LA P R O S A


 

El lienzo
por Alejandro Baturone Masid


LA DESPEDIDA O EL BESO DORMIDO (El Gaditano 1610). Giovanni Bartolese
Lienzo 129x164 cm.
Florencia. Colección particular.
PROCEDENCIA. Colección Casavella 1712 / Adquirido en París en 1807 para la colección Montigni por 600 francos / Actualmente en colección particular en Florencia desde procedencia desconocida.



A pesar de haberse encontrado cientos de veces como hoy, asiendo firmemente el auricular contra su oreja, no puede evitar que la natural excitación que le provoca una nueva subasta se haga más patente en esta ocasión. Al leve taconeo de su pie derecho, movimiento que revela su impaciencia, se unen a escondidas en la palma de su mano, unas gotas de sudor invisibles para ella, que sentada junto a su marido reposa su mano sobre el muslo que él mantiene en reposo, y lee sin leer por enésima vez el catálogo de la exposición que la casa inglesa de subastas ha editado, y del cual sólo la página catorce les interesa; a la izquierda arriba, la pieza veintidós, un delicioso cuadro, que diría Eric, su exageradamente amanerado corredor de subastas en Londres, el mismo que por el auricular anunciaba con voz queda, “Let’s go Mr. Castle, we start to play”.


Cádiz, 18 de febrero

Esta mañana el puerto era un hervidero de gente, el aparente caos apreciable desde la cubierta del barco se hacía aún más patente pie en tierra. La maniobra de atraque hízose muy dificultosa, pues a la gran cantidad de naves que se encuentran amarradas a este puerto, se han sumado un sinnúmero de obras y construcciones que se suceden a lo largo de toda la ribera de esta isla o península de Cádiz, que aún me sorprende por la cantidad de sus gentes y lo bulliciosa que son a cualquier hora, pues es ya largamente pasada la medianoche y aún siento ruido y cantes en la calle. La ciudad está en fiestas, y todo el mundo bebe y canta mucho, y juegan a esconderse tras máscaras y capotes, que aunque más burdos que los de mi añorada Mantua, no les desmerecen en ingenio y gracia.
Hay demasiado ruido ahí fuera, no sé si podré dormir en este mi primer día de destierro, echo tanto de menos el calor de tu corazón, el país de tu lecho, ¡ay mi amor!, no sé si hice bien al abandonarte. debo ser fuerte, pues marcharé para no verte más.


Cádiz, 26 de febrero

Ayer abandoné la posada en que me dieron habitación, el posadero, hombre harto sucio y desconfiado, mirábame con recelo, no sé si sospechaba algo. Mis ropas me ayudaron en el viaje y nadie se dirigió a mi en toda la travesía sino tomándome por el rango que aparento; quizás debiera haberme hospedado en casa o posada de más categoría, pero he de administrar mis pocos ahorros con cautela, y esta es ciudad más cara de lo que pensaba. Al fin me determiné en pagar los días de hospedaje y resolvíme en buscar otra casa mejor. Con el dinero ya me apañaré, pero debo pensar en la forma de librarme de mi disfraz, aunque hasta ahora me haya ayudado tanto para llegar hasta aquí. La confusión que se vive en estos días en la ciudad me ampara, pero no debiera tratar mucho con las gentes de aquí, pues podría crearme problemas, al menos hasta que encuentre la forma de salir de mi disfraz.
“Don’t forget it, Eric, be quiet to my signal, Ok?”. Desde Londres Eric asentía profesional pero algo molesto ante la falta de acción de su cliente. El cuadro, situado sobre el caballete que hacía las veces de expositor, se ofrecía enmarcado en caoba barroca a los asistentes a la puja. El subastador, presidiendo la abarrotada sala desde su púlpito particular, maza en mano, comenzaba a dirigir las primeras pujas, bailando las cifras en su boca hasta conseguir unirlas en un enramado número único, ininteligible. Las dos mil cuatrocientas libras de salida alcanzaban ya el tercer millar, y Eric notaba que un indicativo leve cosquilleo se le atragantaba en un indeterminado lugar situado entre la boca de su estómago y su garganta. Liam, el corredor calvo a los treinta, que sentado junto a él había entrado en la pelea desde el principio, le miraba de hito en hito entre expectante y divertido al observar el rostro de Eric, en el cual comenzaban a asomar unas gotas de sudor. “Two thousand-five hundred, Mr. Castle”, indicaba algo azorado, “Be quiet. How many people are speaking, Eric?”, “Y think one,..., two,...hem, six Mr. Castle”
“Well Eric, when they’re three, you’ll speak, ok?”


