El otro final
por Tony Báez Milán
La señora caminaba por las calles, mirando a las personas que pasaban por la acera, a los niños que corrían, o que se aferraban a sus madres en los frenéticos comercios. Era el centro de la ciudad y los días estaban ocupados, todo el mundo haciendo sus compras, arreglando sus cuentas, encargándose de sus negocios. Eso mismo hacía ella, como arreglando cuentas. Unas cuentas muy viejas. Una, en específico, que nunca se había cerrado.
Esta no era su ciudad. En efecto, este no era tampoco su tiempo, y estaba perdida. Caminaba por las calles, bien vestida con un traje negro y un sombrero, también negro, de ala ancha, con unos zapatos sin tacos, oscuros; caminaba insegura por las calles, pero poco a poco se afianzaba. Doblaba las esquinas para descubrir las nuevas caras en esta ciudad. Fuera de lugar y de tiempo. Nuevas cosas
en cada acera -- todos los avances, todas las maravillas; los automóviles le fascinaron, pero decidió que le gustaban más los viejos.
La tristeza la embargaba, en estos días después de su tan extraño regreso. Se perdía en algún lugar recóndito de su ser, del alma acaso; al rato volvería; siempre volvía. Sospechaba que era la tristeza lo que la había traído desde tan lejos. La búsqueda, a pasos inseguros pero que se afianzaban.
Se preguntaba, mi abuela, si de verdad lo encontraría.
Se despertaba el flacucho viejo, ya en aquel entonces casi completamente calvo, al borde de la cama. Al despertar, se quedaba sentado, en camisilla y boxers, un largo rato; se tomaba el agua rancia que dejaba junto a la cama, en el vaso siempre medio sucio, y miraba a su alrededor. Contemplaba a veces la botella de pega palo que tenía en una esquina; se lamentaba. Se imaginaba a las mujeres de su pasado por allí, por los pasillos de este antiguo hotel que, como él mismo, se dilapidaba; pensaba en ellas, en otros tiempos, en otros tantos lugares, y se lamentaba. Suspiraba, miraba a su alrededor, medio sonreía; se preguntaba si su hijo vendría con su yerna y nietos a visitar; recordaba que venían siempre por la tarde, en fines de semana. Se paraba de la cama y salía hacia el baño que quedaba afuera del cuarto, al final del pasillo. Así comenzaban sus días. Luego, a veces aún se daba el palo que le traía en ocasiones su hijo, medio se emborrachaba, y se quedaba pensando en el pequeño balcón del cuarto, en el tercer piso.
Miraba a la calle y se quedaba pensando, a veces todo el día, mi abuelo.
Ella recorría las calles. Se distraía con las curiosidades que nunca había visto, que se había perdido. El tiempo no era en verdad para eso, para ponerse al tanto, pero ya que estaba aquí... Entró a una tienda de zapatos, preguntándose si la verían; admiró las filas de distintos calzados para niños, hombres y mujeres; decidió que aún le gustaba el mismo tipo de zapato, como el que tenía puesto; se miró los pies y se fue de nuevo a caminar.
Al salir de la tienda le ladró un perro imprudente, y ella, mirando a su alrededor para ver la reacción de la gente, se fue del lugar en seguida. Dos esquinas más abajo aguantó el paso y se relajó un poco, aunque escuchaba lejos el ladrar del perro; sonrió agridulcemente, de la única manera que podía y sabía sonreír, y continuó su distraído recorrido por la ciudad.
