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La camisa azul

por David Walter Aguado

 

 

I

La mujer rubia haló a su marido por la manga del saco y lo atrajo hacia su cuerpo con firme dulzura. —“Te compraremos hoy una muda nueva”, anunció con la seguridad de una madre que escoge ropa para un imberbe rapaz. Una amplia sonrisa adornaba su bello rostro. Al volverse de lado, el hombre, embelesado, la miró como tantas veces. Su mente, corcel veloz, se remontó a aquella primera noche en que la vio por primera vez en una de esas forzadas fiestas de principio de curso que la Facultad de Artes y Ciencias de la Universidad de Toronto se empeñaba en hacer periódicamente para facilitar que el personal docente de todas las categorías se conociera. Entonces ambos eran estudiantes graduados y enseñaban sendos cursos de literatura y lengua españolas a un entretenido grupo de futuros ingenieros eléctricos con muy pocos deseos de aprender las conjugaciones del verbo SER/ESTAR.

En principio, la idea es estas fiestas era buena, pero —como ocurre inevitablemente entre personas de distintos rangos académicos— la segregación era notable. Grupúsculos de cuerpos se esparcían por el amplio salón. Uno debía calcular el rango académico propio antes de lanzarse a cruzar la pampesca sala en busca de contacto con otra persona. Claro está que se podía hablar con los profesores que nos enseñaban en ese momento o que nos habían enseñado en el pasado reciente…siempre y cuando éstos no estuviesen enfrascados en sesudas conversaciones con sus ilustres colegas. Había un sofisticado, pero efectivo lenguaje no verbal que revelaba la disponibilidad de los elegidos. Bastaba con un ligero —casi imperceptible— giro del cuerpo por parte de un profesor y el estudiante que se le acercaba continuaba su viaje fingiendo dirigirse a otro punto lejano en el cavernoso antro.

II

Habían pasado 25 años de aquella noche de la que él sólo recordaba esa increíble figura enfundada en un estrecho vestido negro que resistía la tentación de deshacerse y mostrar al mundo su preciosa carga angelical. No se le acercó. La observó discretamente de lejos, como quien admira un cuadro de Velázquez o de Rembrandt. Desde su esquina del salón, perseguía con su penetrante mirada a cuanto atrevido que osara acercársele —y hubo varios. Pretendía enviar rayos destructores al varón que la invitase a bailar. Ella, sonriente, —sin percatarse del espía— se volvía para hablar con las muchas personas que se le acercaban.

La música comenzó y con ella, los presentes se replegaron a sus mesas y los infortunados que estaban en pie, corrieron a la invisible seguridad de las paredes. ¡Jamás he entendido tal comportamiento! ¡Vaya cosa!

No pasó ni un minuto cuando un esbelto y musculoso galán se acercara al ángel de negro y le propusiera que bailaran. Ella, gustosa, aceptó. Ambos se trasladaron a un punto medio del salón donde el insensato exhibiría su conquista con el orgullo de quien descubre una veta de oro en medio de tantas rocas sin valor alguno. El hombre se retorció el bigote y se mordió el labio superior. ¡Qué impertinencia! No bien habían dado dos pasos los bailarines, cuando la música paró sin aviso. Los caballeros, muy remolones, esperaron unos minutos aún entrelazados con los femeninos cuerpos en espera de un rápido retorno al mundo del movimiento. Un anuncio en los parlantes aclaró la interrupción —“Tenemos una dificultad técnica que no podemos corregir de momento. Trataremos de poner la música en cuanto sea posible…pero esto parece que va de largo.”

¡Divinas palabras!, se dijo el espía esquinero sonriendo visiblemente.

Como el perro del hortelano, se empeñaba en no comer, ni dejar comer a los otros. A la larga, incapaz de concebir un plan de acción digno de implementarse, decidió irse a casa, encomendando la tormentosa tarea de vigilancia desarmada a las otras deidades que seguramente flotaban alrededor de aquella figura divina.

De cierto modo, se alegraba de no habérsele acercado. De haberlo hecho ¿hubieran funcionado sus ligeras piernas al son de la música? No estaba muy seguro de ello. ¡Mejor así! La próxima ocasión será mejor: ¡Lo fue!

III

Las clases comenzarían exactamente en ocho días. Decidió ir de compras en su potente moto Honda Shadow 750. Era la mejor forma de lidiar con el nutrido tránsito de la ciudad en las horas pico. Necesitaba libros de textos para sus clases.

Mochila a la espalda, se trepó en la moto con ganas de llegar a casa. Cortaría la distancia cruzando la ciudad por la adoquinada y tortuosa calle Dundas, donde —a pesar de las obligatorias paradas de tranvía y el populoso barrio chino— podría ahorrarse unas tres millas y con ello casi media hora.

Una inesperada llovizna humedeció los duros adoquines. Pensó detenerse y esperar que pasara. Otra opción era desviarse tomando calles más seguras. Descartó ambas vías. Estaba a media milla de casa. Miró nerviosamente su reloj y espoleó su rugiente caballo de acero.

La Avenida Universidad , con su ambiciosa boca abierta, se tragaba seis canales de autos en cada dirección sin mayor problema. Ya divisaba la señal de pare a unos 50 metros . Era casi mediodía. Una vez al otro lado de la crecida avenida, estaría en casa en un santiamén.

En Toronto, cuando el tranvía abre sus puertas en el medio de la calle, todo el tránsito de detiene en ambas vías. Es una gran inconveniencia para los motoristas, pero es la única forma de garantizar que los distraídos pasajeros que se apean lleguen a las aceras sin ser apabullados por un auto.

Se apuró en pasar el tranvía y evitar así quedar estancado detrás del río autómatas humanos que éste despediría en un par de minutos media cuadra más adelante. Se descuidó del caudal metálico tras sí. Al serpentear a la derecha, escuchó casi inerte el temido chirriar de unos escalofriantes frenos. No le dio tiempo siquiera a volver la cabeza. El impacto de un zarpazo de metal por detrás fue casi inmediato. Arrancado de su cabalgadura, se sintió volando por el aire vertiginosamente. Acostumbrado a los deportes rudos, su entrenamiento de judoka lo había condicionado a bajar la barbilla al mentón para evitar lastimaduras del cuello. Sabía contrapesar su cuerpo en el aire y buscar equilibrio. Después de más de 4000 saltos de paracaidista, podía hacerlo instintivamente. Nada de eso lo iba a ayudar si caía en plena calle y el rinoceronte que lo había embestido se empeñaba en aplastarlo con sus pezuñas de metal y caucho. Escuchó más chirridos de frenos. Bajo su piel, los fibrosos músculos se tensaban como los de un tigre que se prepara a saltar sobre su presa. El bulto de la cargada mochila —ahora llena de pesados libros de texto— hacía sobregirar sus piernas más de lo que hubiese querido. Se dio cuenta que, si no lo reventaba el golpe, caería sobre sus piernas y espalda. —“La espalda no, las piernas sí”, se dijo con ahínco. Ya casi al caer, la vio de nuevo. Sonriente, la beldad le entendía la mano para ayudarlo. Sonrió.

El demoledor golpe de caída lo sacó de su embeleso. No sintió absolutamente nada. Eso lo preocupó mucho. El casco se le había aflojado cuando su cabeza había golpeado ligeramente el pavimento, pero no se le había desprendido del todo. Sus botas de motociclista, con sus apretadas correas, le habían protegido los pies. El abrigo de piel seguramente lo había protegido de ser despellejado por el burdo concreto de la calle. Todo lo demás estaba por saberse aún. Trató de incorporarse, pero no pudo. Dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. La mochila lo mantenía separado del pavimento. Mil voces. Vio un círculo de caras de todos colores. Los potentes brazos de dos fornidos policías le sacudieron los hombros.