Cádiz, 4 de marzo

La soledad me asalta en cada esquina de esta ciudad, su luz, su calor, su mar, no hacen más que recordarme que abandoné toda mi vida en Mantua, que te dejé, mi amor, en la más absoluta soledad, y eso atormenta más aun a mi alma. Llevar este diario no me ayuda, tan solo lo hago por no perder el hábito de las letras, pues desde que he llegado aquí no he escrito un sólo verso. ¡Cómo me lo reprocharías ahora, querida Lidia!, pero cómo volver a aquellos días en que tanto me inspirabas; ahora tú no eres más que un suelo al despertar, el recuerdo de algo vago e impreciso, la inseguridad vacía de que realmente llenase en algún momento mi cuerpo; y aunque no puedo escribir, esta luz me obliga y he retomado un lienzo, tu retrato, ¿recuerdas?, ya mi alma no es la misma, y aunque tu cuerpo desnudo sigue ahí, perfilado sobre la cama, no debo estar contigo como quien fui, sino como quien ahora soy.
Desde su lecho de almohadas, bajo el dosel de terciopelo rojo que la enmarca, una mujer joven, tan hermosa que hasta Eric cree que podría haberse enamorado de ella, duerme desnuda ante una sala repleta de corredores, coleccionistas, marchantes y curiosos, y acaso se intuye en su sonrisa leve que se ha percatado del beso de su enamorado, de espaldas al que lo mire, vestido con un capote de ante azul de mangas bobas, con calzones igualmente azules, y tocado con un sombrero emplumado que le cubre la cara, mientras sostiene en su mano izquierda una flor y un papel escrito. Al fondo, en una “clara copia” -tal como dijo Eric as Liam momentos antes de entrar a la sala de subastas-, de los retratos de Diana de Poitiers y el de la Duquesa de Villiars con Gabrielle de Estrées de la Escuela de Fontainebleau, hay una mujer junto a un arcón y a una chimenea de mármol blanco, que mira a través de la ventana, como el horizonte se extiende oscuro al otro lado del muro.
Hace ya un rato que sólo cuatro personas pujan por el cuadro, el cliente de Liam está a punto de desistir, y éste, desesperado, intenta convencerlo de que los demás caerán tras siete mil. Eric, recién integrado en la puja, se lanza frenético al baile de cifras y marca “Seven thousand” brazo en alto. Desde Sevilla, su cliente mantiene los ojos cerrados en actitud de concentración, y retiene entre sus manos una llave hueca sujeta por una cadena, ambas de color dorado, y sólo despega los labios para decir: “Seven thousand-two hundrend”, mientras en Londres Liam acaba de colgar el teléfono ante la satisfacción de Eric que le sonríe sarcástico.