Vio de todo, cosas que nunca había visto; drogadictos en los rincones; muchachitos faltándole el respeto en la calle a sus padres; en una vitrina, unas ropas interiores muy coloridas, escandalizantes, de hombre y de mujer; a lo que había llegado el mundo. Continuó por todo aquello, admirando el mucho tránsito, que qué muchos carros había, tantos modelos y tan extraños, y ella por allí como en su trance, en su búsqueda pero distraída, cómo no, tanto que se había perdido, tanto que no había visto, y ahora a rescatarlo todo y a echárselo en la mente y crear nuevas memorias, y hacer otro mundo por dentro para casi olvidarse del viejo, de aquel mundo en el que había vivido tanto y sufrido así, que le había sido tan injusto, que no había sabido tratarla, que parece que a Dios le había dado remordimiento, como le debe pasar tanto, y le había dado, tan repentinamente, esto, que parecía mucho y a la vez tan poco. Y ella, con su sonrisa agridulce y a punto de romper en llanto, siempre preguntándose si la vería la gente, caminando por allí en este mundo, que qué maravilla, que qué horror, que qué hacía ella aquí.
Y recordada. Se acordaba de su propósito, de su misión; seguía tratando de conseguir el rumbo. Pero siempre la distraía algo, en una vitrina, en la calle, en alguna tienda, en la cara de alguna persona, en el comportamiento de algún niño, y se tardaba. Se iba calle arriba y calle abajo, descubriendo cada vez más cosas, más lugares, más comportamientos, más ropa escandalosa, más carros estrambóticos, tanto más que nunca había visto, mi abuela, en sus tiempos.
El viejo calvo y sonriente, una sonrisa linda, ahora de viejo verde, sentado en el balconcito casi todo el santo día, pensando y viendo a la gente pasar, que iban tan de prisa. ¿Camino a qué?, pensaba él, ¿A esto? A la vejez. Que se aguantaran, pensaba él, que se detuvieran a ver las cosas, a verse y a admirarse ellos mismos, por allí en cualquier cristal, que bien sabía él, con la ventaja de sus años de experiencia encima, que las cosas no se quedaban así para siempre. Miraba a la gente abajo en la calle, caminando apurados por la ciudad, y suspiraba de vez en cuando; se paraba y entraba a buscar alguna caneca o botella, se espetaba un palo, se iba nuevamente a ver a la gente alocada pasando por allí, tres pisos más abajo, sin idea alguna de lo que los esperaba cuando viejos, que ni ganas tenía él ya de salir a la calle; todo se lo traían, la compra, el ron, etc. Las muy pocas veces que salía, ya no se ponía el viejo sombrero al salir, ni el gabán crema de antaño, ni los zapatos brillantes; si acaso, se ponía alguna guayabera y punto. Qué más daba, si nunca luciría igual. ¿Para qué ya guiñarles el ojo experto a las señoras y a las señoritas, por igual, que él nunca discriminó? ¿Para qué? Miraba desde su balconcito en el viejo hotel, y suspiraba, y se acordaba, y añoraba, y deseaba. Quería ir adentro para darse un palo de nuevo, pero recordó que el lugar olía a alcanfor y a jarabes y a menjurjes purgantes, y mejor se quedaba en el balcón, viendo a la gente pasar, que este aire sucio de afuera era mejor que el de adentro...
Ella avanzaba calle abajo porque le ladraba otro perro. Tropezó con un señor que vendía billetes de lotería, quien la saludó.
“Buenos días”, le dijo el billetero, con una sonrisa amplia, una voz alta y clara, para pregonar.
Ella, sorprendida de haber tropezado con él, de que él la viera.
“Buenos días”, le contestó ella con su voz suave, recatada.
“¿Le puedo ayudar en algo?”
La escuchaba también, la oía este señor en este tiempo, y ella rebuscaba las palabras, sorprendida de que las cosas estuvieran pasando así.
“¿Qué le pasa, señora?” dijo el hombre en su voz resonante.
Ella se compuso al fin, saliendo de la impresión.
“Nada, nada, gracias”.
“¿Le puedo ayudar?”
Lo pensó. ¿Por qué no? Ya había andado por allí bastante, había visto mucho.
“Sí, tal vez. Estoy buscando un sitio. Hotel Guadalupe. ¿Sabe dónde queda?”
“Sí, señora. Calle Salud, esquina Guadalupe”. El hombre le dio direcciones.
Ella vio el camino.
“No queda lejos, lo consigue fácil, está en la misma esquina”.
