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SEGUNDA PARTE

MELÁN Y LOS NIÑOS ELEMENTALES

 

numero

Melán

 

 

Abdul, uno de los niños que Julio conoció en la fiesta de bienvenida, se puso enfermo. Estaba muy débil, tenía grandes ojeras y el vientre abultado. Desde hacía dos años, no recibían la visita del agua y las cosechas y los pastos habían sido muy escasos. Los niños enfermaban con frecuencia y estaban en los huesos. Abdul, era uno de ellos. Fui a verle, me acompañó Julio, quería ver a Abdul y me interesaba ver la reacción del enfermo frente al niño de agua. Tenía el presentimiento, casi la certeza, de que Melán estaba detrás de esta brusca recaída.— ¿Cómo estás? — preguntó Julio un poco azorado.

— Cansado —respondió Abdul y luego cerró los ojos, como durmiéndose.

La madre de Abdul tomó a Julio por los hombros y, dulcemente, lo apartó del lecho de su hijo enfermo.

— Gracias por venir, ahora debes marcharte — y añadió — Abdul tiene que prepararse, necesita los cuidados del Sanador.
Julio cruzó la estera que cerraba la puerta.

Miré a la madre con la mirada de la compasión, ella me entendió sin palabras y sentándose en el suelo se hizo un ovillo, apoyó la barbilla en las rodillas y comenzó a llorar con los ojos azules muy abiertos y sin un ruido que pudiera turbar la agonía de su hijo. Por que Abdul se estaba muriendo. En su mente descubrí una niebla negra y espesa, la vitalidad del enfermo había sido robada por el mal. Abdul había dejado caer sus brazos y sólo deseaba desaparecer con el sabor agridulce de la melancolía. Yo no podía hacer nada, el cuerpo del niño estaba muy debilitado y su situación era irreversible. Me acordé de Alí y de la promesa que le había hecho, y entré de nuevo en su mente. No podía dejarle morir en brazos de Melán. La muerte no tiene por qué ir vestida de negro. Todos morimos, es una parte de la vida, pero se puede morir disfrutando de la transición, sin estar enfadado ni rencoroso con la vida, agradeciendo haberla vivido y abierto el espíritu a un porvenir más allá del Limbo. Yo lo sabía y no iba a permitir que Abdul entrara en el reino de los muertos vistiendo el hábito negro de la melancolía.

El niño comenzó a convulsionar, la madre se incorporó secándose las lágrimas con el borde de su caftán. La retuve con suavidad.

— Está luchando para expulsar a Melán.

Fui limpiando la mente de Abdul, al principio con la resistencia del propio enfermo, que a medida que iba quedando libre del mal, ayudaba más y más a luchar contra él. Melán no es nadie en particular, está en todos nosotros, refugiado en nuestras tristezas y debilidades, cuando bajamos la guardia ese pequeño territorio oscuro de nuestra mente se va extendiendo, ocupa el lugar de la alegría, de la perseverancia, de la amistad hasta dominarlo todo. Algunas veces Melán acaba con su víctima, suele ocurrir cuando además de la mente, el cuerpo está enfermo, pero las más simplemente la domina. Son fáciles de distinguir, se trata de personas amargadas, negativas que proyectan una sombra que no es nítida si no que parece humo. Cuando varias de estas personas coinciden, Melán crece rápidamente y contamina a otras con más fuerza. Finalmente puede materializarse en un ente monstruoso, en la guerra o en un cataclismo aparentemente natural.

La lucha fue desigual, por aquella época yo tenía sesenta años y bastante experiencia y la fuerza de Melán era muy débil en el pequeño. Aspiré el viento metafísico y soplé con fuerza creciente, aventando el negro mal que invadía la mente de Abdul. Un humo oscuro comenzó a salir de nariz y la boca del enfermo, se formó una pequeña nube que ascendió unos centímetros sobre el pecho del niño. La nube adquirió la forma de un sapo que abría una boca llena de dientes afilados. Movió la cabeza como intentando zambullirse en el pecho de Abdul.

— ¡Gitmek! — rugió Borja con voz profunda desde todos los rincones del Limbo.

La nube con forma de sapo se desvaneció de inmediato. El rostro de Abdul se dulcificó, comenzó a respirar tranquilamente. Unos instantes después abrió los ojos.

— Gracias, amigo. Podía haberme librado de él yo solo. Estuviste rápido y atento — y añadí —. Tenía razón en mis sospechas, gracias por estar vigilante.
— No hay de qué — contestó Borja cantando como voz nasal.

Dejé solos a la madre y al hijo. Abdul podía hacer el viaje en paz, su mente estaba limpia y entraría en el reino de los muertos vestido con túnica blanca.

Afuera la luz era intensa, necesité unos momentos para poder distinguir los objetos. A mis pies habían crecido flores de abeja. Julio les había dado la vida.

Abdul murió al atardecer. Durante la cena se habló de él sin amargura ni dolor, igual que si hubiera partido a un viaje, que todos seguiríamos. De hecho el único que lloraba era Julio, pero dejó de llorar, dejamos de oír su llanto y no le volvieron las lágrimas hasta que se fue a la cama.

