La alcoba del llanto
por José Ignacio Cadenas
Habíamos comprobado con nuestras propias manos, intercambiándonos la parte más pecaminosa de nuestros cuerpos, que ahora ya nada era igual que entonces, cuando allá por los años 60 recorrimos el azaroso acontecer de una recién estrenada adolescencia, aunque cruel, como si de un misterio nuevo, inimaginable, recorriera la cremallera de nuestras espaldas, y siendo aquella relación la más absoluta de las imposturas de dos seres que aún antes de conocerse ya habían vivido todo el pecado necesario para vagabundear por los gemidos de la tarde entre los mas angostos labios de tanta pesadilla.
Recuerdo todavía de una manera leve, la playa de la nada y esa afrancesada muerte danzando ante la enorme marea que cada noche asomaba a mi ventana alrededor de una recién nacida amargura, fruto exclusivamente de las lecturas nocturnas que yo me había propuesto meter en su cabeza: lecturas de sexo incombustible que por más que yo leía y releía, sólo eran los pies de barro de mis primeras experiencias, que al abrigo de la revelación de aquellos cabellos que se tambaleaban ante mí, supondrían años más tarde la floración de los oscuros deseos (y a oscuras), muy lejos ya de su alcoba repleta de exóticos dibujos de risa y llanto.
Por aquella época, yo había comenzado a escribir poemas y le dedicaba a ella los que más excitantes me parecían, como si de un acto reflejo y necesario se tratara, pero que sin embargo apenas ella valoraba a no ser porque mi intención sólo era que pudiese percibir cuánto me atraían las partes más ilustrativas de su quebradizo cuerpo. Quizá –pensé- sería aquélla la mejor manera de hacerle llegar mi necesidad de recorrer poro a poro su tierna piel, vírgenes aún las notas dulces de su pentagrama más íntimo.
Aquella tarde, me impuse un silencio, -como el del jugador de las espadas en alto- y decidí volar a su alrededor, siendo el pájaro de luna al abrigo de su núbil otoño, mudo y sin idioma. E imaginé que antes de morder su instinto levitando por el humo de su cigarro, me habría confiado toda la locura que habitó en aquella forma tan obscena de despojarla y desnudar cada punto de su cuerpo como si de una flor se tratara y como si nada de lo que sus palabras escribían en mis ojos fueran la parte más angosta de mi silencio.
Nada parecía ser lo que era, y puse entonces mi imaginación al servicio de otra nueva adolescencia y al servicio también de su nueva mañana; aquélla que habíamos confundido con incontables pedazos de sílabas y con el titubeo de una representación teatral, como una forma distinta e incomprensible de estrenar el amor a las sombras de un nuevo poema de otoño. Justo un instante antes de volvernos a morir los dos...otra vez ¡y para siempre!
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