“Gracias. Buenos días”, se despidió ella, y continuó, ahora mucho más despierta al hecho de que caminaba por la calle en público, después de tantos años, que la gente la veía, que cómo sería posible. Que no importaba, que siguiera andando y diera con el lugar, que a eso había venido.
El billetero la observaba, preguntándose qué iría a hacer ella allí en aquel hotel. Ella lo escuchó, que abría su gran boca y voceaba los billetes, que alguien tenía que sacarse el gordo, que era inevitable esta semana, que ahora era, que compraran su boleto.
Ella siguió, en la dirección que le habían señalado. Pasó por muchos lugares que le llamaban la atención, tiendas, la antigua plaza del mercado; le llegó el olor a frutas y verduras, pero no se detuvo para nada. Una vez señalado el camino, no podía hacer otra cosa que dirigirse hacia allá; bastante lo había pospuesto, bastante ya se había distraído con tanta cosa. Dobló unas esquinas, caminando a paso firme, confrontando la cuestión; caminó por las aceras sin prestarle atención a nada ni a nadie, ni a los perros que ladraban, ni a los gatos que se encrespaban, ni al cuervo que la seguía de techo en techo.
Al fin, viró una esquina y lo encontró. Lo examinó desde la esquina. No era un lugar grande; había una puerta entreabierta que daba a la acera; las ventanas casi todas cerradas; unos balconcitos con barandas de hierro, que aun de lejos se les notaba despintadas. Miraba hacia allá arriba, hacia los balcones.
En uno de ellos vio a un viejo que se recostaba en la baranda, sentado en una silla, inmóvil. Lo miró bien y fijamente. Se quedó mirándolo un rato, parada en la esquina mientras la demás gente pasaba por allí como si no estuviera.
Él dormitaba en el balcón, soñando con los viejos tiempos. Algo... algo lo despertó. Vio, enfocando la calle, los edificios, las azoteas, al cuervo que no se cansaba de fastidiar. Tenía la boca reseca, se paró a buscar un trago. Antes de volverse, vio a la figura parada en la esquina abajo, en la acera al otro lado de la calle, muy quieta, mientras la demás gente pasaba por allí muy apurada.
Una señora vestida de negro. No le prestó más atención, que necesitaba algo de tomar. Sin echarle un segundo vistazo, entró.
Era de mañana, unos días después, y él estaba nuevamente en el balcón. Observaba la gente pasar, más concurrida la calle, menos concurrida, no importaba, qué le hacía, ya él no sabía ni el día que era. ¿Sería viernes, sábado? Escuchó los ladridos de un perro. Oyó, también, al cuervo que le había dado con molestarle las mañanas y las tardes; a veces lo molestaba sólo con estar allí, parado en algún poste o azotea, como si lo mirara. Veía el viejo la calle abajo. El perro, donde quiera que estuviera, se había cansado de ladrar. Se quedaba dormido cuando vio con el rabo del ojo, allá abajo en la calle, parada en la esquina, a la señora. Desde lejos veía que era trigueña, que estaba seria, como alguien que estaba de luto. Parecía mirarlo, y eso lo incomodó. Miró hacia otro sitio pero al rato regresó la mirada hacia donde ella, que efectivamente allí permanecía.
La miró bien. Ella, no era que él se lo imaginaba, lo miraba fijamente desde la calle. Él se puso de pie, se frotó los ojos muy lentamente, se pasó las manos por toda la cara, para verla mejor, y aún no pudo enfocar bien.
Ella lo observó a él por un rato más. Él daba unos pasos muy cortos por el estrecho balcón, nervioso sin saber por qué, tratando de verla mejor. La vio que comenzó a caminar, que se acercó a la orilla de la acera, y que se alejaba entonces calle abajo. Le vio la maranta de pelo largo que tenía, un cabello negro y lacio. Él abrió bien grandes los ojos, se le entrecortó la respiración, y se adentró en su cuarto en seguida, desesperado por un trago. Por la puerta abierta del balcón veía al cuervo, que lo miraba, y que entonces se echaba a volar.