—“¿Está usted bien?”, les escuchó decir. —“Sí, párenme, por favor”, imploró.

—“Usted acaba de volar más de 10 pies . Es mejor que espere la ambulancia tal y como está, señor”, ofreció uno de los policías. —“No es para tanto. Denme una mano, por favor. Tengo que llegar a casa.” Los policías se miraron incrédulos y lo asieron por los brazos y hombros. Por primera vez después de la caída probaba la solidez de sus piernas. Buscó la moto con la mirada. Yacía inerte a tres pasos de él.

—“Tráiganme la moto, por favor”, le pidió a los policías. El más joven de los oficiales le respondió que si deseaba irse a casa, tendría que mostrarles que podía caminar con sus propios pies y levantar la moto por sí mismo. Un viento de fuerza le corrió por dentro. Dio un paso indeciso. Nada. Caminó lentamente hacia la moto. Dos asombrados testigos levantaron su moto y se la trajeron. El foco estaba abollado, pero entero. El tanque de gasolina, estaba rayado y la palanca de velocidades se había doblado hacia adentro haciendo imposible cambiar de velocidades. —“Sostengan la moto, por favor”, le pidió a los que le ayudaban. Se inclinó y con la mano izquierda —su mano de fuerza— haló la palanca hacia sí y la enderezó lo suficiente como para hacer cambios. Todavía con la ayuda de los samaritanos citadinos que le asistían, se montó en la moto y le dio vuelta a la llave. El rugido fiel no se hizo esperar. Sonrió. De un fuerte acelerón, dejó tras sí el nutrido grupo de incrédulos ojos que lo veían alejarse como si lo hubiese echo por encima del agua. Al doblar la esquina, se cruzó con la ambulancia que lo hubiese conducido al hospital.

Ya casi al llegar a casa, se dio cuenta que sus piernas —si bien parecían funcionar como por un milagro— carecían de toda sensibilidad. Entró al estacionamiento. Puso su moto en una esquina, se bajo y tomó el elevador a su apartamento.

Norberto, su compañero de cuarto, estaba en la sala leyendo un voluminoso libro. —“Es La guerra y la paz , nunca lo terminé”, le dijo.

—“He escuchado ese nombre en algún lugar”, dijo el recién llegado con sorna. Una segunda mirada le rebeló a Norberto que su compañero no andaba bien. —“¡Estás más pálido que la cera, hombre! ¿Qué te pasa?” —“Me golpeó un coche en Dundas y caí como un saco de papas en plena calle.” —“De milagro no te rompiste la crisma.”

—“Sin duda, de milagro.”

Se apoyó en el hombro de su amigo y le pidió que lo ayudara a desvestirse. Se quitó el casco y el abrigo. Arrodillado frente a él, Norberto le aflojaba las botas y el cinturón. —“Necesito un baño caliente con sales de Epson y cuatro tabletas de tylenol 500. Esto va a empezar a doler pronto y quiero estar listo.” —“No hay problemas. Te lo hago todo”, le respondió el viejo amigo.

Norberto murmuraba algo que no alcanzaba a entender. —“Las botas no se te salen. ¡Siéntate!” Se sentó. Norberto tiraba de las botas con fuerza. —“¡Caramba! Esto sí que está pegado.” El hombre mantenía la vista fija en la pared queriendo ignorar el momento que atravesaba. Norberto le quitó las botas finalmente. —“Quítame las medias también.” Norberto volvió a inclinarse. —“¡Santo Dios!” gritó Norberto. —“¿Qué te pasa?” inquirió el hombre. —“¡Tus pies…tus pies!”, balbuceaba Norberto incoherente. Se incorporó. Miró sus pies…estaban completamente negros.

Los superajustados jeans negros que llevaba no salían tampoco. Estaban pegados a su sudorosa piel. —“Te los corto con una tijera”, ofreció Norberto. —“¡Madre mía!”, murmuró a mitad de jornada el fiel amigo. El hombre se miró las inflamadas piernas y los muslos… ¡estaban completamente negros también! Se desplomó en un suave butacón, cerró los ojos y se vio en la cama de un hospital. —“¡Te llevo al médico ahora mismo!”, le gritó Norberto. —“Nada de eso. Me acabas de quitar la ropa. ¡No me visto otra vez ni por la Reina Isabel !...Además, ya me está empezando a doler todo. Anda, ¡dame los benditos tylenols!”

Norberto le trajo las tabletas calmantes protestando y se fue al baño a preparar el agua caliente con las sales de Epson. Desde la sala, oía el ruido monótono del chorro sobre la tina. Se adormeció. A los pocos minutos, Norberto lo sacudió y le dijo que se fuera al baño. El hombre asintió y se quitó el reloj de pulsera y la camiseta. Norberto dio media vuelta y se fue a la cocina a preparar la cena.

El accidentado intentó pararse, pero no pudo: las piernas no le obedecían. Consideró que llamar a Norberto era una imposición…además, eso era posiblemente pasajero; después de todo, el accidente había sido sólo hacía un par de horas. Silencioso, se arrastró a escondidas hasta la tibia y humeante bañera. Se metió como una serpiente en el agua dejando escapar un —“ahhhhh” de alivio.

Norberto anunció desde la sala que tenía una cita con una chica alemana que ya había visitado el apartamento un par de veces y que estaría fuera hasta tarde en la noche. La comida estaba en dos ollas encima de la estufa. Agradecido , el hombre le dio las gracias y le deseó que lo pasara bien.

Si entrar a la bañera había sido una aventura, salir de ella, secarse, vestirse, ir a la cocina y comer iba a ser una verdadera odisea.

Decidió que ciertas cosas no iban a ocurrir. Comer fue una de ellas. Salió de la bañera; como sierpe húmeda se deslizó hasta el toallero y logró secarse desde el suelo. Gateó hasta el butacón, se inclinó hacia atrás y trató de conciliar el sueño.

Se veía corriendo por la playa, con el ángel de la mano. Así , lo venció el sueño.

Norberto —ave nocturna por antonomasia— llegó a casa cerca de las dos de la mañana. Fue derecho a la cocina y comprobó que su amigo no había probado bocado alguno. —“Si quieres tomar tabletas contra el dolor o cualquier otra cosa que te recete el médico, tendrás que comer. Eso lo sabes bien. Yo tengo hambre y me voy a calentar un plato de comida. ¿Te preparo uno?” El hombre le dijo que sí, se incorporó en el asiento y le preguntó a Norberto si se había divertido. Amable y locuaz, Norberto le trajo un plato de comida caliente y se sentó en la sala frente a él para contarle sus aventuras amorosas.

Norberto era un experto en computación por contrato que no tenía horas fijas para trabajar. Generalmente, dormía de día y trabajaba y se divertía de noche. Su extraño horario y su suerte con las damas, le habían ganado el mote de “El vampiro cariñoso.”

