Péndulo en posición i

 

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IDA Y VUELTA.  En abril de 1965 la oficina de contraespionaje del Kremlin sospechó que Anasthasius Brock, un oscuro funcionario de asuntos internos, trabajaba en realidad para el Servicio Secreto Británico. Puesto que se trataba de un rutinario caso de traición de poca monta, Brock fue despachado con el expediente habitual, es decir, fue puesto bajo vigilancia y empezó a suministrársele una serie de informaciones falsas, conocidas en la jerga del sector como "cartas marcadas". Unos años después, el Ministerio de Asuntos Exteriores soviético decidió incorporar a Brock en una complicada maniobra de agentes dobles en la que su tarea sería atraer la atención sobre sí mismo para encubrir una infiltración en pleno corazón de la inteligencia británica. Para facilitar la operación, Brock ni siquiera fue informado de que estaba siendo usado como pantalla cuando fue trasladado a Londres en el puesto de un asistente diplomático subalterno. Para Brock fue un resignado cambio de escenario, un paso de las lentas nevadas a las lentas lluvias y de los gélidos inviernos rusos a los fríos inviernos ingleses. A cambio de un aumento de sueldo, de categoría y de temperatura, se resignó también a separarse de su esposa, Natasha, y de su hija, Misha, por un tiempo indefinido. Poco a poco, fue reemplazando el vodka barato por la cerveza caliente y la partida de ajedrez los jueves por la tarde en el club Alekhine de Moscú por los campeonatos de dardos de un pub cercano a la embajada. Durante dos años su labor siguió siendo igual de rutinaria, metódica y gris que siempre; Brock ni siquiera sospechaba que hasta el más mínimo de sus movimientos era vigilado con una precisión que abarcaba incluso sus progresos en el lanzamiento de dardos. Finalmente, furiosos por la aparente inocencia de Anasthasius y la falta de progreso en la investigación, decidieron devolver la pelota. A una de las luminarias del Servicio Secreto, se le ocurrió que esa presencia tan insignificante–Brock era un tipo incapaz de levantar la voz y al que jamás se le miraba más de dos veces seguidas en una misma reunión- podía poner nerviosos a los rusos y, contando con el soborno de un alto comisario, logró promocionarlo dentro de la valija del cuerpo diplomático y facturarlo de regreso a Moscú con un nuevo aumento de sueldo. Brock, que se había asimilado sin problemas al húmedo clima de las islas y al insípido talante de sus gentes, aceptó el cambio con la misma resignación anodina con que admitía una trivial victoria al ajedrez o a los dardos. Además, habían transcurrido dos años y echaba de menos a su mujer y a su hija. Sin embargo, no disfrutó mucho tiempo de su nuevo cargo: uno de sus superiores, intrigado por el rápido ascenso de Brock y temiendo su propia caída en desgracia, no vio otra manera de quitárselo de encima que enviarlo de vuelta a Londres en la primera vacante que se produjo en la embajada. Ese brusco envite alertó a los sabuesos del Foreign Office, acostumbrados como estaban a la morosidad y a la pereza de la burocracia al otro lado del muro. En un principio, pensaron en detener e interrogar a Brock, pero finalmente decidieron que no merecía la pena descubrir el pastel, fuera éste cual fuera, a cambio de un dudoso beneficio, y lo devolvieron a Rusia unos meses después en un puesto más nebuloso y lucrativo que los anteriores. Durante los diez años siguientes, Moscú y Londres siguieron su absurda partida de ping-pong, aupando a un oscuro funcionario cada vez más arriba y quitándoselo de encima como si fuera una patata caliente. Brock pudo adquirir perfumes exóticos y abrigos caros para Natasha, así como enviar a su hija a un colegio para diplomáticos. Mientras tanto, durante sus estancias inglesas, perfeccionó su técnica de lanzamiento de dardos hasta lograr el segundo puesto en un campeonato de aficionados. Fue en ese mismo pub donde conoció a Margaret Leeds, una volcánica y cuarentona pelirroja de las islas Shetland, cuyas caricias compensaron de algún modo su solitario exilio. En un mundo donde todo aceleraba a marchas forzadas, Brock logró mantener su ritmo pausado y su perpleja calma en el ascenso del escalafón burocrático.