No volvió al balcón por varios días. Lo venció, una tarde muy asoleada y fresca, el aburrimiento que tenía. Abrió la puerta del balcón. Lo primero que hizo fue mirar hacia la calle. La gente apurada. Los carros para arriba y para abajo, desenfrenados. Por las azoteas no había ningún ave. Por allí no ladraba ningún perro.
Ella no estaba.
Él se había pasado horas, días, pensando en la mujer aquella parada en la esquina, con la rareza de estar tan quieta, mirándolo tan fijamente. Lo había puesto nervioso, lo había desconcertado. Bueno, le daba igual que ella no estuviera, se decía él. Mejor. Mucho mejor. Se sentó en su silla con los brazos en la baranda, posó la barbilla sobre su antebrazo; sintiendo el sol cálido en la cara y oliendo los gases de los carros, empezó a quedarse, felizmente, dormido.
No lo dejó dormirse por completo, la presencia de ella. Lo sabía. Primero lo presintió, hasta en la ausencia del cuervo, que no lo había prevenido, pero sabía con certeza que la señora había retornado.
Miró hacia la calle y lo confirmó. Estaba parada en la esquina, quietecita, mirándolo a él.
Él entró rápidamente al cuarto. Regresó en un instante con sus espejuelos puestos. En la claridad completa y desempañada del día, la vio muy bien. Como para que él pudiera verla mejor, ella dio unos pasos y se acercó al borde de la calle, lo miró directamente.
Él la vio y supo, boquiabierto, que el corazón se le quería salir por la boca, que era ella.
Que era ella y que no podía ser, jamás y nunca. Que debía ser una de sus hijas, que por qué no subía, que qué hacía allí parada... que mirándola bien de nuevo no era ninguna de las hijas.
Ella le sonrió y él se dio por vencido. Que era ella. Que no podía ser, que veía visiones, que se ponía senil, que se volvía loco, que poco le faltaba, menos de lo que había pensado, que ahora sí, que ahora era que era.
Y ella, tan clara como el día, allí parada. Tenía que ser su imaginación, qué más, su contrallada imaginación fallida de viejo. Le llamó la atención un niño que corría por la acera sin prestar atención que tropezó con ella, que siguió corriendo, que la hizo real. No era una visión suya, un espejismo o alguna anormalidad así. Estaba allí, tan real como la demás gente, en la calle, en esta ciudad diferente de donde había vivido con ella.
Admitió entonces que no había pensado mucho en ella, que cuando lo hacía le daba pena, que tal vez por eso...
Ella había muerto hacía tanto. Aquí estaba ahora. ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Para qué? Allí estaba su esposa, desde hacía tanto muerta. Lo miraba directamente y era ella.
Él se volvió, entró, cerró la puerta del balcón tras él, se fue corriendo a echarle el seguro a la puerta de al frente.
Estuvo días sin salir, sólo al baño, y eso cuando ya estaba a punto de reventar. Velaba la puerta como si fuera un prófugo en espera de que le cayera en cualquier momento la justicia. A veces miraba hacia la puerta del balcón, que la mantenía de día y de noche cerrada. No escuchaba perros, no oía al cuervo aquel. Velaba la puerta y a veces, cuando tocaba alguien, se quedaba muy quieto y callado hasta que se iban. Cuando era el muchacho del mercado, le decía que dejara las bolsas allí afuera junto a la puerta. Le decía a quien viniera a tocar que estaba ocupado; le preguntaban que si estaba bien, que si necesitaba algo.
“Muy bien, perfectamente”, respingaba él como diciendo malas palabras, sin acercarse a la puerta. No entendía por qué, qué le había dado, pero no se atrevía hablar malo. En esos días, sólo le abrió en una ocasión a un amigo que vino a jugar dominó y dizque ajedrez; jugaron sólo un partido de cada cosa y mi abuelo se despidió de su amigo, viejo como él, que después jugaban con más calma.