El hombre sabía que Norberto no se iba a acostar y que le sería imposible esconder su invalidez por más tiempo. —“Norberto, debo decirte algo…pero prométeme que no vas a empezar a gritarme, por favor.” Norberto salió de su oficina y se acercó a la sala con una pequeña computadora personal y dos discos en sus manos. —“¿Qué te pasa, hermano?” —“Pues que… ¡no puedo caminar!” —“¡Carajo!” dijo el otro casi dejando caer la frágil computadora. —“Eso explica por qué no habías comido.” —“Mañana, tráeme un par de muletas. En dos o tres días debo estar listo para usarlas. Las clases empiezan el miércoles de la semana que viene. Eso me da tiempo para recuperarme. Estoy seguro.” El otro le increpó diciendo: —“No te curarás sin recibir atención médica. ¡Pareces una ficha de dominó! Te has puesto negro de la cintura para abajo y no tienes huesos rotos. Tus lastimaduras tienen que haber afectado tanto el sistema osteomuscular, como el nervioso. Como quiera que lo pintes… ¡tienes que ir al médico! ¡Puedes quedarte así por vida!” El hombre lo comprendía todo muy bien. Aceptó la idea de ir al médico, aunque le aterrorizaba la idea de saber que no volvería a caminar.

IV

A las diez de la mañana estaba sentado en la camilla del consultorio de uno de sus compañeros de tenis: el Dr. Rajid Sing, un cirujano ortopédico indio que había estudiado en las más prestigiosas universidades de Inglaterra y de España. Este buen señor hablaba el español como un madrileño de la peor calaña.

El doctor les brindó el obligatorio té inglés, acompañado de una lastimosa galletita casi insípida. —“Norberto…decime, chaval ¿Cómo lograste traerlo a mi consulta? ¡Este sí que es jamelgo cerrero!” Norberto respondió con una sonrisa burlona, haciendo gestos de un imaginario látigo que fustigaba al hombre en las espaldas. —“Mucho castigo. ¡Ya sabes!” Norberto y el doctor desnudaron al hombre completamente.

Después de un minucioso examen del tórax, las caderas y las piernas, el médico se sentó en su gastada silla giratoria, dio su espalda al paciente y se enfrentó a Norberto. —“Mantenlo en casa por una semana. Luego me lo vuelves a traer.” Volviéndose al hombre, el doctor dejó escapar un suspiro y dijo medio en broma

—“Se me echó a perder mi juego de tenis de los fines de semana. ¡Ponte bueno pronto, macho!” Le dio una fuerte palmada al hombre y salió de la oficina sin más ceremonia.

V

¿Me conseguiste las muletas que te pedí? Norberto casi pierde control del vehículo al escuchar a su amigo. —“Pero, ¿no escuchaste lo que te dijo Rajid, so animal?”

—Aggg, ¡qué sabe Rajid de huesos no rotos!” dijo el magullado pasajero reclinándose en el cómodo asiento del Mercedes.

Norberto cargó a su amigo hasta el elevador y allí hasta el apartamento. —“¡Pesas más que un matrimonio mal llevado y no lo parece!” dijo Norberto jadeando. —“Te busco las malditas muletas aunque te rompas las narices con ellas. ¡Mejor así! ¡Ya no me jodes más!” El hombre lo miró con aire burlón y prendió la tele sin hacerle caso a su amigo que —con la mano en la puerta— le decía sentencioso

—“Esto que quede entre Rajid y tú. No me metas en el paquete. ¿De acuerdo?” —“¡Anda y no llores más!” respondió el hombre con su sarcasmo habitual. La puerta se cerró de golpe; el ruido de la tele se apoderó de la espaciosa sala.

T

El frío glacial de enero se había adueñado de la norteña ciudad. El viento flagelaba los cuerpos semicongelados que se apiñaban en la plataforma del metro, escudándose con sobretodos y bufandas. El hombre oyó el anuncio en los parlantes. Su tren se aproximaba al andén. Se levantó del frío banco y apoyándose en las muletas se dispuso a entrar al vagón. Las doce paradas que lo separaban de la universidad pasaron velozmente.

Las dos cortas cuadras del metro a la universidad le parecieron maratónicas. A pesar de que la temperatura era 20 grados Celsius bajo cero, sudaba a gota gorda escalando la helada calle propulsado por sus lentos, primitivos artefactos médicos.

El viejo edificio que albergaba al Departamento de Lenguas Extranjeras, en la calle Sussex número 21, había sido una casa de mujeres malas en el siglo XIX. Ya le habían dicho que se oían ruidos raros en la noche, —probablemente algún espíritu putañero empecinado en seguir de rumba, se dijo en silencio. Llegó a la puerta principal. Después de subir tres escalones forrados de hielo. Se frotó las manos y, tambaleándose, trató de alcanzar el picaporte sin perder el equilibrio. —“Permítame que le abra la puerta” dijo una música verbal a sus espaldas. Se volvió. ¡No podía creer sus ojos! Allí estaba ella. Llevaba un gorro de tejido tricolor y una bufanda morada que le llegaba más abajo de las rodillas. ¡Allí estaba ella! Aclaro que este es uno de esos momentos que cuando se leen en una historia cualquiera o se ven en el cine, mucha gente tiende a decir —¡bah, eso es pura invención!” Pues aquí lo tienen ustedes: ¡pura verdad!

Le agradeció el gesto lo mejor que pudo. Ella mantuvo la puerta bien abierta para que él pudiera entrar sin tropezar con la pesada y húmeda alfombra del interior del vestíbulo. El hombre giró a ambos lados, buscando con la vista el elevador. —“El elevador está a nuestra derecha.” dijo el ángel. Él sólo escuchó la palabra “nuestra.” La siguió hacia el elevador…—de habérselo pedido— la hubiera seguido a las mismísimas puertas del averno.

La vetusta puerta de la jaula de elevador chirrió y pronto se pusieron en movimiento. —“¿A qué piso va usted?”, preguntó ella. Fue en ese momento que se dio cuenta de que no sabía a qué piso necesitaba ir.

—“Realmente no lo sé. Necesito hablar con el Dr. Gordon. Eso es todo lo que sé.” —“Lo llevaré hasta la puerta de su oficina. Está en el quinto piso” respondió ella con aplomo. —“No quiero que se moleste usted por cuenta mía”, dijo él con fingida humildad. —“No es molestia alguna.”

La sacudida de la suspendida jaula indicó que habían llegado al quinto piso. “Tenemos que salir hacia la derecha. El Dr. Gordon está en la segunda puerta, también a la derecha.” —“Entonces, puede usted seguir en el ascensor, yo puedo llegar solo.” —“Está bien. Yo también necesito hablar con el Dr. Gordon”, dijo la beldad rubia. Ella puso su mano en la puerta de la jaula y le permitió salir primero. —“Estoy tratando de ubicar su acento, pero no lo he podido hacer y mire que soy muy buena haciendo eso.” Los interrumpió el Dr. Gordon saliendo de su oficina rumbo a las escaleras. —“¿Me buscas, Alina?, dijo el profesor. —“Sí, profesor Gordon. Ayer me prometió usted unas listas de verbos y otros materiales para mis dos clases de gramática y he venido por ellos.” El profesor Gordon —que unos 10 años más tarde muriera de manera trágica— era un americano, exsoldado de la Guerra de Viet—Nam, experto en armas de fuego y explosivos. Todos decían que era agente de la CIA, pero en Canadá, a nadie le importaba un bledo si lo era o no y pasaba inadvertido sin la mejor precaución.

