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Una noche de pasión

por José Manuel Alfaro Basilio

 

 

Habían pasado unas nueve horas desde que terminé mis ejercicios de meditación al alba de aquel domingo, en el que como todas las mañanas daba gracias a la vida.

Lo que no esperaba era despedir al distinguido día con tan elegante muestra de cortesía.

Era las ocho y cuarto de la noche, cuando nos encontrábamos en plena fila delante del conocido Gran Teatro Falla de Cádiz.

Pasión Vega era el motivo de aquella espera, y mi hija la responsable de aquella situación, pues tres semanas antes nos regaló dos entradas para asistir al concierto que daba la cantante aquel domingo de diciembre bajo el lema Gracias a la vida.

-Disculpen ustedes señores, ¿creen que es necesario permanecer aquí de pie con este fresquito y el palco ya reservado? -le pregunté a un matrimonio que se encontraba en cola a la espera de que abrieran las puertas para entrar-

-Si ya tiene la entrada no se preocupe porque en el palco hay seis sillas, dos para ustedes y cuatro para los que lleguen. ¡No hay problema, se ve bien!

Siendo como fue, y escuchado lo oído decidimos dar un paseo por la calle Ancha para hacer tiempo y estirar las piernas, por lo que nos paramos a la ida en la plaza de San Antonio para empezar a disfrutar del inminente ambiente navideño de las fechas que se avecinaban.

Al cabo de media hora, nos encontrábamos entrando por las puertas del Gran Teatro Falla, que si bien conocíamos, no es menos verdad que hacia muchos años que no visitábamos. Lo nuestro de hoy era mas bien un nuevo descubrimiento que la vuelta a un recuerdo aletargado.

-¿Por donde hay que coger?- le pregunté al portero que nos pedía la entrada.

-Suban esa escalera y cojan el pasillo de la derecha. Allí encontraran su palco.

Y tal como dijo, fue.

Mi mujer y yo llegamos al p.4 –palco número cuatro indicado en la entrada- cuya puerta color caoba de acceso estaba cerrada ,como todas las demás puertas, y que abrí con sigilo adelantándome a mi mujer, como el que abre una caja de sorpresas para ser el principal sorprendido; solo que el palco ya tenia “dueño”, pues otro matrimonio muy bien acomodado con sus abrigos y pertenencias sobre el resto de los asientos nos saludaron en yo diría, una conformada actitud, con su teatral saludo de buenas noches, hemos llegado primero .

-Buenas noches, le respondimos: ¿les importaría quitar sus abrigos por favor?

-Lo siento, pero las sillas están ocupadas -nos contestaron con certeza- cuando al par de minutos llegó su hija con el novio, ocupantes ambos de aquellos estúpidos asientos.

Siendo así, lo que nos quedaba eran dos sillas-taburetes, o taburetes sillas que a modo de un híbrido del bricolage, se presentaban con una altura que sobresalía a la de sus primas las sillas, para que de esa forma los espectadores que llegaran tarde, o sea los de atrás, pudieran ver sin dificultad.

-Nosotros aquí no nos podemos sentar, pues nuestras espaldas no soportarían mucho tiempo en favor de nuestros ojos.

-¡Yo aquí no me siento!-me respondió mi mujer-

-Y yo tampoco, pues entre otras cosas noventa euros se merecen mejor trato.

Salí del palco y me dirigí a una acomodadora que a su vez se dirigió a mi y que al tiempo nos dirigimos a la solución del problema, el cual una vez expuesto, encontró la respuesta en la buena voluntad de la empleada que a cinco minutos del comienzo del concierto nos trajo ambas sillas para ambos culos cincuentones y sus espaldas respectivas.

-No entiendo por que no colocan una tarima con rampa de subida para elevar la mirada de los espectadores en vez de estos refinados taburetes que se parecen a los de la barra de un bar de copas. Esto se lo voy a sugerir a la empleada.

