La bibliotecaria
por Javier Úbeda Ibáñez
María llevaba toda la vida trabajando en la biblioteca de su pueblo, y se puede decir que era una mujer feliz.
Desde pequeña, la biblioteca había sido uno de sus espacios preferidos; un paraíso repleto de libros y sorpresas.
A la salida del colegio, le pedía a su madre que la llevara un rato a la biblioteca. Se sentaba y abría las páginas de los libros con sigilo y entusiasmo. Al verla, daba la sensación de que estaba abriendo el más emocionante de los regalos. Para María los libros eran una especie de obsequio mágico para los sentidos, además de sus pasajes a otros mundos, a otras realidades.
Esa querencia que sentía por los libros y por la lectura la heredó de sus padres, ávidos lectores.
Cada noche, María siempre tenía una cita -imprescindible para ella- con el cuento que le contaba su padre o su madre. Le gustaba escuchar atentamente, mientras se imaginaba protagonizando lo que le estaban relatando. Con cada cuento ella abría unas puertas nuevas y relucientes a su creatividad y a su ingenio.
Al principio, le gustaban las historias de princesas, países fantásticos, dragones y duendes; luego, se aficionó a las de piratas que vivían en islas perdidas; pero su curiosidad avanzaba a la par que crecían sus afectos por sus amigos los libros. Gracias a ellos María se convirtió en una niña muy observadora y atenta.
Desde allí, desde el asiento que ocupaba en la biblioteca, vivía aventuras increíbles con las historias que leía; historias que disfrutaba, le emocionaban y sentía como suyas. Con la lectura aprendía, se divertía y compartía con los demás lo que los libros le transmitían.
Y de la silla de la biblioteca pasó a ocupar la silla de la bibliotecaria. El mismo día que entró a trabajar en la biblioteca colgó este letrero en la entrada:
“Bienvenido al hogar de los libros. Pasa, te están esperando”.
María se esforzó en convertir ese recibimiento en una realidad y darles a los libros un hogar; un hogar en el se sintieran a gusto, fueran valorados y cuidados.
Con el tiempo y mucho cariño, María había hecho de su lugar de trabajo un templo de amor a los libros: organizaba talleres y tertulias, daba charlas a los colegios, confeccionaba listas de los libros más leídos, editaba una revista trimestral, hacía un programa de radio semanal y tenía un blog.
María se conocía todos los libros de su biblioteca y había confeccionado una lista, no sólo por autores, estilos y géneros, también una de libros para entretener, reflexionar, aprender, amar, reír, llorar y soñar.
Pronto su biblioteca se hizo muy conocida, y desde cualquier parte del mundo llegaban personas para visitarla.
María amaba los libros, y mantenía con ellos una relación de cortejo constante y deseado por ambas partes.
Ese cortejo, casi un sagrado ritual, comenzaba con la elección de los libros que iba a comprar, seguía con su entrada a la librería, donde se podía pasar horas ojeándolos, mirando sus portadas y leyendo sus reseñas. Y, por fin, llegaba el punto más álgido de su ceremonial: leerlos, y una vez leídos, colocarlos en la estantería que les correspondía.
Una de sus frases preferidas -inventada por ella misma- era que el hogar de los libros comienza en cada uno: cuando se abre un libro, éste ha encontrado su morada en la persona que lo está leyendo.
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