 

No obstante, en 1973, en plena crisis árabe-israelí, el nombre de Brock, sin que nadie supiera bien por qué motivo, saltó a la palestra durante una sesión de emergencia del servicio de contraespionaje británico. Alguien tocó las teclas correspondientes y el resultado fue que el más que posible ascenso de Brock al cargo de secretario de la embajada, fue archivado y relegado. La maniobra alertó a sus homónimos del otro lado del muro, quienes rápidamente reclamaron a Brock para cubrir un destino secundario en algún ministerio. La entrada de los jóvenes leones en los despachos de la inteligencia británica, arrambló con muchos de los anquilosados mecanismos de la vieja guardia. Cuando, en una de sus operaciones de limpieza, tropezaron con el nombre de Brock, descubrieron que nadie, absolutamente nadie, sabía a ciencia cierta la función o la utilidad de aquel viejo dinosaurio diplomático que había ascendido peldaño a peldaño. No sólo nadie recordaba qué le había llevado hasta su status actual, sino que en ninguno de los archivos secretos constaba que fuese un agente doble al servicio británico. No había pasado un solo informe bajo cuerda en todos esos años y otro tanto podían decir los rusos. De manera que se limitaron a dejarlo aparcado a un lado, como un modelo de auto obsoleto, en cargos cada vez más irrelevantes. Brock, que había consentido los vaivenes de su ascenso con una flema digna de su oficio, soportó con la misma entereza la cuesta abajo de su mala racha, los destinos cada vez más inocuos en oficinas más y más alejadas de los verdaderos centros de poder. Casi no se sorprendió cuando Natasha, acostumbrada a su sueldo de alto funcionario, le advirtió que iba a abandonarlo a causa de su romance con un comerciante textil. Su hija Misha, que vivía desde hacía años con un profesor de lenguas muertas, aceptó la noticia de la separación con un suspiro y un encogimiento de hombros que tal vez quería decir "y qué esperabas". En los brazos de Margaret, Brock logró distraerse de estos contratiempos, pero la primitiva fogosidad de su amante había cedido paso a una indiferencia que no ocultaba el paso del tiempo transcurrido. Cuando supo por una carta que Margaret había descubierto una tardía vocación lesbiana y que le abandonaba por una jovencita con la que iba a recorrer en coche la riviera francesa, Brock pidió la jubilación anticipada. Hacía mucho tiempo que, gracias a los progresos de la vejez en su vista y en sus manos, no lograba una diana a cinco pasos. No le quedaban razones para permanecer en Londres y cuando fue eliminado en la primera ronda en el mismo campeonato de dardos donde había cosechado tantos éxitos, se trasladó a Moscú. El club Alekhine había cambiado su nombre por el de una de las nuevas rutilantes estrellas del ajedrez soviético, pero seguía siendo el mismo antro de mesas de madera y suelos mal fregados. Brock pasaba allí sus largas tardes de jubilado, en el misterio de piezas blancas y negras movidas arbitrariamente por tenebrosas manos. Los domingos por la mañana solía pasear por el parque Gorki, donde, entre otras cosas, jugaba con un perro vagabundo. Brock se sentaba en un banco y le arrojaba un palo, entonces el perro corría, cogía el palo, regresaba y lo dejaba a sus pies con un ladrido que exigía una caricia y un nuevo lanzamiento. El perro le esperaba todos los domingos, echado junto al mismo banco de piedra, listo para empezar el juego. A Brock esa lealtad absurda y ese ir y venir con un palo en la boca le recordaban algo, algo perdido y olvidado, hundido entre sus propios recuerdos y sus torpes vaivenes, pero no podía decir el qué. IDA Y VUELTA.

 

Péndulo en posición i+180°

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