Dos agentes de la Guardia Civil asignados para vigilar los trabajos mataban las horas como podían, mientras el grupo de Ricardo levantaba nubes de polvo debajo de los pinos.
Fue uno de los jóvenes voluntarios de la universidad de Granada quien encontró la primera señal. El casquillo de una bala, pero de ningún cazador. Era munición militar. Así que estaban en lo cierto. Con suerte no tardarían en desenterrar los cadáveres que yacían bajo el pinar. Luego podrían pedir un análisis de ADN a sus colegas en la unidad forense de la universidad. Podría ser lo que andaban buscando, pero tendrían que proceder con cautela; si la noticia saliera, estarían asediados por equipos de televisión y mandatarios de todo tipo. Miró de reojo a los agentes somnolientos, y decidió reunir a sus colaboradores.
Su equipo trabajó tranquilamente, continuando como antes, intentando no levantar sospechas a los dos agentes. El plan consistía en hacer llegar unas muestras óseas a sus contactos en el departamento forense antes de hablar con la prensa. Sólo la familia Galeno estaría al tanto del secreto, ya que Ricardo sabía que contaba con su total discreción. También sabía que la universidad contaba con unas muestras de los familiares de Lorca, y que estarían incluidas en las pruebas de ADN. Si daban positivo, él quería ser el primero en saberlo, y así tener preparada su parte mediática.
Tampoco podía obviar algunos detalles legales. Cualquier descubrimiento de restos humanos habría que entregarlos a la policía, quienes prepararían un informe para el juez designado al caso. Sólo después de una inspección oficial se pueden tocar los restos encontrados. Ricardo necesitaba una estrategia para esta situación. Diría que, dado que no había manera de saber si se trataban de restos animales o humanos, había decidido enviar todo para un análisis exhaustivo antes de molestar a la autoridad competente. Una interpretación de las reglas del juego suficientemente convincente para comprar un poco de tiempo antes de verse forzado a entregar todo a una autoridad superior, lo que ocurriría, sin duda, si de verdad habían encontrado lo que pensaban.
Cuando la prensa nacional e internacional fueron informadas del hallazgo de los restos, Ricardo y sus colaboradores ya sabían que habían tenido éxito. Fingían estar nerviosos mientras esperaban confirmación oficial de su descubrimiento, siempre subrayando el hecho de que no buscaban los restos de Lorca, sino los del Señor Galeno.
Después de varias semanas llegó la confirmación; el poeta había regresado.
5
La poesía sana las heridas infligidas por la razón.
Novalis
La cola de personas que quería rendir homenaje al poeta bajaba los escalones de la Catedral hasta la Plaza de Las Pasiegas, donde serpenteaba entre vallas metálicas como las filas de inmigración en grandes aeropuertos internacionales, antes de desaparecer hacia la cercana Plaza de Bib-Rambla. La imponente puerta principal estaba abierta de par en par, y la gente esperaba con paciencia su turno para despedirse de Lorca. Luego saldrían del templo por La Puerta del Perdón, en la calle Cárcel Baja , donde las cámaras de televisión se giraban sobre brazos hidráulicos. Policías a caballo patrullaban las zonas adyacentes, y vendedores callejeros ofrecían castañas asadas, garrapiñadas, y globos de helio de conocidos dibujos animados.
Era a principios de diciembre, y una lluvia fina sacaba brillo a las losas de la plaza y a la masa de paraguas apagados. Después de mucha bravuconería, habían alcanzado un acuerdo para que los restos de Lorca recibieran homenaje en la Catedral de Granada. Una vez más, no había resultado fácil. Hubo un debate visceral acerca de los méritos y deméritos del poeta muerto, de sus opiniones políticas, hasta de sus preferencias sexuales. Los ataques mutuos habían sido intensos, incluso histéricos, pero al final había ganado la concordia. Recibiría los honores más altos, no sólo de Granada, sino de toda España. De hecho, el mundo entero los observaba ahora, preguntándose si esta vez la nación sería capaz de dar ese último paso hacia la reconciliación. Porque resultaba difícil entender como este país tan amable y hospitalario era incapaz de hacer este último gesto – de iluminar los rincones oscuros de su historia reciente, de enterrar, y sobre todo, de recordar a los muertos.