“¿Qué te pasa, Andrés?” le preguntó el viejito algo preocupado. “Estás que ni sales”.
“Cállate, cállate, cállate”, fue la respuesta, al aire, a nada, muy bien entonada, hablando malo sin decir malas palabras.
Su amigo se fue. “Nos vemos”, dijo al cerrar la puerta.
“Um”, dijo el otro, solo en su cuarto. Luego de un momento, que se le había quedado la mente en blanco, fue a ponerle el seguro a la puerta.
Se sentó al borde de la cama a pensar. ¿Cuánto tiempo hacía? ¿Hacía de verdad tanto? A veces, cuando se acordaba, parecía como si hubiera sido sólo días atrás; otras veces parecía como si todo aquello hubiese sido otra vida; sus memorias de ella parecían estar como en otro lugar, como en una dimensión donde la felicidad era algo verdadero.
Tanto había sucedido desde entonces, tantas cosas habían pasado. Tantas mudanzas, otras mujeres, hasta otra esposa con la que había procreado hijos. Y él se había ido, medio los había dejado a sus suertes, tantos hijos de ella, luego de la muerte, y él que se había ido y ellos que se criaron por ahí; siempre tuvo sus negocios y los veía, pero no sabía si se podría decir, honestamente, que como padre había sido ejemplar. Pensaba que no lo era, que nunca lo había sido pero que aún trataba de serlo, que no se daba por vencido, que estaban los nietos y él los quería mucho, que lo demostraba siempre que podía, cuando venían a visitar. Todavía no era tarde para ser buen padre y él seguía tratando. ¿Pero cómo explicaría todo lo demás? Las mujeres. Que no pensaba mucho en ella. Pero era que le dolía. Siempre le había pesado mucho la muerte de ella. Si descuidó su memoria fue por necesidad, para seguir adelante, no por desamor.
¿Cómo explicaría tantas cosas? Habría tanto por lo cual rendir cuentas. Él no podría, no veía la manera. Miraba hacia la puerta, mejor mantenerla cerrada y con seguro.
¿Estaría afuera, parada en la esquina, en la acera? ¿Estaría allí entre los vivos, esperando que saliera al balcón? ¿A qué había venido? A que rindiera cuentas él, a eso, seguramente, a que se explicara por las cosas que había hecho o dejado de hacer, dejado por hacer. Pero él había tratado; no había sido fácil y él hizo lo que pudo, que no era fácil con tantos hijos, que él hizo lo que pudo. Allí estaría ella, y cómo darle la cara, cómo explicarse.
Tendría que pedirle perdón. Eso. Se pondría de rodillas y le rogaría que no fuera así con él, que no lo juzgara, que ella se había muerto y no sabía lo que había pasado, en realidad, muy dentro de él, que ella no sabía, que todo el mundo sufrió con su partida, que le había costado mucho el seguir, que por favor no fuera así con él, que ya estaba viejo, que no lo soportaría, que por favor, que por favor, que POR FAVOR. Se le tiraría a los pies, sí, eso, así sería, si ella llegaba hasta acá, hasta su cuarto, porque él no tenía la más mínima intención de salir a la calle, eso sí que no. Que viniera ella.
