
A veces es mejor no saber , solía decirme mi madre, como imagino que han dicho casi todas las madres que en el mundo han sido (miren ustedes a Edipo, que no hizo caso del consejo). O saber y olvidar. O, lo que es especialmente conveniente para este caso, saber y saber que lo sabido tiene poca importancia, que al leer un poema iniciamos un nuevo proceso en el que los datos anteriores se borran, atrapados en su situación de pretérito perfecto y cerrado. Porque no se puede evitar leer la solapa de un libro; es más, hemos hecho de solapas y contraportadas un asidero en el que descargar parte del miedo que nos invade al coger un libro por primera vez, esperando que la información sea pertinente, que nos guíe y nos conforte. Y no es necesario, de verdad que no, y menos en un caso como el que ahora nos ocupa. Porque cualquier información que anteceda a Un corazón en la noche no va a lograr más que empequeñecerlo, por muy pertinente y confortadora que sea. Los poemas de Meridian no surgen de las palabras, son anteriores a ellas. Su material tiembla, crece, cambia; es puramente físico; el lenguaje no ha sido convocado para preguntarse por su relevancia, sino para ser ser recorrido sensual y sensiblemente. Es la percepción la que declara; el yo que escribe no precisa hablar, prefiere investigar más allá de su piel, reconocer en lo salvaje el mismo ritmo que mueve lo social, la misma cadencia que agita la intimidad de quien quiere y deja de querer, de quien recuerda como sólo sabe recordar el tacto.
Un corazón en la noche traza un itinerario de ida y vuelta a lo largo de una espiral orgánica, de la que, como en un rizoma, surgen nuevas relaciones con aquello que la rodea a cada vuelta, yendo de lo meramente instintivo, la vida en primera instancia, a la conciencia de sus propias extensiones y sus repliegues: la observación, la intromisión, la situación de paciente y su envés. Los estados se complican, generan preguntas cuyas respuestas no siempre son satisfactorias: ni la historia ni la trascendencia parecen bastar para calmar el pálpito de quien se mueve en el presente; y sin embargo, la historia (esto es, el otro) y lo trascendente (lo incomprensible de cualquier alteridad) suceden en tal presente, generando y negando a la vez la acción.
O, por decirlo con mayor contundencia, Un corazón en la noche es una muestra magnífica, implacable, comprometida e imprescindible de lo que llamamos, desde siempre, poesía. Una muestra que responde a la pregunta que de vez en cuando salta entre líneas cuando me atiborro de versos que, o así lo siento, no querían serlo: ¿para qué?.
Pues para vivir algo así, tan difícil y tan sencillo. Sobre todo, tan real.
© A.M.R.