
Sabido es que la palabra “poesía” viene del griego poieo , verbo que significa “hacer”. Por lo tanto, el poema (también la canción y la narración, incluso el drama teatral) es, etimológicamente, un artefacto, y el poeta, nada más (y nada menos) que un artesano, o, en el fabuloso hallazgo de Borges, un hacedor. Es decir, en el principio la palabra generaba realidad, añadía mundo al mundo, lo poblaba de objetos con los que convivir. Hoy en día nos limitamos a escribir nuestros poemas (o novelas, o canciones, o dramas); hemos aceptado para ellos la virtualidad, la prescindibilidad, negándoles el carácter necesario del cuchillo, la cantimplora o el teléfono. La literatura es contraproducente , se opone a nuestra capacidad de producción. Cada vez que nos preguntamos por su futuro, preguntamos en realidad por nuestro presente.
Tenía que llegar el momento en que David Torres se preguntara por la literatura, por lo que supone escribir y o que puede suponer lo escrito. Él ha sabido, como pocos, contarnos de aquellos a quienes las palabras no han de salvar, desde Odiseo, que desdeña al héroe de nombre parecido al suyo y de pasado tan similar, pero del que lo separan las palabras de los poetas que no han estado en el infierno y que no han entendido que el tirano no es más que un niño que juega, hasta Roberto Esteban , el boxeador cuya sordera convierte al lenguaje en una muralla a la que su rabia apenas puede dañar, pero que no le impedirá dar ese paso de más en el que se arriesga la guardia a cambio de hallar el trazo de un golpe demoledor. Las novelas y los relatos de Torres han creado la realidad, su realidad, no paralela (bastante se cachondeó David en ese fabuloso cuento publicado en Cuidado con el perro ) sino incrustada en este trazo insensato de cada día. Ahora busca a quienes precisan de las palabras, ya sea para negociar con ellas, ya para justificarse, ya para escapar. En un prodigioso políptico en que cada una de las tablas espera y contiene a las demás, asistimos a las pequeñas tragedias de los que se han confiado a la literatura sin creer realmente en ella: el editor hipocondríaco que, tras haber aprendido cuidadosamente a no leer los libros con los que comercia, cree encontrar su destino en la primera frase de novela despreciada; o el policía que intenta que unos poemas mediocres constituyan una vida mejor; o el poeta gorrón al que le viene grande hasta su tabardo grasiento; o el esquizoide que, tras un accidente, escribe novelas de modo compulsivo, novelas absurdas en las que desborda un humor sardónico, maligno, que utiliza cada carcajada para barrenar en nuestra comodidad: nuestra historia, la que hemos heredado y la que aún hacemos, es así de estúpida, así de sangrienta; o ese grupo terrorista demenciado que no da ni para dos eslóganes, aunque con tan poco bagaje puedan provocar la muerte (y es que no hay nada más cercano a la realidad que el esperpento)… pero sobre todo, asistimos a la tragedia de dos personajes primordiales: Julia, la mujer que se tatúa citas literarias convencida de su vigencia, para terminar descubriendo que ella es, en realidad, otra piel, y el lenguaje, en los muchos códigos con los que es convocado, del soneto a la pornografía, tan incapaz, tan incomprensible, tan vital… sé que he escrito “tragedia”, y que el término puede ahuyentar al lector (no más de lo que le ahuyentará esta miserable nota), pero quiero recordar (ay, ese segundo de BUP…) que trágica es la situación en que los personajes se ven sometidos a fuerzas superiores a sus propias fuerzas. A eso le solemos llamar vida, y caben en ella la risa y el estupor, el amor y el desprecio. También cabe la literatura, siempre y cuando sea verdad. Limitarse a escribir resulta pobre, incoherente, superfluo.
David Torres ha sido, otra vez, el hacedor. No importa la decisión de los dioses acerca de los templos. Él ha agrandado el mundo. Ha hecho, y nos ha puesto enfrente, toda una novela.
© A.M.R.