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El regalo

por Odilón Moreno Rangel

 

 

Papá Mogo y Tlakaelel, llegaron poco después de las nueve de la mañana a las puertas del jardín de niños El Solecito. De prisa pasaron por la entrada al edificio escolar y en unos cuantos segundos estuvieron en el aula de segundo grado. Papá Mogo despidió al pequeño con un efusivo abrazo, no sin antes recomendarle que se portara bien, aprendiera y se divirtiera lo más que pudiera. El niño entró al salón de clases.

–Hola Tlakaelel –dijo sonriente Jimena Adalid–. Ahora ¿qué juguete traes?

–A ver, Tlakaelel, ¿me enseñas? –se acercó curioso Uriel. Tlakaelel no contestó, sólo colgó en su cara una sonrisa que bien llegaba de lado a lado del aula. Los demás niños, también se acercaron para ver cuál sería la sorpresa de ese día.

–No pequeñitos, el juguete de Tlakaelel es para recreo –intervino la profesora Gloria. Sabía que debía poner un alto de los contrario aquello podría transformarse en otra cosa, menos en escuela. Tomó el morral de Tlakaelel y lo colgó en el diminuto perchero. Pensó en lo que había hablado con la directora, la profesora Marcela , en relación a Tlakaelel y sus juguetes. Era una situación que debía terminar porque distraía a los demás niños. Luego dijo:

–Ahora tenemos que trabajar–. Los niños protestaron, pero la profesora insistió, y a los chamaquitos no les quedó otro remedio que acatar la disposición.

Luego pidió a los niños que sacaran una lámina de animales marinos, y les empezó a explicar quién era cada uno de ellos. “Profesora Gloria”, se escuchó en ese momento por el altavoz que estaba en el patio, “favor de acudir inmediatamente a la dirección.

–Niños, los voy a dejar un momentito solos, sigan trabajando. No tardo –dijo sonriendo y con un tono de ternura–. Si regreso y hay alguna seña de desastre, habrá castigos –advirtió. Los niños contestaron cualquier cosa, menos algo relacionado con la amenaza de la educadora.

–¡Tlakaelel, Tlakaelel! A ver, enséñame. ¿Qué traes hoy? –Dijo Oscar tan pronto salió la profesora. Los demás niños, se unieron a la petición.

–Bueno, háganse para allá, y jugamos –propuso Tlakaelel. Luego fue al perchero donde estaba su morral, lo tomó y se lo colgó en el hombro, y regresó con sus compañeros. Las niñas gritaban “¡¡Siiiiiiii, siiiii, vamos a jugar!!”.

–¡Traigo un bagre! ¡Hoy vamos a jugar al bagre! –dijo Tlakaelel con gran emoción. Luego sacó de su talega una docena de piedras redondas. Eran del tamaño de un limón. Las colocó con cierta ceremonia en el piso. Después extrajo una botella de plástico. El recipiente contenía agua y un bagre.

Tlakaelel vertió el líquido sobre las piedras que había depositado en el piso. El agua no se desparramó, quedó suspendida sobre las rocas. “¡Ah!”, exclamaron los pequeños. Tlakaelel, tomó delicadamente el bagre entre sus manos.

–Es el señor bagre –explicó a sus compañeros. Bailaba de gusto–. Viene del río de Atlapexco –los niños pronunciaron otro “¡Ah!”, pero esta vez lo prolongaron unos segundos más.

Tlakaelel soltó al pez en el agua. El animal dio unas piruetas en el líquido como para alistar sus músculos. Era una señal. Tlakaelel lo sujetó de los bigotes, lo montó, y comenzaron a dar vueltas por el cuarto. Se escuchaba el sonido de la corriente de un río, entremezclado con las carcajadas de los niños. Los infantes subían y bajaban de los mesa bancos, mientras gritaban: “¡Yo Tlakaelel! ¡Yo Tlakaelel!”. Tlakaelel detuvo la montura y dijo:

–Está bien –movió la cabeza de un lado a otro–. Quédense donde están y paso de uno en uno por ustedes.

Tlakaelel, llegó a dónde Jimena adalid. La niña dio un brinco y quedó en el lomo del pez, rodeó la cintura de Tlakaelel, y dieron un par de vueltas por el salón. Todos reían, y gritaban, parecía un torrencial de alegría. Así hizo Tlakaelel con cada uno de sus quince compañeros. Cuando hubo recogido a todos, aquello era una enorme tira de niños.

–¿Escucha eso, profesora? –Preguntó Marcela, directora del jardín de niños, a la educadora Gloria.

–Parece como una corriente de agua–contestó extrañada la profesora Gloria.

–Vamos a ver de qué se trata –sugirió afablemente Marcela. Las dos profesoras se asomaron al patio. Con cierta incredulidad miraron que del salón de preescolar de segundo, salía un arroyo de agua. Pero también escucharon la algarabía de los niños.