—“Entren ustedes”, dijo el profesor. —“Alina, ¿quién es el joven?” —“Pues…no sé. Nos encontramos en la puerta de entrada y subimos juntos hasta su oficina.” Se vio asediado por dos pares de ojos inquisitivos, los unos grises, gastados, encerrados tras gruesos lentes, los otros verdes como los campos y como el agua del mar cuando está muy cristalino, ahora semicubiertos por varios riachuelos de oro.

—“Soy Pablo. Estudiante graduado del programa de maestría en literatura hispanoamericana. Mucho gusto Dr. Gordon”, dijo intentando ponerse de pie. —“No. No se levante usted”, dijo el hombre maduro y extendió su huesuda mano hasta alcanzar la del joven.

—“Ella es Alina, candidata doctoral en literatura peninsular.”

—“Ah, la literatura de la ‘Madre Patria '… ¡Excelente!”, dijo él queriendo ser chistoso. El Dr. Gordon y la bella joven se miraron sin decir palabra. Él se sintió incómodo. —“Le esperaba mañana, no hoy”, dijo el profesor dirigiéndose al hombre. —“Pues su carta dice…” escarbó en su bolsillo y sacó un arrugado papel, “venga usted a mi oficina el 23 del corriente.” —“Hoy es el 22” , dijo cortante el profesor.

—“De todos modos, ya está usted aquí. Así que ¡manos a la obra!” Ella había permanecido callada durante el corto, pero movido diálogo entre los dos hombres, pero ahora decía: “tomo mis materiales y me marcho.” y dirigiéndose al joven —“mucha suerte y ¡bienvenido!” Se alejó por el pasillo rumbo a las escaleras. Él la siguió instintivamente con la mirada hasta que la perdió de vista, olvidándose de la presencia del administrador docente en cuya oficina estaba. —“este lugar está repleto de chicas bellas”, dijo el viejo con una sonrisa cómplice. —“No como ella”, aseguró le él. Estaba en lo cierto.

El Dr. Gordon leyó los documentos presentados por el joven y los asentó en un inmenso libro rayado que luego guardó en una gaveta con dos llaves.

—“Le he asignado dos clases de conversación y cultura este semestre. Vamos arriba para darle su oficina.”

Subieron un par de pisos en el viejo elevador.

—“Hay tres oficinas vacías en este pasillo y dos más en el piso superior.” El hombre metió la cabeza en la primera oficina para echarle una mirada. La espartana sala contenía un buró, dos libreros a medio llenar y cuatro sillas. En la esquina, dentro de un radiador mal pintado, el agua caliente hacia gárgaras a media voz, incapaz de mantener la temperatura prometida por el termostato.

—“Todas son más o menos igual”, le aseguró el profesor.

—“¿Podemos entrar a la segunda oficina?”, propuso él mirando más afuera que adentro, tratando de adivinar en qué oficina estaba ella. El sagaz viejo se percató de la intención del joven y dijo como quien no quiere las cosas —“hay un par de oficinas al final del pasillo en el piso de arriba. ¿Quiere usted verlas?” ¡Muerto, ¿quieres misa?! Pensó el joven. —“Pues, sí…si no le es mucha molestia me gustaría echarles una miradita.” —“Andando, pues”, dijo el viejo.

No hicieron más que llegar al piso de arriba y la vieron en el pasillo.

—“Alina, ¿pudieras ayudar a Pablo a ubicarse en una oficina cualquiera? Tengo una cita en 5 minutos y tengo que llegar a Robarts sin demora.” El joven miró al profesor y le dio las gracias con su mirada y con su discreta sonrisa. También con los ojos respondió él:

—“por nada” y dando la vuelta, desapareció en el vacío de las escaleras.

—“¿Qué es Robarts?” preguntó él para romper el silencio. —“Es la biblioteca más importante de la universidad. Tiene 15 pisos. Es la segunda más grande de toda Norteamérica, después de la de Harvard ”, explicó ella con visible nerviosismo.

—“¿Qué oficina me recomienda?, le preguntó él. —“No hay muchas diferencias…a decir verdad.” —“¿Dónde está la suya? Me gustaría ver una cara amiga con frecuencia” agregó él. Ella se ruborizó, pero dijo sin demora —“Aquí mismo” y tocó la puerta que tenía justamente a sus espaldas. —“Pues ésta es la mía”, dijo él tocando la puerta directamente frente a la de la joven. Sonrieron.

—“Yo me estoy muriendo del hambre. ¿Ha almorzado usted?” pregunto él. —“No realmente”, confesó ella. —“La invito…si tiene usted tiempo. Además de gustarme su compañía, soy honesto al decirle que no conozco nada por aquí y creo que me moriría de hambre buscando dónde comer.” —“He estado aquí por varios años. Conozco muchísimos lugares. Mi día ha terminado. Pensaba irme a casa, pero acepto su invitación. Hay un restaurante europeo que sirve unos schnitzels que son una maravilla. Está fuera de la universidad y tendremos que ir en coche.” —“He venido en el metro” —“¡Yo también!” Se rieron con confianza. —“Será mejor algo que esté cerca, muy cerca”, propuso él. —“Me duele todo cuando camino.” —“Pensaba que ya estaría acostumbrado a su condición”, dijo ella curiosa. El hombre se dio cuenta de que la chica estaba tratando de saber si él era un inválido permanente y respondió diciendo —“Estos regalitos (y señaló las dos muletas) son una nueva adquisición. Me atropelló un auto en Dundas. Iba en mi moto y…” —“¡Moto! ¡Santo Dios! ¿Anda usted en moto? ¿En Toronto? ¿Todos los días?”, dijo ella muy agitada. —“Pues… ¡ya no!”, dijo él en tono chistoso para calmarla. Sonrieron.

—“No tengo huesos rotos. En un par de semanas estaré bien por completo.” —“Tuviste mucha suerte”, le tuteó ella por primera vez. Él se irguió intrigado. Ella se disculpó. —“No, no. Tuteémonos. No somos tan viejos, ¿verdad?” —“Tienes razón”, dijo ella. —Por favor, llévame a comer o vas a tener —en diez minutos— un cadáver de más de seis pies en tus manos”, aseguró el joven. —“No quiero cargos de conciencia. Vamos”, agregó ella zalamera.

Almorzaron en la cafetería del Colegio Ennis. Desde las espaciosas ventanas de cristal que daban a la biblioteca Robarts veían correr a chicos y chicas cargados de libros en busca de refugio en cualquier edificio caliente.

VI

La comida resultó bastante buena. ¿La compañía?: ¡Espectacular!

¿Caminamos hasta el metro?, propuso él. ¡Claro!, contestó ella con una suavidad encantadora. Quiso besarla allí mismo. Tomarla en sus brazos y besarla profundamente. Olvidarse de todo y de todos y volverla a besar. Decirle que…—“¿A qué hora vuelves mañana?”, interrumpió ella. ¡A la hora que vengas tú! Se rieron con la intimidad de dos almas que se han conocido en dos o tres vidas anteriores a ésta.

VII

El semestre comenzó, frío y confuso, como los mismos estudiantes de ingeniería eléctrica. Las muletas quedarían atrás muy pronto. La primera noche de celebración. El primer beso y casi un instantáneo “te amo” que los sorprendió a ambos por igual, pero que ninguno de los dos tomó a mal. El adiós a Norberto y el primer apartamento juntos. Juntos conquistarían la ciudad. La íntima boda en Phoenix, Arizona durante unas vacaciones. Seis años después la emigración a los Estados Unidos y allí un peregrinaje por cinco estados en 15 años. No habría hijos. Cada noche juntos, cada mañana juntos. Cada tarde juntos. Siempre, juntos.

