6 poemas
por Martín Grinberg Faigón
A Mariana
duerme
tu árida tierra piel baldía
duerme mientras tiemblan
cometas ahí abajo
mientras lloran como astros
como niños
Niña, ramita cortada,
clavada aún, cantando, creciendo aún
como astros que respiran
casi a la orilla
de tu aliento bálsamo
soñándose
balsa del sueño
como lunares bajo el cielo intemperie
de tu espalda.
Salir del poema,
de ti.
Queda un lugar
de no haber estado.
Quién reside en la palabra, Mariana, que te nombra.
Quién habita en el ocaso de los signos,
en tu seno estéril, Memoria,
la palabra de tu vientre.
Quién reside en la palabra que te nombra, palabra,
quién nace en el nacimiento de tu sombra perpetua.
Porfías, desvalido, los límites.
El dintel de una puerta obstinada.
Tientas
su velo hierático,
su grave silencio, su rostro impasible.
Qué hallarías, acaso.
¿Tras ella un dios?
¿amanecer de la memoria
redimida?
¿desnudez, inmóvil presagio,
dulce latir de la luz, amor
de su piel amanecida?
Si pudieses abrirla, acaso
para qué.
Es esto que buscabas.
Tumultoso silencio.
Puerta, roída luz,
transparencia opaca.
Éste es tu hallazgo.
Celébralo, si puedes.
Febril es la luz
en el encuentro.
La mano encuentra su luz.
Luego una ausencia insalvable.
Inhóspito recinto
el de su hallazgo.
La luz ya es la huella
indeleble de sus límites.
El ocho nació, como un árbol, de un infinito.
Como un infinito: de pie sobre la tierra.
El ocho en sus dos edades, como las noches de la luna.
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