índice del número

 

SEGUNDA PARTE

MELÁN Y LOS NIÑOS ELEMENTALES

 

numero

Zarqa

 

— ¿Cuál es tu casa?— volvió a sollozar Llorotón.
— Aquella, la que está bajo el gran baobab. En ella vive mi hermano Alí.— Y añadí —vamos, te los quiero presentar. Van a alegrarse mucho de verte.

Entre los pies de Llorotón se había formado una ligera humedad, como el suelo era arenoso, sus lágrimas se filtraban entre los granos de arena y no llegaban a formar un charco. Cuando empezamos a andar, unas puntitas verdes asomaron en la superficie húmeda, el niño no se fijó.
El espectáculo era pintoresco, Llorotón iba dejando una estela verde a su paso. Las semillas del desierto, ávidas de agua, se abrían con prisa inaudita para aprovechar sus lágrimas. Antes de llegar a las casas el camino se había poblado de flores.

Los habitantes del pueblo se arremolinaron a nuestro alrededor. Gritaban.

— ¡Mulá! ¡Ha vuelto el Mulá!

Los más viejos me daban palmadas en la espalda, los jóvenes se inclinaban reverenciándome y los niños me tiraban de las mangas pidiendo algún regalo. Siempre llevo algo en mis bolsillos, es muy útil para agradecer y alegrar a conocidos y desconocidos, saqué dátiles, almendras, castañas, bombones, tirachinas, tabas. Todos tuvieron algo.

— ¿Eres el jefe? — me preguntó Llorotón.
— No, no — reí con ganas —, sólo soy su mensajero. El que les trae noticias del mundo exterior.
— Pero eres importante, te llaman Mulá — insistió el niño —. Tú no eres un curandero, eres un mago.
— Tampoco hay tanta diferencia.

Nos llevaron a la Casa Grande. Mi casa. Allí vivía el jefe del pueblo, Alí, mi hermano menor , y su extensa familia: su mujer, tres hijas y cinco hijos. Además, la casa se utilizaba para las reuniones del pueblo en las que se decidía de común acuerdo. Las mujeres organizaron las esteras. Sobre ellas colocaron mesas repujadas con hueso de camello y almohadones de rojo colorido. Los jóvenes siguieron a Alí. El jefe eligió un cabrito un tanto escuálido. No me detendré en los instantes siguientes, el caso es que una hora después un crujiente cabrito se tostaba sobre el fuego.

Para entonces la casa grande ya no parecía pobre ni seca, estaba adornada con flores, telas y mosquiteros. Las mesas ofrecían dátiles, carne, tortas, pasta de garbanzo y yogurt de camella.

— No parece una mesa de pobres — lloró el niño, que allí por donde pasaba iba dejando una alfombra verde.
— Nos están ofreciendo lo mejor que tienen.

Lo dije sin mirarle, casi sin mover los labios, y con un movimiento de mi mano le indiqué que se fuera a otro sitio. Seguí la conversación que mantenía con Alí.

— Hermano, nos traes el agua otra vez ¿No vendrá acompañada de tormenta?
— Alí, siempre preocupado por su gente, eres un buen jefe. Aún recuerdo  la cara de envidia y alivio que tenías cuando fui con nuestro padre y con Akbar a Omdurman ¿Quién iba a decir que serías un gran jefe? Padre estaría orgulloso de ti.
— A Padre le hubiera gustado que fuera Akbar, tú estabas destinado a ser el sanador y yo era el recambio.
— Pues fuiste un buen recambio, hermano, un magnífico recambio — le dije dándole una palmada sobre el hombro.
Bashira, la hija mayor de Alí, nos sirvió más té. El orgulloso padre la atrajo hacia sí.
— Ves qué hermosa es mi Bashira, se parece a Madre. Mi Bashira, la que me trae las buenas nuevas.

Alí me preguntó por Llorotón, sabía que los niños de agua eran una bendición para el pueblo. Llorotón no era el primero que le traía. Sin embargo le preocupaba porque los niños elementales tenían mucha energía y eran muy apetecibles para Melán, la diosa oscura. Y cuando Melán aparecía siempre ocurrían desgracias. A veces, el agua llegaba junto al dolor.

