LA P R O S A


 

Derechos de autor
por David Torres

 

 

Verán, el otro día me pasó, bueno, la otra noche, claro que antes tengo que explicarles que soy un tipo tímido, un poco tonto, la verdad, tengo tan poco ego que ni siquiera aparezco en mis propios sueños eróticos, sólo soy protagonista absoluto en las pesadillas, ya saben, perros infernales, manos cortadas, niños muertos, en fin, les decía que la otra noche pasaba, como por casualidad, por un pasillo a oscuras y detrás de una puerta cerrada oí algo como unos ruidos de succión bastante sospechosos y entonces –no digo que hiciera bien, pero lo hice- pegué el oído a la puerta y los ruidos se convirtieron en unos murmullos y jadeos inequívocos, absolutamente femeninos, y me fijé en un cartelito que había pegado a la puerta y que decía este sueño pertenece al señor Pélaez Monleón (que soy yo), escrito con una letra muy bonita, redondilla, como la de los cuadernos escolares de caligrafía de cuando iba a parvulitos, y claro, pensé: "qué suerte, este sueño es mío, de mi absoluta propiedad, aquí lo dice", y una vez emitido este razonamiento, me armé de valor, empujé la puerta –que resulta que sólo estaba entreabierta- y me encontré una cama enorme como un glaciar y encima dos señoritas preciosas, una morena y otra rubia, como en la zarzuela, pero a eso se reducía todo el parecido con el género lírico porque, en lo demás, estaban dedicadas a otro género, desnudas, jadeantes, enzarzadas en una lenta lucha llena de brazos y lenguas y caricias, y me senté al lado de la cama, acobardado, en una silla que ni puesta a propósito, incapaz de interrumpirlas con una tosecita, mucho menos de entrar a poner orden en aquel maremagnum, cuando una de las dos –creo que fue la rubia- me descubrió y dijo "¿y éste que hace aquí sentado?", así, en tercera persona, como si yo, el autor del sueño, ni siquiera estuviese presente, y la otra , la morena –la cual, por cierto, me recordaba muchísimo a una prima mía- respondió "mujer , no sé, déjalo que mire, al fin y al cabo...", y la rubia "ni hablar, me corta el rollo, que se largue", "pues, hija, a mí me da morbo, pobrecito, además no molesta ni nada" mientras seguía lamiéndole uno de los pechos pero la rubia dijo que no, que no y que no, que me fuera a espiar a mi madre, estaría bueno, y la morena, sin dejar de lamer y mordisquear, argumentó que eso podría crearme un complejo freudiano, o a lo peor dos, y la rubia dijo que bueno, que le daba igual, y cuando al fin me decidí a intervenir, cuando inicié una tosecita para irrumpir en el diálogo y convertirlo en trío –parlamentario, se entiende- dispuesto a esgrimir mis derechos de autor para darle la razón a mi prima, entonces las dos bellezas se volvieron hacia mí y, a coro, me mandaron a freír morcillas. Oníricas, por supuesto.

 

© David Torres

 

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