VIII

Alina sacudió al hombre por el hombro izquierdo y le preguntó ¿A cuántas millas estás?” —“¡Estoy aquí!” —“En cuerpo, pero no en alma”, replicó ella con fingido enojo.

—“Toma. Pruébate esta camisa. El hombre quitó sus ojos de la bella mujer con desgano. Le mostraba una camisa de gingham azul de mangas largas. El hombre se sacudió, como si hubiese visto un demonio.

IX

La abuela salió al portal y llamó al rapaz de un grito —“¡Pabliiiiiitoooo, almuerzo!” y un vago y lejano “¡Vooooy!” por parte del niño.

La magra porción de la abuela multiplicaba el plato del niño. —“El pequeño necesita más comida que yo que ya soy una persona mayor”, razonaba la viejita con la sabiduría de sus años.

Era el primer nieto: la mascota de la familia. Pero eso había sido al principio, cuando su esposo estaba aún vivo y la familia no se había desperdigado por todo el país. Ahora quedaban ellos dos. La casona familiar de 12 cuatros, patios y jardines, los autos, la cocinera, la niñera, las comidas a la orden en el hotel de enfrente eran cosas del pasado. Pablito ni siquiera las recordaba.

Por las tardes, cuando venía de la escuela, la abuela le preparaba alguito de comer —por poco que fuera— y, sentados en los rústicos sillones, se mecían por horas. Ella le contaba de su mundo anterior, las comidas, la vida en España, los viajes a los Estados Unidos, las modas. Algunas veces, la abuela echaba mano a unas carcomidas revistas y le mostraba fotos de pálidas modelos que lucían incómodas bajo el peso de los gruesos tejidos que las adornaban. Otras veces, lo dejaba jugar con su vasta colección de botones huérfanos acumulados en una amplia caja de madera. No faltaban las fotos de familia. —“Este es Román. Mi padre. Era gallego. ¿Sabes?” —“Sí, mima, lo sé.”

En el plantel de bigotudos no podía faltar un hermano de Román (al cual se parece mucho el tío Denis, su tío preferido). Este buen señor había muerto de una congestión. La abuela decía que era un hombre muy peculiar. Tomaba la sopa hirviendo. Se la servía él mismo directamente de la olla al plato y la engullía, mientras sudaba como una bestia de carga. Un buen día ¡zas! Se murió de algo malo en el estómago.

Seguían otros no menos bigotudos parientes, de los cuales sólo recordaba a uno que tenía una nariz como un pepino; la cual quería inútilmente ocultar tras unos escasos lentes montados al aire.

X

Le iba muy bien en la escuela, sólo que se le hacía muy difícil conseguir con qué vestirse. La viejecilla era una maga con la también vieja máquina de coser Singer y le hacía cuanta ropita podía con los retazos que procuraba entre sus hermanas de fe en la iglesia evangélica del barrio.

La abuela y el niño hacían mermelada de guayaba y la embotellaban en pomos de boca ancha. Se vendían con dificultad en la iglesia y en el barrio. No había otra forma de sobrevivir. La escasa pensión de viuda no alcanzaba para mucho. El padre del chico —aunque vivía en la misma ciudad— no se ocupaba de él. La madre se había largado a la capital y se había vuelto a casar. Eran los dos contra el mundo.

Cada día traía consigo nuevos retos. El niño era el chico peor vestido en todo el barrio. Pronto lo notó y se entristeció mucho con ello. Hubo risas y burlas a sus espaldas. Sabía que se burlaban de él. ¿Qué podía hacer?

Las parábolas de la Biblia le aseguraban que la pobreza era dignificante y que los ricos irían al infierno por seguro. Se hubiese arriesgado gustoso a las eternas llamas a cambio de una muda de ropa decente.

Un día, enojado, increpó a la abuela por el estado de sus harapos. La vieja se tambaleó y volvió el rostro. La oyó llorar amargamente en la cocina. Corrió a sus pies y le pidió perdón. Ese día —sin una palabra—

lo comprendió todo.

XI

Era buen estudiante y excelente atleta. Comenzó a practicar salto alto, judo, lucha libre, campo y pista y a jugar voleibol. Un poco después vendría el boxeo. Lo hizo porque quería que lo respetaran. Lo harían ahora a las buenas o a las malas. Empezó con ahínco. Duplicaba su entrenamiento diario a espalda de los entrenadores. Corrió dos maratones en sendas ciudades vecinas donde nadie lo conocía. El boxeo lo consumía.

En la escuela evitaba a las chicas, aunque muchas lo miraban con cierto interés. Vivía abochornado de su indumentaria.

Al terminar el noveno grado, la abuela consiguió un corte de tela de gingham azul y le hizo una camisa de mangas largas. ¡Qué noche tan feliz! Se puso la camisa en casa, pero no se atrevió a salir a la calle. Se paseó frente al espejo y se miró por todos lados. —“¿Cómo me veo, mima?” —“¡Estas precioso, mi niño!”, le garantizaba la anciana. —“¿Y qué dijo si me preguntan de dónde saqué la camisa, mima?” —“Le dices que fue un regalo de alguien muy especial. Nada más. ¡No te preocupes!”

Casi no durmió esa noche. Se levantó muy temprano y pulió sus gastados zapatos con brío. La abuela le planchó sus maltrechos pantalones, pero él no se preocupó. Con una camisa como esa… ¿quién se iba fijar en sus pantalones?

Salió a la calle cuando el sol aún no había salido. Sintió frió, pero evitó su viejo abrigo. Apuró el paso y así se calentó un poco.

Llegó a la escuela y entró en secreto. Quería ser el primero en llegar y así evitar el recibimiento cruel de sus compañeros de clase. Lo logró… al menos por una hora y media. En cuanto de reunió la canalla, le hicieron un círculo y le tocaban la camisa diciendo —“¡Qué lindo! ¡Qué bonito! ¿Eres un actor famoso?” Las maestras rompieron el coro y con unos buenos reglazos enviaron a la turba a las aulas. Se sentía humillado y feliz a la misma vez. Un sentimiento ahogaba al otro en continua sucesión.

Esperó la campana del final del día como quien espera la soga del verdugo. Sabía que afuera, sin las maestras, habría más humillación y burla.

Salió rumbo a casa. Tres cabrones se le acercaron para mofarse de él. Miró a la derecha y vio a una vecina suya camino a casa. Sin pensarlo, se quitó la camisa y entregándosela a la chica le dijo —“Lleva esta camisa a tu casa. ¡No se la enseñes a mi vieja! Paso por allá en cuanto termine con estos ratones.”

Se viró con aplomó. Le soltó un izquierdazo al primer cabrón y le rompió la nariz. El chico gritaba. Se aguantaba la nariz, tratando de contener la sangre, pero sin resultado alguno.

El descamisado avanzó hacia el par que quedaba y amenazante, levantó sus puños. Un cobarde conminó al otro a caerle encima juntos, pero no coordinaron bien el ataque. Ese momento de indecisión les costó muy caro. El incipiente boxeador los noqueó en un santiamén.

Por primera vez en un largo tiempo, caminó a casa, sin camisa y sin vergüenza.

XII

La nueva camisa y las peleas ganadas le habían traído una avalancha de victorias personales.

A través de Cynthia, una vecina, conoció a una muchacha llamada Juani y se hicieron novios. Se veían todos los días. Juani era mayor que él. Se ponía mucho maquillaje. Bailaba muy bien y sabía besar como toda una experta. De ella, con ella, aprendería los primeros y necesarios manejos del amor juvenil.