— Estaré vigilante, Alí — lo tranquilicé —. El niño es poderoso y apenas hay rastro de Melán, aunque sé que está al acecho. Pero Llorotón no es el peligro, ya sabes que ni siquiera Melán es peligroso porque no existe. El mal está en cada uno de nosotros. Somos sólo nosotros los que podemos liberarnos de él o, al menos, mantenerlo a raya en nuestro interior.
— Ya sé, Melán el que no existe pero es, ya lo sé. Pero esto no significa que los niños que traes no puedan contagiar a otros con el mal de la desidia y la melancolía. Son focos de infección.
— ¡Alí, eso no lo dice un buen musulmán! Sabes que él no es culpable del mal y si alguien enferma ya lo ayudaré para que expulse a Melán de su interior.
— Perdón, hermano, no quería menospreciar al niño. Tú estás acostumbrado a este juego, pero entiende que me preocupe de un mal que si contagia a muchos puede adquirir corporeidad, puede aparecer como una bestia del infierno y destruir Zarqa.
— No exageres, Alí.
— Tu me has contado historias en las que pasaba eso ¿O lo que ocurrió en Rusia cuando ya eras el Sanador más joven de los aballah, no fue por una materialización de Melán?
— Eso no va a pasar aquí, en Tunguska no había ningún sanador para evitar que el mal creciera. Khider y sus compañeros nos salvaron a todos pero nos dejaron huérfanos.

La fiesta se alargó hasta que el sol bermellón se zambulló en el cielo por el horizonte. Comimos, bebimos té, bailamos al ritmo del ûd — un pequeño laúd —, escuchamos cuentos y jugamos a las adivinanzas.

— Soleimán ¿Cómo puede ser que lo entienda todo y todos me entiendan? No me lo puedo explicar. Yo no hablo su idioma, pero sale de mis labios igual que si hablara español. — me preguntó Llorotón.
— Serán los efectos de la sopa, “dátiles sin hueso” ¿Te acuerdas?, “que iluminen tu verso”. — respondí.

En la fiesta Llorotón conoció a Suhail, un niño un poco mayor que él, de aspecto aún más enclenque que el suyo. Entablaron amistad enseguida. Más bien Suhail se pegó a Llorotón. Al principio le pareció muy pesado. Las preguntas de Suhail no se agotaban y Llorotón, cansado, intentaba zafarse proponiendo volver a los juegos.

Yo les observaba divertido. Suhail no cejaba en acorralar a mi paciente.

— Ya hemos jugado, ahora hay que conversar — le dijo —, como los viejos amigos.

De esta forma, Suhail logró información bastante precisa sobre la televisión, la radio, los compact, la game boy,... hasta dejar a Llorotón exhausto. Por fin, llegó la hora de retirarse. Se acostaron todos los niños juntos sobre una de las esteras cubierta de almohadones y mantas de piel de camello, y milagrosamente se durmieron al instante.

— Soleimán, ya sé por qué están tan contentos — me dijo Llorotón al día siguiente.
— ¿Por qué, si se puede saber?
— Porque les voy a poner los árboles verdes y las plantas, también.

El niño ya se había dado cuenta del reguero de color que iba dejando y cuando pasaba dos veces por el mismo sitio, era un escándalo. Las flores aparecían en racimos abigarrados. La verdad es que el pueblo había mejorado en unas horas, no se veía agua, el arroyo seguía tan seco como a nuestra llegada, aunque sus márgenes estaban cubiertas de juncos.

Llorotón se ganó la gratitud en los niños con los que jugaba, era un niño de agua, y lo mimaban en sus juegos. Yo diría que en exceso.