El hecho no nos pasó desapercibido, pero nadie dijo nada. Había un cambio significativo en la evolución del niño. Los demás se sintieron un poco preocupados: todavía necesitaban más lágrimas para asegurar la cosecha. A mi no me preocupaba el agua, sabía que habría suficiente para todo el año.

— Soleimán, ayer por la tarde dejé de llorar un rato — me dijo mientras paseábamos hacia la pequeña colina rocosa, al sur del poblado.
— Es una buena señal.
— Pero luego he vuelto a empezar.
— No te preocupes, todo lleva su tiempo, no te pusiste malo por echar unas lagrimitas, ahora para secarlas a lo mejor también necesitas un poco de dedicación.

En el camino, Julio me dijo que se sentía muy raro desde la cena. Le había impresionado que nadie llorara la muerte de Abdul, sólo lloraba él y por otras razones.

— En mi casa no se habla de la muerte. Si le ocurre algo a algún conocido: a la tía abuela Ana o al portero, siempre me entero mucho después y por las conversaciones que oigo en las reuniones de los mayores — dijo Julio.
— Sin embrago, ahora no estas en tu casa — contesté.
— Mulá — por primera vez me llamaba así—, ¿por qué no lloraba la madre de Abdul? Estaba triste, pero muy tranquila. Me dio mucha pena, aunque no llorara.
— Hijo — también era la primera vez yo le llamaba así — en estas tierras la muerte es algo que ocurre casi a diario, a veces muchos mueren en un día. Nosotros sabemos que vamos a morir, como se muere la cebra o el león. ¡Ya nos reuniremos todos en el vientre de la madre eterna! Nos entristece perder a nuestros seres queridos, sin embargo, así tiene que ser y, a veces, no está en nuestra mano evitarlo. Por eso disfrutamos de la vida más que allí de donde vienes.

Mis palabras abrieron de alguna forma los grifos de la mente del niño de agua, el caudal de su llanto fue aumentando lentamente. Lo dejé en la cumbre de la pequeña colina que los nativos llamaban la Madre del Arroyo, con la disculpa de que quería ver al padre de Abdul. Sus lágrimas corrían por su cuerpo como dos fuentes.

Me oculté tras unas rocas y lo observé. Julio se sentó en una piedra, pronto tuvo un pequeño estanque a sus pies, los márgenes se llenaron de jaramagos y flores amarillas, por la pendiente que llevaba al pueblo comenzó a correr un riachuelo, cada vez más caudaloso. A la media hora, el arroyo que recorría el pueblo llevaba agua suficiente para que los niños chapotearan en los remansos. Una acequia, que habían limpiado los hombres nada más llegar Julio al poblado, desviaba el agua a la balsa rodeada de palmeras con aspecto sediento. En pocas horas la balsa rebosaba, los lugareños se abrazaban porque tenían aseguradas, por lo menos, dos cosechas. Nadie recordaba un caso similar, los más viejos habían oído hablar de niños de agua, incluso más abundantes que Julio, aunque ellos tampoco los habían conocido.

— Tranquilo amigo, éste está curado — la voz de Borja sonó desde el Limbo en el centro de su cabeza —, te habrás dado cuenta que iba a por ti.
— ¿Quién?
— Pues ¿quién va a ser?  Doña tristezas, Melán la melancólica. No me gusta, empieza a no ser un mal informe, tiene algo parecido a personalidad y te tiene ojeriza.
— Te gustan mucho las películas, Borja — dije —, estaré en guardia, no te preocupes.

Llorotón dejó de llorar de golpe y comenzó a reír. Se secó las lágrimas con las manos y, con la sonrisa del que cansado vuelve de un largo paseo, descendió de la colina. Los vecinos de Zarqa le abrieron un pasillo. A medida que avanzaba le arrojaban flores secas de azahar. Un intenso olor invadió el pueblo —  el zumo de azahar te ayuda a regresar —. La gente le daba palmadas y lo abrazaba.

— ¡Qué bien, ya has terminado! — le gritaba Suhail.

Se dirigió hacia donde estaba su amigo y le agradeció que le hubiera ayudado a curarse.

— Sólo podemos usar el agua de los niños que se curan, si se mueren, el agua se emponzoña y no podemos beberla .
— ¡Ah! — exclamó desilusionado el recién curado — Entonces cuando me ayudabais no lo hacíais por mí.
— Es un trato, como el que hacemos con las caravanas cuando llegan al final del verano. Les cambiamos sus pieles de camello por lana de oveja o por semillas.

Nos reímos con ganas.

Dejamos Zarqa con algo de pena, de regreso Julio me dijo:

— Soleimán, estoy seguro de que volveré a ver a Suhail y a Fátima. Volveré a la aldea a traerles el agua. Ahora sé controlarme.
— Ahora eres un jinete del agua.

 

 

Continuará...
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© Rafael Pérez Castells


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