–Seguro es Tlakaelel –dijo la profesora Gloria –. Necesitamos corregir a ese niño.

–Vaya a ver qué están haciendo esos chiquillos y regrese. Acá aclararemos el asunto– indicó Marcela con un gesto amable. La profesora Gloria se dirigió presurosa al grupo. Se paró en una de las ventanas y miró a toda la chiquillada dar vueltas y riendo, montada en un bagre de color azul marino, salpicado de pequeñas motas blancas y de enormes bigotes. Luego se acercó a la puerta, y abrió. Pensó decir “¿Alguien me quiere explicar qué está pasando?”. Pero no pudo. Luego que abrió, un chorro de agua, seguido del bagre, Tlakaelel y los demás niños, la echaron de espaldas por el patio. Los niños reían, sin parar.

–¡¡Tlakaelel!! –Gritó irritada la profesora Gloria.

Los niños no hicieron caso. En un santiamén estaban en la escalera que lleva al segundo piso. La profesora Liliana , salió de su aula para ver qué sucedía. Al asomarse, también recibió un torrente de agua que la dejó empapada. Hizo berrinche.

El bagre, Tlakaelel y sus compañeros, tomaron por asalto el comedor y las aulas de los otros grados de preescolar. Otros niños se agregaron al juego. La tira de infantes creció. Los chamacos culebreaban divertidos por todos los rincones de la escuela. Las profesoras enloquecidas iban detrás de ellos para tratar de restablecer el orden. Una de ellas, alcanzó la cola de la serpiente, pero no pudo detenerlos, al contrario el agua, el bagre y los demás niños, la arrastraron. La profesora Claudia, trató de auxiliar a su colega, pero también la jaló la fuerza de niños. Las otras profesoras hicieron lo mismo, y de igual manera sucumbieron al brío de los niños. En fin, después de unos minutos que comenzara a jugar Tlakaelel, prácticamente toda la comunidad escolar, se encontraba culebreando por las instalaciones de la escuela, menos Marcela.

Marcela era una dulce anciana que amaba con todo su corazón a los niños. Desde la entrada de la dirección había contemplado el juego de los niños y los conflictos de las profesoras.

La fiesta de los chiquillos terminó cuando el bagre se cansó. Poco a poco los niños, descendieron del lomo del bagre. Las profesoras estaban exhaustas, resoplaban tratando de recuperar su ritmo cardiaco normal. Los niños seguían emocionados, brincaban y reían. Otros acariciaban cariñosamente al bagre. Tlakaelel, fue por su morral, devolvió el agua y el bagre a la botella, rejuntó las piedras y las guardó. Toda el agua que había humedecido libros, libretas, mochilas, paredes, muebles, patio, profesoras y niños, despareció. Todo quedó tal y como estaba antes del juego.

Marcela se acercó a donde los niños, y preguntó delicadamente:

–¿Quién fue el responsable? –. Los niños guardaron silencio, estaban expectantes, pero con una cara de exquisita alegría. Las profesores, no tanto.

–¡¡¡Tlakaelel, fue Tlakaelel!!! –Acusó la profesora Gloria –. Hay que castigarlo– exigió.

–A ver Tlakaelel –dijo parsimoniosamente Marcela–, vente para acá, y vamos a platicar un rato. ¿Te parece? –Preguntó Marcela, luego dio medio vuelta y se dirigió a su oficina. Tlakaelel no contestó, sólo abrió profusamente los ojos, y dibujó una sonrisa pícara en su carita de inocente. Los demás niños, exclamaron un “ah”, muy, pero muy prolongado. Dijeron “no castiguen a Tlakaelel. Queremos seguir jugando”. Tlakaelel se encaminó hacia donde Marcela. Las profesoras devolvieron a los demás niños a sus respectivas aulas.

–A ver jovencito, toma asiento –indicó Marcela a Tlakaelel tras entrar a la oficina de la dirección. El niño obedeció–. Explícame qué es lo que hiciste.

–Jugar –contestó tímidamente el niño desde su asiento.

–¡Si, ya lo sé! –Marcela río de buena gana–. Pero quién te dio ese bagre. Es hermoso, y sorprendente, ¿y si alguien te lo quita? –comentó la directora.

–No, no pueden. Porque si lo hacen se va a llenar de agua su casa.

–¿Qué?

–Si, eso va a pasar, eso me dijo mi madrina. Ella me dijo que este regalito era sólo para mi, y que si alguien me lo quería quitar, se le iba a aguar su casa –Tlakaelel balanceaba despreocupado los pies.

–Ya veo –dijo Marcela– y ¿quién es tu madrina?

–La Campana de Oro –dijo sin titubeos el niño.

–La Campana de Oro –contestó enfáticamente Marcela– y ¿quién es esa Campana de Oro?

–Ella vive en muchos lugares de la sierra –respondió efusivamente Tlakaelel, mientras acariciaba su morral–. Mi madrina tiene su casa en los cerros, y es la que hace llover. Cuando suena, quiere decir que lloverá. Por eso te digo que si quieren quitarme mi regalo, ella echará agua, mucha agua.