Cádiz, 12 de marzo

He pintado durante toda la noche; hubo luna llena y dejé que su luz me iluminara, que iluminara el lienzo. Si hubieras visto cómo se encendía tu mirada a su reflejo. Toda la noche, toda la semana, no he abandonado la habitación en estos días, pues he comprendido que ya jamás volveré a dormir. Tu recuerdo se me escapa y ello me atormenta, ya no puedo recordar tus ojos, su línea exacta, sólo alcanzo a intuir tu mirada, tu sonrisa, ya no sé como suena tu voz al despertar junto a mí en nuestra lejana tierra. Siete noches sin dormir, sé que he enfermado, la fiebre me asalta y consigue hacerme ver cosas extrañas, ayer saliste de cuadro y de nuevo recorriste mi cuerpo desnudo con tus labios, Pedro ahora te vuelvo a ver ahí dentro, quieta, dormida, ingenua a mi dolor y al peso que cargo por amarte tanto. Querida Lidia, no me odies por lo que hice, pues yo únicamente me arrepiento del daño que te he hecho al dejarte completamente sola, pero debía marchar después de aquel horrible crimen, no me odies Lidia, fui yo, tuve que hacerlo o nos destruirá, él mismo me lo dijo, sí, Humberto murió por mi espada, por nuestro amor. El sueño me aborda y me pesan los párpados, me pesa tu dolor, mi soledad, y la sangre de tu prometido, aunque al fin a él no le amaras.
La llave que su puño encierra y que guarda sus tesoros, marca su huella en la palma de su mano derecha; su otra mano se aferra a la de su esposa, que a su lado, aún observa el catálogo sin darse cuenta de que en todo este tiempo no ha dejado de mirar hacia el papel, el pergamino abierto que sostiene la misteriosa figura que da la espalda en el cuadro; en él se intuyen, paralelos y de hermoso trazo, los versos del soneto, el soneto italiano, ese poema que marcó la vida de su marido desde el día en que su padre se lo entregó a él, tal y como sucediera en todas y cada una de las generaciones de su familia desde, hoy ellos ya lo saben, hace trescientos años.
“Nine thousand”, Eric observa de reojo al norteamericano “aunque se vistan a medida por el mismísimo Armani -y precisamente por eso- siguen pareciendo yanquis”, que es su único oponente por el cuadro. El sabe que el californiano tiene dinero más que suficiente como para comprar toda la subasta de hoy, con lo que su única opción pasa por que el cuadro no sea un capricho. A que negarlo, su calidad es discutible, el trazo grosero, aunque dulce, y el tratamiento del color académico, casi principiante; pero la luz, ese es su secreto, su misterios, la luz que en ni uno sólo de los otros siete u ocho Bartolese catalogados alcanza siquiera a intuirse, es la luz crepuscular de su último cuadro conocido, “El Gaditano”.
¡Sí!, nueve mil ochocientas libras y el americano duda. Eric sabe que el cuadro es suyo, si fuera un capricho jamás habría hecho ese gesto con la mano, a media altura, sin mirar al subastador. “Mr. Castle, don’t worry, the picture is yours, only two hundred, maybe three..., put de champagne on ice”.
En Sevilla hay una habitación, y en ella es espacio para un cuadro. Lleva vacío tantos años que en realidad parece que algún día la pintura estuvo ahí, pero el lienzo partió hacia Italia un 14 de marzo hace más de trescientos años, desde Cádiz; pero las cuartillas enmarcadas tras un cristal penden de la pared a la espera de volver a reunirse con el cuadro, con la razón de su existencia, con aquel amor.



Cádiz, 15 de marzo

Ayer envié el cuadro a Mantua, querida Lidia. Sé que de nada me sirve tenerlo aquí, pues cada vez que te miro muero un poco más. Ni una letra, lo sé, pero qué puedo decirte, ¿me perdonarás algún día? Estoy tan débil, ya las fuerzas no me dan ni para comer, hace tres días que no pruebo la comida que el señor Castell, el posadero, deja amablemente tras la puerta. Lidia, Lidia, “no quiero recordar, quiero amanecer cada día; y si el recuerdo me asalta, buscaré en él lo que me sirva para ver en ese día aquel que aún no viví pero del cual tengo un recuerdo, una enseñanza, un algo práctico y hermoso”. estas fueron en un tiempo mis palabras, hoy deben ser tuyas, sobrevive Lidia, lucha, yo ya no puedo más


Rojo marco del lecho en que reposa
sobre pliegues de holandesa tu figura,
y seda el beso que sella la amargura
de no ser más que tallo de la rosa.

Que mirada no hubiera más hermosa,
ni sonrisa de cándida tan pura,
que no hay vida ni habrá que torne oscura
la color, en tu corazón de diosa.

En sueños te abandono, y de tal suerte,
que si ésta alcanzara a mi costado
conformada en acero descubierto

nombre no he de poner que no sea muerte,
ni tú habrás de saber que me ha llegado,
ya bastantes son lágrimas a un muerto.

Giovanna Bartoli


El matrimonio observa calladamente, satisfechos, el poema escrito en italiano, al igual que las cuartillas amarillentas y carcomidas, que cuelga enmarcado en la pared. Instintivamente él lleva sus dedos a la firma. “Ya está querida Giovanna, volvéis a estar juntas, aquí podrá ser quien eras, no quién tuviste que ser, lo sabes ¿verdad?; mi familia lo entendió así y hemos guardado tu secreto, dejaremos que todos sigan creyendo en Bartolese, pues sólo aquí, en mi casa, tu casa, Lidia y tú podréis estar juntas para siempre”.

 

Alejandro Baturone Masid. El relato "El lienzo" fue el ganador del Premio "Puente Suazo". 1998

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