El funeral se celebraría en el cementerio de San José el veintidós de diciembre. Ese día era tradicionalmente el día de la lotería nacional, El Gordo, y muchos dudaban de si la fecha era apropiada. Pero las autoridades subrayaban que el veintidós de diciembre era el día después de la noche más larga, y que representaría un nuevo amanecer en la historia de España. A partir de ahora El Gordo tendría que compartir su momento de gloria anual con El Día de la Reconciliación Nacional , popularmente conocido como El Día de Lorca..
Nieve fresca de invierno centelleaba debajo de un brillante cielo azul mientras Granada se preparaba para el peregrinaje hasta el cementerio situado en la colina de La Alhambra. Helicópteros zumbaban arriba como enormes mosquitos, las campanas de las iglesias repicaban por toda la ciudad, y plumas de humo de petardos precedían a su explosión ensordecedora. La ceremonia tendría dos fases. En la primera, el Rey, el Presidente, el Arzobispo de Granada y el Alcalde, en presencia de la familia Lorca , inaugurarían un sencillo monumento diseñado específicamente para la ocasión, un olivo diminuto de bronce, montado en una piedra de granito, con un verso del poeta – Mira a la derecha y a la izquierda del tiempo, y que tu corazón aprenda a estar tranquilo .
Ricardo había recibido una invitación oficial, pero había decidido no acudir, ya que ni los demás de su equipo ni la familia Galeno habían recibido el mismo trato. Prefería esperar hasta la segunda fase, una vez que las medidas de seguridad hubieran sido levantadas. Sería el momento en el que el pueblo llano podría libremente rendirle homenaje al poeta.
Parecía como si Granada entera, Andalucía entera, subiera las cuestas hacia la luz aquella mañana perfecta y preciosa. Multitudes se formaban espontáneamente en el Paseo de los Tristes, que habían bajado desde el Albaicín y las cuevas de Sacromonte para seguir la ruta antigua, por la empinada Cuesta de los Chinos a través de la Alhambra hasta el cementerio. Más abajo, siguiendo el río Darro, en Plaza Nueva, un gran número de personas provenientes del centro de la ciudad se congregaban para subir la Cuesta Gomérez , por el fresco bosque de la Alhambra, muchos de ellos con flores para la tumba del poeta.
El Camino Nuevo del Cementerio, que asciende entre chumberas por el Barranco del Abogado, era una marea de hombres, mujeres y niños, como si de una romería se tratase, a medio camino entre feria y peregrinaje, a la vez alegre y respetuosa.
Desde Almanjáyar, en el norte, hasta El Zaidín en el sur seguían llegando por miles. Los accesos de la ciudad estaban colapsados por la gente que vivían en los pueblos del cinturón que intentaban acercarse, creando enormes retenciones. Desde Málaga y Sevilla venían, por carretera o ferrocarril. No había habitación de hotel libre , y los afortunados turistas que habían reservado con antelación se convertían en testigos inesperados de este momento histórico.
Los tributos continuaron durante todo el día. Artistas de flamenco cantaban saetas desgarradoras, poetas de renombre recitaban obras de Lorca, y un grupo teatral representaba un fragmento de Bodas de Sangre. La tapia del cementerio se vio adornada con grandes coronas en honor a la memoria de los fusilados. El Rey mismo, como Comandante Jefe de las Fuerzas Armadas, descubrió una placa con las palabras – El olvido es el peor de los crímenes .
Al atardecer los visitantes eran cada vez menos, y un aire frío corría por el camposanto. Ricardo se dirigió hacia uno de los patios más alejados, El Patio de San Miguel, en lo alto del recinto, con increíbles vistas de una Sierra Nevada bañada en tonos anaranjados y violetas bajo la luz del crepúsculo. Ahí estaba Elena Galeno, nieta de Teodoro, quien había luchado tan tenazmente para encontrar y enterrar los restos de su abuelo. Unos metros por encima de sus cabezas, en la quinta fila de nichos, había una urna llena de flores de plástico detrás de un cristal donde se leía estas simples palabras.
Teodoro Galeno Ballesteros, 1882-1936. El hombre ha muerto, pero su recuerdo será eterno.
— Elena, pronto cerrarán las puertas, tenemos que marcharnos.
Ella le sonrió y puso la mano en su brazo.
— Estoy lista. Ya podemos irnos.
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