LA P R O S A


 

Virgulillas domésticas
por Alejandro Castelvecchio


Me lo dijo Dolores Iturriaga una noche de truenos y relámpagos.

~ ¡Que no! ¡Que ya no quiero acentos en mi vida!
~  ¡Pero Loli...
~ ¡Que no! ¡Que tu ya no me vuelves a poner una tilde encima!
~ Est* bien, est* bien, sin acentos, pero alguna coma ya me dejaras...
~ ¿Te recuerdo el asuntillo que tuviste con aquel sustantivo desorejado? ¿Es que no te acuerdas ya, canalla? Que si voy hacer una traducci*n simult*nea, que si la Academia me ha pedido una revisi*n del Diccionario, que si naranjas de la China. Te pill* haci*ndole una sinalefa, y a dos manos. ¡Qu* verg*enza!
~  Loli, hija que esas cosas son licencias po*ticas.
~  ¿Licencias? ¡Y una hip*rbole! Ya estoy harta de tus historias. Paso lo de las juerguecitas que te corres con ese grupo de adjetivos indeseables, paso lo de tus salidas nocturnas con las interjecciones, incluso lo de tu affaire con aquella hip*rbole de la Asociaci*n de Escritores de la Basta Tilde, pero lo que ya no soporto son tus devaneos con la guarra esa de la sin*cdoque. ¡Y si te crees de verdad que es rubia vas de lado!
~  Lola, no desvar*es que yo te quiero.
~  ¡No me quieres! Si a t* te gustan hasta los fonemas, con los par*ntesis es que te deshaces ( ni que fueras Borges) y a m* me dejas todo el trabajo. Yo cargo con los determinantes y los adverbios, y t* tan ricamente con los posesivos. Pero esto se ha acabado. A mi no me contentas ya con eso tan facilongo del sujeto, predicado y verbo, yo busco algo m*s en mi vida, ¿sabes?
~  Pu*s eso, no hay nada mejor que los acentos para llevar una vida intensa y cargada de emociones.
~  No, si lo de cargada no te lo discuto. Pero eso ya se ha terminado. Se han terminado las di*resis, los guiones y los malditos acentos. Y no me calientes porque puedo empezar a cambiar la c por la k.
~  ¡Loli!
~ ¡No me konvences!
~ Est* bien, est* bien. Sin acentos, sin guiones ni sinalefas. Acepto karne como parte blanda y mollar del cuerpo, k*ntaros como sueños m*rbidos y orondos, pero ¡kogno! no juegues con los tropos, porque eso mismo ya no sabe igual cuando te lo como sin la eñe.



© Alejandro Castelvecchio 1999

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Alejandro Castelvecchio nació en 1967 en una granja cerca del monasterio Monte Liveto, en la región italiana de Toscana. Hijo de un emigrante de origen valenciano y de una marquesa sin palacio de Florencia, estudió español bajo los auspicios de un banquero de rancio abolengo en la Escuela Superior de Pisa. Sin embargo, a pesar de su proximidad a la estirpe de los Medici, Castelvecchio tuvo que superar las estrecheces que impone el anonimato a los escritores noveles hasta que en algunos cenáculos literarios de Livorno y del Instituto Italiano de Cultura de Madrid se va tomando conciencia de sus dos magníficas novelas -inéditas por el momento-: Il mio canto libero y Podando los rododendros.