A los tres días, se levantó el viejo con la certeza de la presencia de ella, en la calle. Casi no había dormido en la noche, tuvo pesadillas de las cuales no se acordaba. Estaba entripado de sudor, las sábanas húmedas, la cama fría. Se levantó y se sentó al borde de la cama y allí estuvo un largo rato, que escuchaba al cuervo afuera y que a lo lejos había perros que no dejaban de ladrar. Entraba la luz por las rendijas de la puerta del balcón; él miraba las líneas luminosas, y entonces al piso. Miró alrededor del cuarto; un gavetero, unas fotos de sus hijos y nietos en una mesita, una silla con varios periódicos viejos encima, un sillón de metal, mohoso, en una esquina cogiendo polvo. En una pared había un pequeño espejo y en otra había un calendario de hacía dos años. Tenía prendidos de un clavo en la puerta unos viejos billetes de lotería, que él nunca en su vida se había pegado, y junto a ellos, en otro clavo, unas más recientes apuestas de caballos. Había un televisor blanco y negro sobre un carrito de ruedas; no sabía si el televisor servía. Miró las paredes, pálidas, verdosas, decadentes. Suspiró en la cama. Miró al techo agrietado, la bombilla colgante que en estos últimos días dejaba prendida, como si mirara al cielo. Suspiró nuevamente el viejo, vio otra vez las rendijas por donde se colaba la luz. Decidió al fin pararse. Abrió la puerta y fue al baño. Al regresar, se puso los pantalones de salir y zapatos, se cambió de camisilla, se puso una camisa buena. Se miró al espejo, empuñando una peinilla; recordó que ya casi no tenía pelo. Le sonrió, melancólico, a su imagen.
Vio la puerta del balcón. Escuchó al cuervo.
Al salir, puso las manos firmemente en la baranda y miró hacia la calle abajo.
Allí estaba ella. En la esquina, parecía una persona viva. Todavía no salía él del asombro, la miró por un largo rato. Respiró muy hondamente; el ruido de la calle, de la ciudad, se deshizo; escuchaba él ahora, como desde muy lejos pero también como si lo tuviera dentro de sí, el respirar de ella, un respirar calmado. Tenía miedo él, pero levantó la mano, muy levemente, y le dio una especie de saludo; de lejos, se le veía a ella la sonrisa. En otro momento ella cruzó la calle. Él la siguió con la vista, la vio llegar a la puerta abajo, que estaba entreabierta como siempre, vio que ella la abría, que entraba.
“Que sea lo que Dios quiera”, murmuró él.
Entró al cuarto, dejando la puerta del balcón abierta tras él. De pie en el cuarto, mirando-velando la puerta de al frente, aguardó. Le pareció ser un rato muy largo y en blanco, que él ahora no pensaba en nada. Respiraba hondamente y exhalaba, tratando de convencerse de que estaba tranquilo, que con calma, como si estuviera en la oficina del doctor, que respirara hondo, que soltara, que volviera a hacerlo. Sintió que se le iba el aire, que desfallecía.
Miraba hacia la puerta. ¿Qué hacía? ¿Qué había hecho? ¿No habría manera de?
Oyó que tocaba a la puerta. Su antigua esposa, que tocaba a la puerta.
Dio un paso hacia ella sin saber por qué ni cómo, porque se le estremecía hasta el último hueso, los sentía dando cantazos dentro de la carne. Se acercaba más a la puerta.
Miró alrededor del cuarto una vez más, que por qué no había recogido, que no había nada que recoger, que él a estas alturas no tenía muchas cosas, que cómo había ido a parar allí, así, que ya estaba muy cerca de la puerta, que la perilla estaba al alcance de la mano, que su brazo se extendía y que su mano se abría para tomar la perilla, que la alcanzaba, que le ponía los dedos, temblequeantes, encima, que muy débilmente la agarraba y le daba vuelta... la puerta se abría y él no sabía cómo... se abría, daba paso...
Su esposa, imposiblemente, se encontraba frente a él.
Debieron estar allí parados, mirándose el uno al otro, por varios minutos. El universo, que se abría frente a él, frente a ellos, para revelarse, que había otras cosas, tantas más cosas, que él, ni ella, al parecer, porque él le veía el desconcierto en la cara, sabían. Que jamás entenderían.
Ella daba sus pasos adelante, entró al cuarto. A la vez que ella avanzaba, él daba pasos atrás, casi hasta la puerta del balcón. Ella cerró la puerta, lo miró fijamente un instante.
“¿No vas a darme los buenos días? Aunque sea para mantener algo de normalidad, de calma, ¿verdad?” Hablaba con su voz recatada, suave y firme y muy clara.