Pero, al cabo de 14 meses poniéndose la misma camisa todos los días, el chico cayó en una depresión tan demoledora que no quería salir a la calle. Cada mañana lo esperaba para asfixiarlo con aquel abrazo celeste, férreo. La viejita la lavaba todos los días, y —si hacía mal tiempo— la secaba a pura plancha. ¡Cuántas veces soñó con verla consumirse en llamas ante el espanto de la abuela!

Rompió con Juani sin motivo alguno. No quería que ella lo viera con la maldita camisa.

A la mañana siguiente tomó la camisa en sus manos y la llevó al patio para ejecutarla. Haría una pequeña fogata y la quemaría. Pensó en un baile ritual para celebrar esa victoria.

Reunió madera y preparó los fósforos. Le prendió fuego a un periódico para empezar a encender la leña. Levantó la camisa y ya se disponía a tirarla cuando escuchó la voz de la abuela. Se detuvo. —“Te perdono —esta vez—, pero te prometo que morirás”, le dijo a la camisa.

Desde ese momento de autoencierro, se aisló de todos, menos de la anciana. No le abría la puerta a nadie y no se dejaba ver de nadie.

Vestía un par de shorts de mezclilla y unos tenis… de sol a luna, de luna a sol.

La camisa vivía encerrada bajo llave en un armario.

Ricardina Güiraldes, la directora de la escuela vino a la casa. La abuela mintió diciendo que el chico tenía neumonía y que estaba en cama. La directora, vieja amiga de la abuela, sabía mucho más que lo que creíamos. Mi secreto no era tal. Todo el barrio sabía por qué no salía a la calle.

La directora se despidió cortésmente y me deseó mucha suerte.

Lloré detrás de la puerta. Lloré por varias horas.

Pensé en matarme, pero no podía hacerle eso a mi abuelita que tanto me había cuidado. Mi situación no era culpa suya.

Después de mucho cavilar, decidí que no era yo quien debía morir.

Al día siguiente, la ejecuté. Lo hice con un par de tijeras mohosas. Miembro a miembro, la fui desgajando en la taza del baño y la envié al mismísimo infierno, fibra a fibra, hilo por hilo.

Me sentí ligero y renovado.

Ahora no tenía camisa alguna. El embrujo se había roto para siempre.

XIII

Al cabo de dos meses de prisión, la abuela llegó a casa sonriente. Había conseguido una sábana nueva. Con ella, me haría una camisa blanca de mangas cortas. Acepté con desgano.

Supo mucho después que la abuela había adquirido la sábana

—después de mucho ahorrar— pagando con dinero y con parte de su comida de dieta mensual de diabética. Se sintió indignado ante las vicisitudes que las circunstancias les habían impuesto a ambos.

Debo admitir que la camisa quedó mucho mejor de lo esperado. Me la puse y salí a la calle cauteloso, pero dispuesto a romperle las narices al primer impertinente que se me cruzara por delante.

Como ya no iba a la escuela, me fue fácil evitar encontrarme con mis antiguos verdugos.

Caminé por la ciudad, me senté en un parque y decidí regresar a casa cuando uno de mis maestros de primaria me alcanzó ligero. —“Niño, un segundo. Tenemos que hablar.” El señor me invitó a comerme un pedazo de pastel en una dulcería muy cara que yo nunca hubiese podido frecuentar.

Una vez sentados, el maestro me dijo que sabía mi situación y que quería ayudarme.

—“Escucha, el décimo grado no es el final de una buena educación. Es el principio. Tienes que regresar a la escuela y terminar el grado 13. Sólo así podrás ir a la universidad y ser alguien.” —“¡Prefiero morir diez veces que regresar a esa escuela con esos cabrones hijos de mala madre!”, dijo el joven con ira desbordada. —“No se trata de esa escuela, ni de ese horario, hijo.” —“Entonces… ¿qué?” —“Te consigo un trabajo y vas a la Facultad Obrera de noche. Esa es la vía. Así tendrás dinero para tus gastos y para ayudar en casa. Es una mejor vida. Si te esfuerzas, puedes terminar a la misma vez que esos pedantes que tanto desprecias.”

No fue así. El trabajo que le consiguieron consistía en cortar yerba con un machete —pagado a destajo— por ocho horas. Se levantaba a las 4 de la mañana para tomar dos autobuses hasta las afueras de la ciudad. Allí tomaba una lenta carreta por unos diez kilómetros hasta llegar a la granja “La Estrella.”

Las cuadrillas de trabajo en los campos estaban compuestas en aquella época por una mezcla de civiles como él y presos comunes provenientes de las granjas de castigo aledañas. El ambiente de trabajo era hostil. Había que ser fuerte para sobrevivir en él. Lo fue.

Su vida cambió cuando un día, el herrero lo vio y le pidió de favor que cargara unos sacos de carbón mineral y los trajera a la herrería. Una vez hecho eso, el herrero le pidió que se sentara y le ofreció una humeante taza de café con leche. La aceptó con gusto. Le hizo mil preguntas al herrero sobre los metales, la caldea, la fusión, el proceso de martillado y perforación de los metales. El corpulento herrero, un viejo de 64 años, famoso en toda la región por tener muy malas pulgas, le tomó afecto de inmediato. Se hicieron amigos ese mismo día.

A la mañana siguiente, cuando fue a reportar a la oficina y tomar la carreta que lo hubiese conducido a los campos en compañía de la chusma, el jefe de personal le indicó que se presentara en la herrería para “un trabajo a largo plazo.” Sonrió. Comprendió que el herrero había intercedido para sacarlo del miasma en que se hallaba. Se lo agradeció mucho.

El trabajo en la herrería era durísimo. El viejo se levantaba muy temprano. El joven esperaba a que el viejo saliera a su puerta de su casa y juntos caminaban hasta el área de recogida de pasajeros.

Al tercer día de espera en la oscuridad, el viejo abrió la puerta y lo invitó a entrar. Compartieron un buen desayuno con leche buena y con queso criollo que el herrero conseguía en los campos a cambio de herraduras y otros menesteres que los campesinos siempre buscaban.

El viejo tenía tres hijas y un nieto. Ese nieto era la niña de sus ojos. Lo llamaba Bichi. Una hija era divorciada (la madre de Bichi), otra estaba casada y vivía en otro barrio. La tercera, linda y soltera, aún vivía con José (el herrero) y con Cachita (su esposa).

El joven le cayó muy bien a toda la familia. La amistad creció y se hicieron familia. José tomó el lugar vacante del padre del joven.

El joven llegaba a casa a eso de las 5 y media de la tarde. Se bañaba corriendo, comía un breve bocado y salía corriendo a la Facultad Obrera. Las clases comenzaban a las 7 en punto y corrían hasta las 11 de la noche. Llegaba a casa a medianoche. Dormía cuatro horas y ¡de nuevo en pie! Estudiaba de lunes a jueves. Los viernes estudiaba inglés con un profesor de literatura retirado que había vivido 25 años en los Estados Unidos.

Era duro asistir a clases y casi imposible completar las tareas y proyectos asignados. Sus fines de semana estaban dedicados a estudiar. Se arrepintió mil veces de haber dejado la escuela secundaria diurna.

Estudiar de noche con los obreros era tres veces más difícil que hacerlo de día, fresco y sin otras preocupaciones.

