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Lola

por Lesley Galeote

 

 

 

Barcelona 1937.

 

Al cruzar la plaza Rius i Taulet Dolores vió un gitanillo intentando en vano atraer unas palomas con lo que parecían migas de pan.

"Ya no se fían de la gente," pensó" se han comido demasiadas".

Apretó la cesta contra su costado y aceleró el paso, evitando mirar a nadie. El olor de la hojarasca le llenó los pulmones y no la dejó hasta que tiró por una calle estrecha y entró en un portal antiguo y oscuro. La puerta se cerró con un golpe de cristales y hierro. Dolores tanteó el camino en una oscuridad casi absoluta hasta la escalera desvencijada y subió tres tramos cautelosamente, casi sin hacer crujir los escalones. Al entrar en su casa oyó voces de niños. Javier, su hijo mayor, le salió al encuentro en el pasillo.

—¿Vienes del estraperlo, mamá? ¿Qué traes?—

—¡Cállate la boca, niño!— le dirigió un golpe a la cara que él esquivó. Ella cerró la puerta y añadió: —Vete al Tibidabo a por leña.—

—¿Otra vez?—murmuró él sombríamente.

—Sí, otra vez. ¿Con qué vamos a hacer fuego si no? Procura que no te vean y no te arresten. Dejaré la puerta sin echar los cerrojos, para que no hagas ruido al volver. Sal sin que te oigan, que estos vecinos chismosos están pendientes de todos los vaivenes en la escalera. ¿Está tu padre?—

—Sí— Javier abrió la puerta de la calle y se marchó, silencioso y malhumorado.

“Y pensar que un día me pueden traer a mi hijo arrestado.” Dolores entró en la cocina y de un bolsillo sacó la llave de la alacena vacía. Sacó butifarras, y huevos, y verduras frescas, y dos panes de payés de la cesta y los colocó en las repisas. Nuria le había dicho que su tío del campo la había visitado el día anterior. “En Barcelona no hay qué comer.”

Tan distraída estaba ordenando la alacena que apenas prestó atención al paso de las botas de su marido que salían de la alcoba. Su voz de hombre se quedó prendida en el aire y sólo cuando se cerró la puerta de la calle tomaron forma sus palabras:

—Me voy a afeitar, Lola.—

Ella las hizo a un lado pero entonces le llegaron los gritos de sus otros dos hijos desde la terraza. Cerró la alacena bruscamente y (sin olvidarse de echar la llave) corrió hasta la terraza. Fernando le estaba pegando a su hermana pequeña y llamándola fascista y la niña, acurrucada en un ovillo lloraba a gritos sin moverse. Dolores los agarró a los dos y los arrastró hacia adentro. Empujó la puerta de la terraza y golpeó a Francisco con la mano cerrada.

—¡Te tengo dicho que no le pongas la mano encima a tu hermana!—

—¡Empezó ella! ¡Me arañó la cara!—

—¡Me da igual! ¡Ya es bastante que todo el país se esté matando para que también os matéis vosotros! ¡No quiero volver a oírte repetir esas palabras que oyes en la calle! Que yo no os vuelva a pillar jugando a guerras... — empujó bruscamente a la niña, que se estaba secando las lágrimas con la manga— y Ana, te he hecho que no juegues más con este bestia. Ahora cada uno a su cuarto.— Sus hijos le obedecieron en silencio.

Dolores fue a su alcoba y allí se dejo caer en la mecedora, cerrando los ojos al apoyarse en el respaldo. El balanceo la transportó a la orilla del mar, a aquella playa de su infancia adonde veía las aguas mediterráneas tornarse espuma con una regularidad que la adormecía. Una detonación en la distancia la sobresaltó. ¿Disparos? Contrajo el brazo derecho con un gesto de dolor. Se alzó la manga cuidadosamente mientras seguía escuchando. Los cardenales del brazo amarilleaban ya. No oyó nada más, salvo camiones en la lejanía. Se volvió a recostar en la mecedora.

Su marido había dejado el armario abierto. Desde la luna enmarcada de caoba la miraba una mujer pálida, de cabello negro y manos finas. Ya no llevaba joyas nunca, y su ropa era sencilla aunque bien cortada. Dolores sonrió levemente.

"Si, aunque no tengo lo que tenía se ve de que gente vengo" Suspiró "Y pensar que hoy una tenga que disculparse por no ser del vulgo."

Su mirada se posó en la repisa superior del armario. Allí seguían doblados el lino bordado y las mantelerías de encaje de su ajuar. Los manteles hacía años que estaban amarillentos, pero alguna vez los abría todavía para recordar los convites que había soñado que daría, con manteles de encaje blancos e inmaculados, cubertería de plata, cristalerías talladas de bohemia y porcelanas de Sèvres, y con los oficiales y señoras principales y mejor trajeados de algún destacamento militar. Su madre la había llevado a tantos bailes y le había dicho que se casaría con alguien importante. Siguió meciéndose mientras se quedaba gradualmente traspuesta.

Unos golpes estruendosos y repetidos la despertaron. Abrió los ojos con esfuerzo y oyó que alguien seguía golpeando la puerta de la calle como si la fueran a tirar abajo. "Pero si no eché los cerrojos por Javier... ¿Será por Javier?"

Se levantó y fue a la puerta. Aparentando compostura colocó la cadena antes de abrir la puerta y asomarse.

—Abra la puerta. Milicianos.—

Por el resquicio de la puerta vio un cañón de escopeta, botas y uniformes.