-¡No empieces eh! ... ¡Manolito, no le digas nada!

-No te preocupes, era broma; pero no sería mala idea.

Y no fue mala idea, porque mientras disfrutaba mirando la vieja arquitectura del teatro y su decoración, me topé, visualmente, con un grupo de señoras que para sorpresa mía estaban más altas que yo, cuando todos nuestros palcos se situaban en el mismo piso.

¿Dónde estaba el secreto? Pues que en el susodicho y coqueto mirador, que seguidamente me di cuenta que era el de las autoridades, observé una tarima de madera sobre la cual se acomodaban las sillas con sus correspondientes traseros señoriales que en distintos niveles hacían la visión del espectáculo auténticamente transparente. Es decir, que nadie estorbaba la visión de nadie.

Lo que no llegué a entender era que tiene la autoridad y su cónyuge que no tenga el plebeyo y su pareja, es decir; yo y mi mujer o viceversa, pues al fin y al cabo ambos tienen los ojos por delante de las cabezas.

Luego y con mas detenimiento en el detalle me fijé que el respaldo de las sillas “señoriales” era más anatómico que el nuestro, y que la primera fila de sillas de tan ilustre palco, tenían dos brazos de madera sobre los que dejarse caer.

¿Porqué será que las autoridades siempre tienen que tener un punto de apoyo para sentirse cómodos en sus cargos?...

De esta forma pagamos la primera novatada de la confiada asistencia a un palco del insigne teatro.

Ahora entendíamos por que la gente hacía cola a pesar de sus edades, a pesar de sus entradas compradas y reservadas, a pesar del tiempo invernal y de la noche.

El que abre primero la caja de sorpresas se encuentra el mejor regalo: la primera fila de sillas y con la ventaja de guardárselas a quien quieras. Esto es como aquel refrán que decía: “quien pega el primero, pega dos veces”, más como aquí no había ánimos de trifurca, preferí pensar que “quien se fue a Sevilla, perdió su silla”, aunque en honor a la verdad, no fuimos tan lejos como para perder la primera fila.

Más bien diría yo que “pajarillos y pardales, todos quieren ser iguales”, por aquello de que casi todos los humanos tenemos las mismas ideas o tendencias.

El teatro estaba lleno y a las nueve en punto escuchamos unos paupérrimos y lejanos sonidos semejantes a las campanillas de los monaguillos que avisan de lo que viene después.

-¡Niña, han tocado un timbre!- le comenté a mi compañera de palco-

-¿Tu te has fijado si el palco tenía timbre? A ver si se nos llena esto de gente como el camarote de los hermanos Marx le dije bromeando, pues si el primer toque nos puso en alerta, el segundo, y a los pocos minutos nos hizo sospechar de que era la sensual forma de decirles a los pacientes espectadores que la función iba a empezar.

Y siendo que a poco de llegar el tercero se abrió el telón, bajo el cual y detrás al tiempo, descubríamos una mesa cubierta con un mantón, y sobre ella una gramola resoplando melodías antiguas.

A la izquierda según se mira, observamos un grupo de músicos ataviados de camisas negras, y con un instrumento pegado a las manos, todos con el aire y el sello típico de la lejana Argentina , del tango de la elegancia; de la elegancia de Pasión Vega que apareció cautelosa emitiendo las primeras letras del primer tema del repertorio que nos quedaba por escuchar, y que la malagueña nos iba a ofrecer a cambio de cuarenta y cinco euros por cabeza –aunque regalados- y un palco en las alturas.

Así comenzó el concierto con canciones reposadas, con ritmos y bailes argentinos, con focos de luz que nacían y morían en el techo o en el suelo, con efectos de luces y sombras,… y que fue avanzando inexorablemente con nuestra aprobación por tan hermosa muestra de sencilla belleza, por tanta gratitud a quien por un par de horas iba a entretener nuestras mentes de la rutina apesadumbrada de cada día.