Los dos años se convirtieron en tres, pero perseveró y terminó sus estudios.

Se matriculó en la universidad, en los cursos para trabajadores.

XIV

Cuando entró a la universidad. El viejo herrero habló con el jefe de personal —un enano pedante y despótico— para pedirle que me transfiriera a la oficina. El pago era mejor y el horario era mucho más suave. Así fue. Sintió mucho separarse del viejo padre adoptivo.

Visitaba al viejo amigo todos los días a la hora de almuerzo. Lo visitaba en casa también. Había algo extraño que no lograba entender. El viejo estaba perdiendo su chispa habitual. Aunque seguía siempre cariñoso, ya no era tan dicharachero y chistoso.

Al cabo de un año en la universidad, dos cosas sucederían que cambiarían su vida para siempre.

XV

—“Nuestras vidas son como un reloj de arena. Una vez que el chorrito se acaba… se nos apaga la luz, hijo mío”, filosofaba José. —“¿Desde cuando te nos has vuelto un Platón, viejote? Fíjate que Platón era sabio, pero era medio flojo. ¡No te me contagies a estas alturas!”, le dijo burlonamente el joven. El viejo lo miró con una seriedad nunca vista —“Desde que he podido ver cuánta arena le queda adentro a mi viejo reloj.” El joven comprendió. José estaba muy enfermo y nadie más que él lo sabía. Esa era su forma de decírselo.

El joven cayó en un sillón casi desmayado. El viejo lo tomó en sus brazos y le dijo al oído: —“Tú estás listo. Ya eres un hombre. No te preocupes. No hay obstáculo —por grande que sea— que pueda detenerte. Puedes ser y hacer lo que quieras.”

El joven lloraba como un niño sin poder contenerse. El viejo se levantó a buscar un vaso de agua y le dijo —“Cuando regrese, ya estarás calmado. ¿No?” El joven comprendió que se había comportado mal. El viejo se sentía mil veces peor y sin embargo no perdía su compostura. Se despidieron en silencio.

Camino a casa, se encontró con otro antiguo maestro suyo. El profesor de inglés.

El maestro se le sentó al lado y le dijo —“He estado pensando mucho en ti en los últimos días. Vente por casa más tarde y vamos a charlar un poco. Es muy importante. No dejes de venir.” Asintió.

Llegó cuando servían el café de la tarde. La familia ya lo conocía. Le ofrecieron una taza. Cuando las hijas y la esposa del maestro se hubieron retirado a sus menesteres, los dos hombres se fueron al patio para hablar con privacidad. —“Niño, están buscando maestros desesperadamente”, dijo el docente. —“Maestro… ¿y por qué me lo dice a mí?” —“Es precisamente gente como tú…” No lo dejó terminar. Se puso de pie y le agradeció su ayuda. Dio la vuelta y se dirigió a la puerta. —“Es siempre un placer verle, maestro”, dijo cortésmente.

—“No te vayas, Pablo. Aún no te lo he dicho todo.” Se sentó sin mucha gana y escuchó con rostro mohíno.

—“Este año, el Departamento de Educación se ha dado cuenta de que la explosión demográfica de chicos entre los 12 y los 17 años es extraordinaria. La cantidad de maestros producida por todos los colegios del país no alcanza ni para la mitad de lo que se necesita. Cualquier persona saludable y sin antecedentes penales, que tenga un año de estudios universitarios, recibirá entrenamiento pedagógico pagados por tres meses de estudios intensivos y luego irá a un aula a enseñar la asignatura para la cual califique. Tú tienes varias opciones, pero yo te recomiendo que enseñes inglés. Es muy popular con los estudiantes. Naturalmente que tendrás que pasar un examen de inglés. ¡Prepárate hoy mismo! Yo te puedo llevar al Instituto de Superación Educacional —que está en la Plaza de San Francisco— y te conecto allí con el director, un viejo amigo. El resto queda de tu parte. Cuando te gradúes, enseñarás una media sesión los lunes, martes, miércoles, jueves y sábados. Los viernes vas a la universidad para hacer tus estudios de Bachiller en Educación, programa concurrente. Pagan bastante bien y tienes buenas vacaciones. ¿Qué dices ahora? Tu vieja se pondría muy contenta.” Sabía que era así.

Fue directo a la casa de su profesor de inglés y le contó la historia. El viejo se levantó de un salto y dijo —“¡No hay un segundo que perder! Hoy mismo te preparo para ese examen.” Se esmeró mucho y pasó el examen sin mucha dificultad. En tres meses estaría frente a un grupo de alumnos adolescentes de los grados 9 al 12. Esa noche no pudo pegar un ojo.

XVI

El entrenamiento pedagógico fue una maravilla. Aprendió muchísimo. Conoció a Marlene y se enamoró de ella como un tonto. Se amaron mucho y se comprendieron muy bien. Ella enseñaría química. Fueron a trabajar juntos y pasaron tres años muy agradables. Empezaron a planear la boda.

Habían mantenido su relación a espaldas de la familia de Marlene porque su padre, en palabras de su propia hija, “era un troglodita en materias hogareñas y sentimentales.” Pablo pensó que era hora de comunicárselo y así lo hizo. El viejo se puso rojo como un tomate y echó al joven de la casa.

Pablo llegó a casa de José destruido. Se lo contó todo. Como sucede en ciertos casos —y sé que estoy abusando del lector cuando le digo que esto es también muy cierto: José conocía a Manolo, el padre de Marlene. —“No te preocupes. Hoy mismo hablo con él.” Pablo regresó a casa bastante calmado.

Esa misma noche, José lo visitó sin previo aviso. En su rostro compendió que la gestión no había surtido efecto. A partir de ese momento, su relación con Marlene se deterioró rápidamente. Aún muy enamorados el uno del otro, se separaron para siempre días después.

XVII

Hacía ya un mes, José había dejado de trabajar por motivos de salud. Se cansaba mucho y no podía moverse con la facilidad de antes. Tenía mucho dolor de estómago. Pablito lo llevó al hospital.

El médico examinó al gastado anciano con mucho esmero. —“Sus músculos son muy duros ¿Qué tipo de trabajo hacía usted?”, preguntó el galeno. —“Soy…era herrero”, respondió José.

El médico le hizo una señal a Pablo a espaldas del anciano que éste no vio. Deseaba hablar con él a solas. Pablo llevó a José al salón de espera y le dijo que regresaba en un momento, pues había olvidado recoger la receta que le había dado el médico a José.

El médico miró a Pablo y le dijo —“Tu viejo tiene sus horas contadas.” —“Querrá usted decir ‘sus días', ¿No?” —“Se equivoca usted, joven. Quise decir ‘sus horas', porque es así. Prepare a la familia que hoy es 25 y no llega a fin de mes.”

Pablo buscó un taxi. Se dirigieron a la casa del viejo. José se mantuvo callado casi todo el tramo. Ya casi llegando a casa, tomó a Pablo de la mano y le dijo: —“Los médicos saben mucho, pero ellos están ‘afuera', no adentro. Yo sé cómo me siento yo. Probablemente te dijeron que me queda una semana. Yo te aseguró que son tres días.” —“¿Desde cuándo eres adivino? ¡No jodas, hombre!”, lo castigó Pablo. José no respondió. Ese fin de semana lo enterraban.