–Y cómo para qué te dio ese regalo, tu madrina –inquirió Marcela.

–Pues mira, imagínate –dijo muy seriamente Tlakaelel–. El otro día, Papá Mogo me llevó a la sierra. Me dijo que íbamos a ver a mi madrina.

–¿Y luego?

–Fuimos a una de las casas de mi madrina. Papá Mogo dice que mi madrina tiene muchas casas. Fuimos a verla porque fue su cumpleaños, fue el tres de mayo. Fuimos a verla al río de Atlapexco.

–Luego, sígueme platicando –comentó interesada Marcela.

–Pues llegamos en la mañana. Como era el cumpleaños de mi madrina, papá Mogo, quiso que le lleváramos un presente, así dice mi papá –rió Tlakaelel–. Pero fue bien chistoso porque llevamos tamales y veladoras. Pusimos la ofrenda a la orilla del río. Papá Mogo, rezó. Yo estaba parado junto a mi papá, y vi cómo que algo se movió debajo del agua. Le dije a mi papá Mogo, pero él me contestó que no me espantará que de seguro era mi madrina. Luego salió ella.

–O sea, ¿tu madrina estaba dentro del agua del río?

–Si.

–¿Cómo era? –Preguntó Marcela, mientras trataba de dar orden a lo que decía el niño.

–Ah, pues es una muchacha de piel blanquita, cabello dorado y chinito –explicó Talkaelel. Le brillaba la mirada–. Llevaba una peineta de oro y, ¿te digo un secreto?

–Sí.

–Pero ¿me lo guardas?

–Sí.

–No tiene, piernas como nosotros –dijo Tlakaelel en voz baja–, tiene una colita de pez –el niño, se tapó la boca con una de sus manos, y se encorvó para reír en silencio.

–¡¡Qué sorpresa!! ¿Y te dijo algo? –Preguntó Marcela.

–Sí.

–¿Qué te dijo?

–“Hola Tlakaelel”. Mi papá Mogo dijo “Saluda a tu madrina” –pronunció el niño tratando de imitar la voz y los movimientos de su papá–. Entonces ya le dije “hola madrina”, y la felicité. Mi papá habló con ella. No entendí lo que decían porque hablaron en la lengua de mi madrina. Pero luego mi madrina me preguntó que si quería un regalo. Le dije que sí.

–Entonces fue cuando te dio las piedras, el agua y el bagre –trató de adivinar Marcela.

–¡¡No, Marcela!! ¿Puedes esperar a que termine de hablar? –dijo risueño el niño.

–Ya no te interrumpo, sigue.

–Pues me dijo que me asomara al río. Luego miré en el agua y vi al bigotón, al bagre –rió Tlakaelel–. Entonces, mi madrina me dijo que me subiera en él, y pues le agarré los bigotes al bagre, me subí en su espalda y el cochino animal me paseo por el río. Cuando salí, mi madrina, me dio una bolsa de piedras, un botellón de agua, y al bagre. Me dijo que era mi regalo, que era para que me divirtiera y que nadie me lo podría quitar y quién lo intentara se iba a llenar de agua. Yo sólo le dije “gracias”.

–Muy bien, mi niño –dijo feliz Marcela–, ahora váyase a su salón. Pero no saques al bagre, sino en hora de recreo, y cuando haga calor como hoy. ¿De acuerdo?

–¡¡¡Siiiiiiiiiiiii!!! –Exclamó Tlakaelel. El niño se levantó sonriendo y salió disparado. Marcela mandó llamar una vez más a la profesora Gloria. Le explicó que en ocasiones había que escuchar los juegos de los niños, y que uno podía enterarse de muchas cosas interesantes. Luego le contó quién era la madrina de Tlakaelel y del regalo que le había dado. Le dijo que estas historias de los niños debían ser retomadas por la escuela y no descalificadas. La profesora dijo comprender su error, también dijo reconocer la importancia de escuchar a los niños. Pero le iba a tomar mucho tiempo cambiar su conducta, pero lo iba a hacer. Luego se retiró para reanudar su trabajo.

Papá Mogo llegó cerca de dos y media de la tarde por Tlakaelel. Fue al salón de su niño, y le peguntó a la profesora cómo se había portado su retoño. La profesora esbozó una falsa sonrisa y dijo que Tlakaelel había estado excelente. Mogo tomó de la mano a Tlakaelel, y salieron. En el pasillo Mogo inquirió al pequeño sobre sus juguetes. Tlakaelel abrió su morral y le enseñó a su papá las piedras de río, un recipiente pequeño con agua, y un bagre de plástico.

–¡Muy bien! –Dijo Mogo. Luego los dos corrieron por el pasillo de la escuela. Reían.

 

 

                         


© Odilón Moreno Rangel


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