Paraíso de nadas
por Víctor Manuel Jiménez Andrada
EVIDENCIAS
Un buitre con el pico ensangrentado
escarba entre los restos de la fe.
Las campanas de la iglesia
emprenden un vuelo lento
e inundan los valles
con su interminable letanía.
La mariposa negra
se posa en la mano pálida
del que aguarda noticias.
El sepulturero abre la verja
del cementerio y escapa
el aroma de las flores recién cortadas.
He aprendido
que el futuro tiene
fecha de caducidad.
EFECTOS DE LA LLUVIA
La lluvia arranca
los coágulos de limo
adheridos a la piel.
Riega los párpados dormidos
bajo el embozo infinito
que encarcela la voluntad.
Cuaja los labios secos
de gotas perladas
para júbilo de la lengua;
pero deja al aire,
en carne viva,
la piedra negra
que se aloja en la entretela
y nos hace transparentes.
MARES PARALELOS
Nada del mar flota en los puertos
sino cajones rotos,
desvalidos sombreros
y fruta fallecida.
PABLO NERUDA
Temo la tempestad en la noche,
llega veloz y me envuelve
con un viscoso manto de miedos.
Mi barco cruje en lamentos
y amenaza con hundirse
en los abismos eternos.
Mis manos buscan
un cabo seguro.
Entonces te encuentro,
serena y firme.
Gobiernas tu nave
por aguas mansas.
Me amarro a ti,
pero ignoras mi presencia.
Mis dedos se escurren
y me dejas naufragar
mientras un sol que no veo
deslumbra tus ojos.
ESTACIÓN CÁLIDA
La primavera se cubre
con un vestido de incertidumbre
y se transforma.
El sol tuesta los pétalos y la hierba fresca,
y funde la belleza en la monotonía amarilla
de los pastos.
El equilibrio es difícil
a cuarenta grados.
Los labios alivian grietas con flores artificiales.
En las noches, un laberinto de sábanas
se empapa de insomnios.
Las puntas romas
de los primeros cuchillos
se afilan para matar.
No es fácil vivir
a cuarenta grados.
Las pesadillas desembocan en mañanas pesadas
que se cargan
con los hombros desnudos.
Los ojos miran ansiosos
el aún lejano horizonte
del otoño.
La brisa asfixia
a cuarenta grados.
EL ETERNO RETORNO DE LAS COSAS
¿Es que, acaso, estimáis que por creer
en la inmortalidad,
os tendrá que ser dada?
FRANCISCO BRINES
El viento mece los juncos
cuando el día envejece
en un cielo
sembrado de naranjas.
El sol agoniza en el horizonte
y refleja su último aliento
en las aguas metálicas.
El final es un comienzo
y la muerte pare
el reino de la luna.
Palpitamos
en un ciclo infinito
en el que somos lo simple,
pequeñas partículas
que se arrastran al antojo
de los elementos.
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