Regresó a casa después de lidiar con el entierro de José y —luego en su casa— con el resto de la familia. Hubo un momento en que tuvo que aclararles a dos o tres parientes que él no aspiraba a nada material. José había preparado una rudimentaria carta a guisa de testamento en la cual le dejaba ciertas joyas valiosas (un reloj, dos anillos, una cadena y otros artículos). También le había dejado mil pesos para la frustrada boda. Fue Cachita quien defendió el derecho de Pablo a todo lo que José le había dejado, pero Pablo no lo aceptó. Se lo dejó todo al joven Bichi.

XVIII

Con respecto a la gente del barrio, los conocía muy bien. Recordaba la primera pelea en las 147 libras . Los vecinos y compañeros de clase, curiosos, fueron a verlo. No para animarlo —pues escuchó a un par de voces muy conocidas gritarle obscenidades en medio de la algarabía. “Ya me las pagarán”, se dijo entre dientes apretando los puños mientras subía al cuadrilátero. Ese día hubiera vencido a un cíclope.

El primer contendiente no le duró ni un asalto. Lo desmanteló con una izquierda al mentón que lo envió a la lona. Como no se levantaba, el cansado médico de turno subió al cuadrilátero para reanimarlo. Por fin se sacudió y se puso en pie dispuesto a pelear. El público se rió a carcajadas ante el pobre espectáculo del desconcertado atleta que no sabía nada sobre el prematuro fin de la pelea.

Vendrían 82 peleas, dos campeonatos provinciales y una buena participación en uno nacional y con ello múltiples viajes al extranjero. Casi califica para las eliminatorias de los Juegos Olímpicos de 1976. Pero, para ese entonces, había decidido dejar el boxeo y entrar en el magisterio.

Los agasajos de los antiguos torturadores eran asiduos. —“Dile a Pablito que vaya por la casa a comer con la familia. Recuérdale que somos amigos y que se le quiere por allá”, le decían a la abuela. Él los ignoraba. Recordaba cada burla y cada vejamen, en especial las crueles rimas: “Vestido de azul siempre Pablito y a nadie le importa un pito.” Había otra muy buena que decía: “Azul es el cielo, azul es el mar, azul la camisa de Pablito Cabral.” Todas las rimas tenían algo en común: la referencia a la camisa azul.

En su misma cuadra, Marina se enamoró de él y se hizo el desentendido. También Myriam, la hija de Haydeé. Buenas muchachas las dos. Ignoró a Myriam también.

Entraba y salía con la frente en alto. Hacía su vida a su manera. Solo, en medio de todos.

Envidiaba a esos que se reunían e iban a las fiestas del barrio, pero él no se permitía tales asociaciones. El dolor era tan profundo, la pena aún tan grande. No se iba del barrio porque les quería mostrar que había triunfado en la vida. Los odiaba, pero los quería tener cerca. Era el reproche en silencio, el snobismo revertido. Atleta e intelectual. No había otro en el barrio como él.

XIX

Una vez que terminó sus estudios de magisterio, comenzó a hacer la licenciatura. De noche, se matriculó en la Escuela de Idiomas “Mijáil Lomonosov” para estudiar alemán.

Ese año enterró a su abuelita. Ya no le quedaban lazos fuertes con su propia tierra.

Como había dejado de ser atleta, no tenía la posibilidad de viajes al exterior. Fue a través del idioma alemán que pudo escaparse del país.

XX

Los llamados países hermanos del Comité de Amistad de Ayuda con los Pueblos (C.A.M.E.) propiciaron que miles y miles de jóvenes cubanos —así como de otros países subdesarrollados socialistas— pudieran ir a estudiar a los países del bloque soviético en Europa al principio de la década de los 80.

Se necesitaban traductores de húngaro, ruso, checo, polaco, búlgaro y alemán. Solicitó un puesto y lo logró.

Se despidió de su tío Denis y voló a Berlín del Este en diciembre de 1982.

El trabajo en la República Democrática Alemana (R.D.A.) era duro. Era traductor y segundo jefe de grupo. Tenía poco descanso. Pero comía bien y se las arreglaba para practicar deportes y salir a bailar a los clubes nocturnos con las bellezas del lugar cada vez que podía.

Regresó a Cuba de vacaciones al cabo de un año. Se sintió defraudado por el estado de depauperación general del país. En el vuelo de regreso a la R.D.A. pidió asilo político en Gander, Newfoundland —territorio canadiense.

La vida en St. John's, capital de Newfoundland era placentera. La gente de las islas comparte algo en común que es tan maravilloso como indescriptible. Hay que ser isleño para comprenderlo. Los habitantes del lugar lo acogieron como a un hijo propio. Pasó dos años estupendos allí.

Quería ir a estudiar a la Universidad de Toronto y se dispuso a hacerlo. Lo vendió todo y preparó su maleta. En menos de 4 horas aterrizaba en el Aeropuerto Internacional Pearson con tres mil dólares en el bolsillo y la cabeza llena de ilusiones.

XXI

El ansiado Toronto no fue muy acogedor. Cuando llegó no había alojamiento, pues el mercado laboral estaba superabundante. Personas de todo el país afluían a la metrópolis canadiense en busca de trabajo. Le fue difícil, pero encontró donde dormir.

Hubo todo un desfile de trabajos tan deplorables como poco dignos de mencionarse. Desde guarda jurado, hasta trabajador de la construcción —pasando por vendedor de libros de cocina y de productos para bajar de peso. Se compró un Lada blanco por $1,400 dólares canadienses. El resto del dinero lo gastó casi enseguida.

Decidió estudiar en la Universidad de Toronto. Para ello necesitaba dinero, tiempo y energía. Le sobraba sólo lo último.

Trabajaría 12 horas los sábados y 12 horas los domingos como guarda de seguridad en el vetusto teatro “Elgin” —el cual estaba siendo renovado de pies a cabeza. Tres días durante la semana, por las tardes (de 5:00 a 9:00 P.M.), trabajaría en una gasolinera echándole combustible a los vehículos. Así reuniría el dinero necesario y se mantendría una vez que estuviera estudiando.

Así fue como llegó a reunirse con el Dr. Gordon esa bendita tarde en que la conoció.

¿Por qué se demoró tanto en llegar a Toronto si había un ángel esperándolo? “Nadie se muere la víspera, sino el día que le toca”, reza el dicho. Las cosas suceden cuando tienen que suceder —ni antes, ni después.

XXII

—“Te garantizo que te va a quedar bien”, dijo la preciosa mujer. El hombre sacudió la cabeza como queriendo quitarse de encima una visión diabólica.

—“Vida mía, esa camisa no. No será hoy. No será nunca”, dijo él con firmeza en un tono que dejaba excluido cualquier debate. —“Mira a tu alrededor. Elige cualquier camisa, menos esa. Memoriza el color y el tipo. ¡Jamás!”

Ella lo miró fijamente y comprendió al instante la multitud de pesares que se agolpaban en el alma de su esposo. Lo tomó del brazo, lo haló hacia su seno y lo forzó a inclinarse. Lo besó con la pasión de siempre. —“Te entiendo, cariño. Vamos a casa.”

Salieron como era de costumbre, juntos. La noche los encontró sentados frente al fuego leyendo sendos libros…juntos.

 

 

                         


© David Walter Aguado. Nació en Camagüey, Cuba en 1956. En su país fuer profesor de inglés. Salió de forma definitiva en 1983. Residió en Canadá por 13 años. Desde 1995 vive en los Estados Unidos. Actualmente es profesor de literatura española y de estudios de inglés como segundo idioma en la Universidad Estatal de Valdosta, Georgia.


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