Entre canción y canción, aplausos; entre aplausos y aplausos, canciones; entre aplausos y canciones; emociones.

Y de esta forma transcurría la velada, hasta que de pronto se oscureció y vi salir una gran humareda que lo invadió todo, que lo perturbó todo, que lo cegó casi todo, pues aún podíamos entrever los cambios que se producían en el escenario detrás de aquella cortina de humo inodoro.

-No creo que detrás de esto estén los Ultra Sur con sus bengalas, porque aquí en Cádiz te puedes esperar cualquier cosa, le dije a mi elevada esposa en un burlón intento de sonsacarle del sereno sobresalto.

¡Y Pasión que se cambia de atuendo de vez en cuando y con el atuendo el color, y con ambos la música, la letra, la danza, los objetos,…!, la bella elegancia de aquella figura femenina y lo que emana de su interior.

- ¡Hahta con el abanico tieneh la jechura bonita, hijaaaa !- espetó una gaditana espectadora-

Y ella seguía sonriendo mientras cantaba, bailaba o recitaba hermosos versos mientras la música se adormecía fundiéndose con el fondo del decorado. Y a modo de flor que se abre, resurgió de la claridad concentrada que envió un foco, que por enamorarse, se encendió para fundirse con ella y aumentar de tan luminosa manera la atención del espectador.

Y entre canción y canción, presentación: el pianista por aquí, el violinista por allí, los percusionistas antes, el guitarrista y contrabajista después. Y entre presentación y presentación, cambio de decorados o enriquecimiento del lugar con imágenes, con colores,… o con personas, pues en un momento del concierto aparecieron siete mariachis que con atuendos e instrumentos típicos aportaron su originalidad mejicana a la elegancia española. Resultado: un hermoso espectáculo musical.

-¡Eres un cuento, hija! -lanzó un bonito piropo gaditano un señor de las primeras filas desde el patio de butacas.

Y como un cuento la acción continuó mientras ella se reía o cantaba, o se dirigía a los espectadores de las alturas exclamando ¡que tal, los del paraíso!

-¡Jolines! Ya me enteré cual era el nombre del popularmente llamado gallinero.

¿Como podía ser que siendo el paraíso el lugar supuestamente mas cercano al cielo, era el mas incómodo y alejado de los dominios del artista?

No obstante, ella, bien alejada de aquel olimpo nos hacía grandes desde nuestro atento mirador, y a los demás, desde su patio de butacas o su platea.

Porque, quién se sentía grande ante tan refinada demostración.

Nos sentíamos pequeños al lado de su arte, hasta que después de escuchar la letra de aquella canción que decía: “siendo yo tan poquita cosa/llenaste mi vida entera/igual que las mariposas/llenan las primaveras” me dí cuenta de lo que yo, desde el palco de mi vida, podía significar para muchas personas, y hacer por ellas.

Desde ese momento mágico me sentí un poco más importante.

Y de esta forma y manera llegamos al final para escuchar María se bebe las calles que me sacudió por dentro como un cóctel de sensaciones somáticas, o las Habaneras de Cádiz , que me recordó la ternura romántica de Carlos Cano.

Con desenvoltura manifiesta y al son de la música, danzaba por el escenario y repartía flores sacadas de un canasto de anea que sostenía colgado de su brazo derecho, mientras que su análogo izquierdo las lanzaba a los distintos lugares y concurrentes.

Era una forma elegante de agradecer la atención, los aplausos y el cariño de una malagueña que se sentía gaditana y que como regalo de despedida nos cantó Gracias a la vida . ¡Curiosamente la misma frase con que había empezado la mañana!

¡Ah! La segunda novatada fue el creer que el tapeo y el parking iban incluidos en el precio. ¡Bendita ingenuidad paterna!

 

                         


© José Manuel Alfaro Basilio. San Fernando (Cádiz) 1957.


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