— Soleimán, no entiendo bien a estos niños.
— ¿No decías que hablabas nuestro idioma? — contesté.
— No me refiero a las palabras, sino a cómo piensan.
— Con la cabeza — bromeé.
— Hoy estaba jugando a pasar la pelota por el aro con Suhail. Nos hemos peleado un poco. Él decía que me tomaba el juego de una forma muy rara. Que ponía la vida en ello, que no me lo pasaba bien.
— ¡Ah!
— Y le dije que en un juego, lo bueno es ganar — sollozó Llorotón — y él me dijo algo extraño, que sí era bueno ganar, pero no ganar al otro, si no ayudar al contrario a hacerlo mejor.
— Así es Llorotón, ¡pero vaya mote que te puso tu hermana! ¿No tienes nombre? .
— Sí, Julio.

Pues ya es hora de que empecemos a usarlo, Julio. Así es, lo divertido del juego es llegar más lejos que tus padres llegaron y no importa tanto quién lo hace.

Julio había aceptado la invitación de Fátima, la hija menor de Alí, para ir a la balsa. Desaparecieron hasta  la hora de comer. Volvieron muy excitados por la aventura. Julio estaba impresionado.

— Fuimos a ver un nido de abubillas. No sabía lo que eran, pero Fátima me dijo que era un pájaro — Llorotón hablaba con la respiración entrecortada y llorando a gusto —, nos acercamos a la balsa. Estaba casi seca, en el centro quedaban dos charcos llenos de barro. Olía muy mal.

Fátima me dijo que era el nido, que las cacas de los polluelos huelen así de mal.

— Alguna vez las he olido, no son agradables — le corté para darle un respiro.
— Entre los arbustos se veía el nido con cuatro pájaros que piaban con el pico muy abierto. Fátima dijo que eran tontos, que les iba a oír el águila.

De pronto escuchamos un ruido de alas, pero de alas muy grandes, sobre la copa de una palmera. Cayó como una piedra sobre los pollitos: De cuatro picotazos se los comió y se fue volando ¡Pobrecitos! — lloraba el niño con sinceridad, —¡Qué águila tan mala! Tenemos que cazarla.
Ella también tiene que comer y la madre de los pollos ha sido muy imprudente. Si cuando vas de caza no vigilas tu nido, ya sabes lo que te puede pasar — le respondí.

A Julio se le notaba descentrado, mucho más que cuando había llegado y eso era una buena señal. El viaje ayuda a romper amarras de dos formas, la primera es la distancia y la definitiva es la profundidad. Y mi amigo estaba entrando en la segunda fase.

Al caer la tarde me acerqué a la escuela que, como todo en Zarqa, estaba en la Casa Grande. Allí, mi hermano Alí, reunía a todos los niños. La escuela podía ser por la mañana o por la tarde, no había una regla concreta, ni era todos los días. El método de Alí se había depurado por generaciones. Los jefes del pueblo eran los encargados de la enseñanza. No interferían con el Sanador, ya que éste se dedicaba a casos especiales. Les hablaba de su historia, de su tierra, les preguntaba por lo que habían visto a lo largo del día, les enseñaba las estrellas, las plantas o los insectos.  Después les enseñaba a leer y escribir y, por último les leía el Corán en una clase que duraba todo un día, con algún descanso para dormir una siesta y beber un poco de té.

Entre los alumnos, encontré a Julio, sentado al lado de Suhail y Fátima. Aunque seguía llorando, lo hacía en silencio mientras prestaba una concentrada atención a las palabras de Alí. Salimos ya anochecido, llamé a Julio.

— ¿Qué tal la clase?
— Ha sido muy divertida, en mi colegio nos enseñan a leer y matemáticas. También dibujamos, pero es bastante aburrido. En cambio hoy ha sido guay. Aunque Fátima me ha dicho que a veces se enfada si después de contarles algo, al día siguiente les pregunta y no lo recuerdan.
— Los buenos maestros tienen carácter. Y Alí es de los mejores, él sigue la regla de enseñar a los niños a ser adultos.
— Puede que tengas razón, a mi maestra sólo le interesa que me sepa la tabla de multiplicar.

 

Continuará...
(accede al libro completo en rafaelperezcastellsblog.wordpress.com)

 

Parte 2. Melán y los niños elementales. cap 2
>INDICE


© Rafael Pérez Castells


ariadna