
De nuevo tenemos noticias de los compañeros de Castelldefels, y, como siempre, estupendas. La plaquette que editan mantiene, en los números a los que he tenido acceso, un nivel realmente alto, lo que, unido a su diseño, mínimo, elegante, amistoso, ha supuesto, desde que la conozco, un rato de la mejor lectura.
En esta ocasión se han reunido nueve poemas en torno al erotismo, asunto del que se habla poco, no tanto por agotamiento, sino por asimilación del mismo en corrientes más generales, y sin embargo, como suele ocurrir con los géneros, el cansancio lo generan las fórmulas de autorreferencia, los retornos metaliterarios en los que prevalece la fatuidad y la impostura, no sus propias características. Escribí en cierta ocasión, y puede que sea una de las pocas frases de las que no me arrepiento, que un género no es más que una postura ética. Hallar en el cuerpo el origen de lo inteligible y de la memoria; desear tan sólo sexualmente, pero sabiendo que son también sexo las miradas, los viajes y los balcones; amar o reprochar un mordisco o un lametón húmedo y largo… obviamente, el erotismo como asunto no está ni mucho menos agotado; por suerte, tanta virtualidad no ha podido con él como no ha podido con tantos otros factores que nos conforman. La gente de El laberinto de Ariadna nos lo demuestra en esta ocasión, no con palabras anteriores que se refieren a desconocidos con los que no nos hemos acostado, de los que tan sólo hemos aprendido tales palabras, sino con voces y tonos reales, distintos, a veces suaves y otras encorajinados, celebrando sus cuerpos y sus encuentros con otros cuerpos, mostrando los poemas que hallaron en la cama, o en el asiento de un coche, o en un contraluz. Estos son sus nombres: Roser Amills Bibiloni, Casimiro de Brito, Juan Manuel Lucía Mejías, Fernando Sarría, Luis Daniel Pino, Lucía Fraga, Yolanda Gelices, Ricardo Fernández Esteban, José Costero.
© A.M.R.