— ¿Qué quieren?—

— Abra la puerta. Tenemos orden de registro.—

Cerró y quitó la cadena con aire de dignidad ofendida, aunque sentía las manos frías. Al abrir presintió ojos detrás de la mirilla de en frente. Se apartó y un hombre pasó dando taconazos pesados, seguido de tres jóvenes montaraces, y desaliñados.

— ¿No tenía echados los cerrojos? ¿No tiene miedo a que le entren?—

—¿Quién va a entrar? Aquí no hay nada. Y ustedes, si quieren, entran de todos modos.—

El cabecilla, un hombre bajo con el rostro cuadrado, le tocó el hombro con el fusil.

—Cuídese la lengua, señora. ¿Dónde está su marido?—

—Ha salido.—

—¿Cuándo?—

—No lo sé. Hace rato.—

El miliciano miró a los niños, que habían salido de sus cuartos y estaban ahora en el pasillo abrazados, apretujados contra la pared.

—¿Su marido es de la Guardia Civil ?—

"Su acento" pensó ella " no es de aquí. ¿Será el murciano, ese que dicen que ha mandado a tantos a las checas y al paredón?"—y añadió en voz alta:— Ya no, hace años que lo dejó. Ahora trabaja en el ayuntamiento.—

—¿Era capitán?—

—Teniente... Dejó el cuerpo antes de que le dieran el ascenso.—

—¿Por qué?—

Los otros tres milicianos permanecían inmóviles detrás de él, pero a veces les crujían las botas con un nerviosismo casi imperceptible.

—Decía que lo de la policía militar no era para él—

El miliciano no la escuchaba. Empezó a dar pasos mirando a su alrededor.

—Tenemos orden de registrar para asegurarnos de su lealtad al régimen republicano.—

—Registren lo que quieran. Mi marido no se mete en política. Aquí no hay nada.—

—Jaume, Enric, mirad por los cuartos ... Tú, a ese armario de allí.—

El cabecilla se dirigió hacia el comedor y empezó a abrir y a volcar cajones. Detrás de ella, Dolores oyó más golpes de puertas, golpes de culatas, y de hombres empujando camas. El cuarto miliciano había abierto el armario empotrado del fondo del pasillo y estaba tirando todas las toallas y ropa guardada al suelo.

"Y los vecinos oyéndolo todo" pensó.

Dio unos pasos hacia la sala y vio al miliciano hurgando entre la cristalería que tenía en la vitrina.

—Me va a destrozar las copas.—

—Camaradas—dijo el miliciano joven del pasillo— en el techo hay un altillo.—

El cabecilla tomó una silla mientras el otro abría el altillo a culatazos. Dolores se apoyó contra la pared. El joven se subió a la silla pisoteando el tapizado con sus botas embarradas y registró a tientas. Bajó una caja pesada y se la pasó a su jefe. Los golpes en las alcobas, los movimientos crispados del joven registrando se difuminaron en la mente de Dolores mientras sus ojos se quedaban pegados a la caja. Se sintió repentinamente fascinada.

¡La escopeta desmontada y las balas! El miliciano saco las piezas del fusil y, con una en cada mano, le clavó una mirada de rencor.

—¿Conque no había nada? ¿Y esto?—

—Me había olvidado. Hace años que no es Guardia Civil.—

—Tienen armas escondidas…Su marido por esto puede ir al paredón.—

—Está desmontada y llena de óxido. Mírelo usted. Ya ni nos acordábamos.— Dolores oyó la indiferencia casi exultante de sus palabras.

—Su marido sabe perfectamente que debía entregarla a las autoridades. La República no tiene con que defenderse y ustedes tienen armas escondidas.—

Los ojos de Dolores veían sólo al hombre del fusil, y su odio triunfante. Ella lo miró con desprecio. “Y se creen estos chulos que me dan miedo con sus fusiles y sus balas… a mí, la hija de un capitán del ejército, que crecí entre fusiles.”

 

 

 

Pedro le había dado el último brochazo de espuma en la cara y había cogido la hoja de afeitar cuando los pasos de las botas se hicieron más estruendosos y la puerta de cristal se abrió de una patada.

— ¿Dónde está Ángel Lanzón? Acabamos de encontrar armas en su casa.—

Ángel oyó la voz estentórea detrás de él, pero apenas atinó a distinguir unas sombras en el espejo.

—Sabemos que vino a afeitarse.—

Se quiso levantar, pero las manos firmes del barbero lo tenían aprisionado por los hombros.

—Se fue hará unos veinte minutos. Esta tarde no hubo gente y lo cogí enseguida. —

—¿Por dónde?—

Pedro señaló hacia la derecha.

—En aquella dirección.—

—¿Le dijo adónde iba?—

—No. Lanzón nunca explica nada.—

Los milicianos se echaron a correr calle abajo y dejaron la puerta entornándose con un chirrido de bisagras. Ángel sintió sus manos pegadas con sudor a los brazos metálicos de la silla. Contempló en el espejo a la espuma y al hombre que le habían salvado la vida.

—Pedro— dijo con voz queda, tras una pausa— Creo que hoy no me voy a afeitar.—

 

Sentada, Dolores contemplaba el caos del comedor. Había mandado a sus hijos a recoger el desorden de los cuartos y se sentía sin fuerzas para hacer lo propio. Los golpes en la puerta la hicieron precipitarse al pasillo sobresaltada. Se había olvidado de Javier y su carga de leña y había vuelto a echar la llave y los cerrojos. Abrió la puerta sin poner la cadena.

Apoyado en el quicio de la puerta, sin afeitar y sosteniendo un cigarrillo en una mano temblorosa estaba Ángel Lanzón. Su mujer lo contempló en silencio.

—Lola —dijo él, con una sonrisa amarga— Tú les dijiste dónde yo estaba.—

 

                         


© Lesley Galeote


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