Él no habló por bastante rato. Buscó a tientas el borde de la cama, porque no podía quitarle los ojos de encima a ella; consiguió la cama y se dejó caer sentado, sin dejar de mirarla, y ella lo miraba a él, desde tan cerca, o desde el otro lado del universo, que las cosas en el mundo ya no eran las mismas, nunca jamás. Al fin, él consiguió unas palabras.
“¿Por qué no te sientas?” No dejaba de mirarla, no podía. ¿Había sido así, tan guapa, en vida? Fuera del asombro y del miedo, era eso también lo que lo mantenía pasmado.
Ella le dijo, “Gracias”, y se sentó al borde de la cama también, aunque bastante despegada de él. “¿Cómo estás?”
“Pues... pues...”
Hubo un silencio, el viejo tratando de ver por dónde empezar.
Ella lo miraba, y le dijo,
“No te apures. Yo sé, yo sé. De alguna forma, sé por las que has pasado y no vengo a enjuiciarte. Tengo unas memorias... deben ser las tuyas... unos sentimientos, unas cosas...”
“Pero...”
“No”, continuó ella, “no... olvida... eso...” Lo miraba muy apaciblemente, sonriéndole. Él le vio la sonrisa; le dio vergüenza; le dio pena que desde hacía tanto no la veía. Se acordó de por qué se había enamorado de esta mujer. La miraba bien, la cara, las manos, el pelo negro y largo, los ojos, la boca; a veces le parecía a él que era una mujer común y corriente, y otras veces, como en esta extraordinaria ocasión, le parecía una mujer muy hermosa, aun vestida como de luto.
Ella lo miraba también a él: que el hombre que había sido tan sonriente se había convertido en un viejito, que la sonrisa todavía la tenía, pero que ya no era lo mismo. Le vio el pecho, que tenía abierta la camisa, y bajo la camisilla lo vio enclenque y arrugado, muy blanco, que no se le pegaba bien el sol ya hacía mucho, que se le veían los huesos, las clavículas sobresalientes; aún no se había afeitado, le salía la sombra de una barba canosa; le vio la piel blancuzca de la cara, de los brazos flacos; le haría falta el sol, más sol, que se veía que casi no salía. Él trató de sonreírle; sabía que ella lo examinaba, que a ella le daba pena verlo así. Ella, por las cosas cósmicas, no había cambiado mucho, pero él...
El viejo bajó los ojos. Ella lo vio, que temblaba, que se le venían las lágrimas encima, que se le desbordaban en la cama. Aquel viejo nunca había llorado así.
“Te lloré”, le dijo a ella en medio de los sollozos. “No te creas que no te lloré”.
Él siguió llorando; en el cuarto sólo se oía el llanto del viejo, muy suavemente, que era hombre y que no quería llorar. Pero lloró, frente a ella, por muy largo tiempo.
Finalmente, más calmado, la miró de nuevo y se atrevió preguntarle.
“Arcadia... ¿a qué viniste?”
Ella le dijo fijamente a los ojos:
“A que te vayas conmigo”.
Él miró a su alrededor, a las pocas cosas que tenía en el cuarto. Se miró las manos, las arrugas, los pellejos que le colgaban del brazo; se veía las venas, la sangre medio estancada, que estaba pálido.
Sosegado, la miró. “Es un alivio. Creía que venías a...”
“Sí, yo sé”.
“¿Y cómo son las cosas allá?”
Ella suspiró y le dijo con su honesta voz, “No recuerdo. Parece que no se puede estar en los dos sitios a la misma vez, no sé, a la verdad que --”
“No te apures, no le hace”. Miró alrededor del cuarto nuevamente; mirando hacia la puerta abierta del balcón, como mirando hacia el mundo, con pena, hizo otra pregunta.
“¿Y la familia? ¿Y ellos?”
Ella se puso de pie. “Sé, no sé cómo, algunas cosas. Que van a estar bien, a pesar de las cosas que pasan en el mundo”.
“Es que yo creo que ya mismo venían a visitarme”.
