MUSICA PARA AEROPUERTOS

Recuerdos del que viaja con los cinco sentidos: (II) el oído.ciudad.jpg (18553 bytes)

 

El sonido de las ciudades
por Dámaso

 

 

El koto es una guitarra para gente pacífica, silente y sedada o con ganas de que la seden. Se escucha en los hoteles de Japón. Mejor en los riokanes que son como las fondas castellanas pero en japonés, es decir más limpias y más cómodas. Algunos riokanes son pequeños palacios donde tras cualquier biombo esperamos encontrar a una princesa de pasos cortos, y con el aspecto de una amante sumisa a los gustos de su señor. Su percusión distante, la del koto naturalmente, sus notas aisladas en pasillos de perfecta geometría y espartano diseño, son como los objetos que utilizan en sus salones: precisas notas que definen el espacio. Cuando oigo vibrar una sola de su cuerdas, sé que el té verde está caliente, que estoy en Japón y me dispongo a beber de mi taza. Entonces recuerdo el sonido de otros lugares …

…el sonido de Inglaterra. Allí no es la música lo que recuerdo – la música pop es mi juventud, y si me recordara un lugar, sería probablemente el norte de España -, sino el ruido del vidrio afinado por el contenido desigual de las jarras. También las voces enfrascadas en conversaciones blandas, punteadas de risas contenidas. Creo que no descubro que hablo del sonido de un pub, y si además se tiene la suerte de oír un directo de cualquier joven de la zona, el viajero podrá hacerse una buena idea de lo que quiero decir. En los Midlands, ese sonido es igual al alma inglesa, tan cambiante con la edad como no puede verse en ningún otro sitio. La música que el joven toque, puede ser melódica o puro metal, pero suele sonar bien, y es que cantar "lo de ahora" en inglés es más fácil que en otras lenguas, o si no habría que pensar que en el resto del mundo están todos roncos. La música del joven habla de sexo, libertad, drogas, amor, automóviles suicidas, mientras que los parroquianos, todos personas ya hechas, hablan del trabajo, del Liverpool y acompañan a la música con un leve movimiento. Cosas de los cambios del alma.

El sonido de mi tierra no es fácil de describir. Creo que a cada cual le pasa con la suya: las conocemos tanto, y durante siempre, que no podemos ver un sonido, ante tamaña demostración de algarabía. Hay españas que suenan a cigarras, restregando sus espinosas patas incansables, el mediterráneo es así en verano. Hay otras españas de pandereta, en el buen sentido, y que se pone a bailar por las esquinas sin recato, allí la guitarra es campana de catedral, y las voces son desgarradas. Pero el viajero, también puede escuchar la gaita, el txistu, la dulzaina, y que los dioses me protejan si olvido alguna de las españas, que entre ellas son muy celosas y poco se aguantan.

Bullicio, esa es la palabra, en el Zócalo un sábado por la tarde. El bullicio es un color abigarrado, como lo son todas las ciudades de México, y en aquella plaza – aunque habría que inventar un sinónimo para describir un pueblo sin edificios – estaban todos los colores. En la sinfonía del bullicio se destacan los mismos elementos que tiene una sinfonía de Sybelius: el viento, la cuerda y la percusión. O lo que es lo mismo, las bocinas, el zumbar de las muchedumbres y los tambores de los indios mitxicos. No es un parque de atracciones, es la vida misma condensada en unas pocas hectáreas, y aunque eso ocurre en otras partes - pienso en sitios con bicicletas y gentes comiendo arroz en pequeños carromatos -, en México el bullicio no es únicamente movimiento, es manifestación de vida que se extiende prolífica, dicen que hacia el norte.

Al Norte, pero al otro lado del pacífico está una pequeña península habitada por hombres hacendosos, su capital es Seúl, donde millones de nuevos conductores aprenden a conducir en un gran atasco. Allí también se encuentran lugares tranquilos, donde la música de cuerda nos sitúa en Oriente. Pero éste es un país con prisas para hacerse rico, para tener lo mismo que América o su amado Japón, y está olvidando su sonido. En Corea se puede escuchar música de sirenas, al ritmo de los abanicos multicolor de las bellas bailarinas de Pusan, pero en mi recuerdo hay otros sonidos familiares que se imponen, traviesos, en mi memoria: el pedo y el regüeldo. Olvide el viajero la procacidad de las mencionadas palabras, y búsquele su gracia al asunto: ¿en qué país puede deleitarse con un buen regüeldo en la mesa, sin ofender a los comensales?

Otra vez cinco ejemplos de lo que vengo hablando con el viajero y con la misma moraleja: lo que en un sitio huele mal, aunque en otro no sea una "delicatessen", puede ser tan natural, como de hecho lo es el soplar del viento.

 

Damaso 1999
[damaso@arrakis.es]

Imagen Ampliada. Osaka (66 Kb)
fotografía original "Osaka" por José García Rodríguez 1998.
Pulsa sobre ella para verla en tamaño grande (66 Kb)
distorsión de la fotografía en la cabecera por
mpp2 1999


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