Miradas
por Olga Guadalupe
Cantar de los Cantares
Vedle cómo a vencer viene.
Cómo atisba ya bajo el umbral, por entre las celosías.
Era el roce de sus labios almíbar derramado
por entre las altas almenas entreabiertas.
Escuchad la música del sentido:
cuerdas arenosas, aire inflamado de oboes.
Cómo se envanece la tarde toda de sus malvarrosas.
Ved cómo vive mi muerte entre sus brazos.
Cantiga de amor amigo
Mientras va y viene
el que mi amor tiene
yo le hablo de este modo:
ten, amor, tenme pues,
tenme contigo, vierte tu dulce sustancia,
tu amorosa realidad, que ya quedito, quedo
a tu dictado va quedándose inflamada.
Mientras viene y va,
mas si allí se queda, esto otro le hablo:
tente amigo, tente, no más me quieras
si la ausencia de tu boca
llora ya con su silencio
su agua tardía y queda
que por ti vierte, en la ribera,
un rumor de fondo,
un arrobarse secretamente del deseo:
“ah, si estuviéramos allí…”
Tente, melancolía, tente.
Ay, meu amigo, no más me tientes.
Ars poetica
Viento de poniente fresco,
recreo que dora tibio el sol; sestea la tarde
en su esplendor. El instante
se colma sólo porque lo has contemplado,
lo estás morosamente contemplando
en su durar: cómo dura intenso
el rosa de la buganvilla contra el blanco muro
y el azul del cielo perdura –ni un blancor de nube–,
usurpa al mar su limpidez de aguamarinas.
La tarde extiende su duración, nos mece
tan suave como la brisa y el leve roce
del sol dorándose en la piel.
Sestea la tarde,
no dormita, acaso sueña indulgente su dulzura:
son dos horas de vasta soledad y de sentidos
absortos, interminables, alertas,
que quieren colmarse, recrearse
acaso también en el poema, también en su momento.
Fronda de mayo, playa en el sur,
rosas, amarillos, azules, blancos,
albero y verde de palmera sobre el mar.
Insistencia en el vivir el color, la luz
de la página en blanco.
(Caños de Meca, Cádiz, 3 de mayo, 2010)
Majestad insoportable
y se convierte en delicioso añico
aquella majestad insoportable.
CARLOS BOUSOÑO
La cadencia de la tarde
amplifica el amoroso momento, su sonido envolvente,
pero ha bastado la sorpresiva complicidad de una frase tuya
para deshacer su majestad insoportable
y al estallar en risa los lúcidos pedazos
tus ojos se detienen fijos, curiosos,
atónitos en los míos…no sé qué dicen, no sé qué diera
por mirarme con tus ojos, por saber lo que dices con ellos…
Vislumbro luego al recrearme en su moroso recuerdo
que es un vano mirar la curiosidad con que me miras
un contemplarse deliciosamente en los añicos del espejo,
un orgullo secreto de aplomo y poderío –majestad insoportable, dijiste–
al que se atreven audaces tus palabras.
Que no era a mí a quien mirabas.