“Van a estar bien. Los nietos, pues hay uno que será al fin marino mercante; hay un músico; una que se encargará de la gente en hospitales, con estómago fuerte para eso; tantos otros, bien y mal, que algunos se quedan aquí y otros se irán lejos; hay uno que escribirá, a tientas, cuentos acerca de nosotros; tratará de que le queden lindos. Tendremos bisnietos, unos con tu nombre y otros con el mío, que no se les van a olvidar los nombres”.
Ella le notó la preocupación en la cara, que quería y no quería pararse.
“No te preocupes”, trató de tranquilizarlo. “Habrá una investigación, pero ellos no van a sufrir nada. Dentro de unos días le saldremos en los sueños, y verán. Van a estar muy tranquilos, como que sabrán algo sin saber nada. No se explicarán de dónde les viene esa paz. Se reunirán todos y se sentirán muy bien. No te preocupes”.
Él titubeó pero se puso de pie, la miró bien.
“No tengo miedo”, le dijo a ella.
“Pues porque yo no muerdo, bobo. Vente.”
Ella le extendió, muy lentamente, muy deliberadamente, la mano. Él la miró con desconfianza, como si fuera a quitarle algo.
“Ven”, le dijo ella, y él en el cuarto dio un paso adelante y se aproximó mucho a ella, y la sentía cálida, que lo atraía, que el miedo y las dudas, y todo, se disipaba.
Juntó, el viejo, su mano a la de ella.
Al instante, se hizo joven. En todos los sentidos; se le restaron a su vida cuarenta años; se le añadieron, en el mismo instante, secretos del universo eterno. Ella lo vio como lo recordaba de antes; sonreía felizmente cuando le preguntó,
“¿Cuándo fue la última vez que tomaste el sol?”
Él le dijo, “Así, contigo, no recuerdo. Tal vez nunca”. Pensó en abotonarse la camisa; se dio cuenta de que llevaba puesto ahora su gabán color crema. En la mano le apareció su sombrero, se lo puso. La vio a ella, que ya no estaba vestida como de luto, sino que tenía puesto un traje hermoso, azul claro. Ella le sonrió, y él le regaló la sonrisa esa que tenemos muchos en la familia, como la que heredó mi padre.
“Pues vamos, mi amor, vamos”, le dijo ella.
“Sí”, respondió él, mirando, por la puerta del balcón, a la luz.
“Ven, a tomar el sol, como antes”.
Como nunca: que aquello, así, nunca lo habían hecho, que era la primera vez, como si se enamoraran de nuevo.
Se fueron del cuarto aquel, dejaron la puerta abierta tras ellos. Bajaron por las escaleras sin mirar los escalones. Llegaron a la calle. Cogidos de manos, salieron a su nuevo mundo.
El cuervo no estaba. Los perros no ladraban.
Caminaron por aquella calle tan bien vestidos, como se hacía antes, alejándose de aquel hotel en esta tierra. Al doblar la próxima esquina, muy enamorados, ya la gente de este mundo no los veía...
De que mi abuela hubiera muerto cuando mi padre tenía cinco años, no lo sabe nadie. Él nunca la vio tendida muerta en una cama. Mi madre nunca tuvo que explicarle, muchos años después, que el extraño paño que él recordaba había sido la mortaja. Nunca mi padre, ni sus hermanos y hermanas, se sintieron huérfanos. Al irse mi abuela, al final, con mi abuelo así, como que cambiaron todas las cosas del pasado y del futuro. Ya nada es, ni será, lo mismo. Todo se confunde, todo se transforma. Nunca, una madrugada, llegó la policía a informarle a mi padre que su padre se había muerto. Mi madre nunca lo vio llorar sentado a la mesa en la cocina. Nunca a mí, ni a mis hermanos, nos levantaron para decirnos que Papá Andrés había fallecido. Nunca vi a mi padre que besaba al suyo en el féretro. Nunca pasaron tantas otras cosas.
Así fue, que mi abuela después de muerta vino a buscar a mi abuelo después de viejo.
Que se fueron juntos.
Esto fue lo que pasó. Exactamente como sucedió.
|