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En el mercado de Huahsi,
donde las serpientes cuelgan desangrándose en
los mostradores,
bajo el naranjo que asombra el refugio del
Urriello,
en las escaleras mecánicas de una gran estación,
frente a la cancela de la casa
donde alguien compone al piano conciertos para
cuerda,
en mi despacho lleno de recuerdos prestados,
en esos lugares, cuando cierro los ojos,
estoy solo y presiento que algo me traspasa.
Mas si vuelvo a abrirlos, me lleno de tumulto,
de otros que se parecen a mí cuando cierran
sus ojos,
porque también están solos como umbrales
de lluvia.
¿A quién se parece esa presencia que
intuyo?
¿A un padre o una madre que yacen solitarios?
¿ a un vacío que tuviéramos que llenar entre
todos?
¿ a un sentimiento que nos llama de vuelta a
un lugar que no es sitio,
a un tiempo que no es suceder?
Hay ritos que rasgan los velos de los
dormitorios,
nos hacen soñar lo que sueña la piedra, el agua,
el heno, la luz anciana de una explosión estelar;
hay dogmas que usan los velos de lienzo,
pintan espesos paisajes que nos ciegan y
confortan;
hay ciencias desvalidas cuando intentan
rasgarlos,
porque no tienen uñas para arañar profundo,
cortando la tela y la pared.
Yo sigo parpadeando, desde la entrega
al
rechazo,
sin sentirme igual a otro, jugando a enemigo
de una presencia,
sin elegir el rito, rehuyendo el dogma,
exilado de la cueva donde dibujan cacerías.
Lo hago por inercia - ni siquiera como un pájaro
migratorio-
como un cuerpo que se precipita.
Y es posible que todo fuera más sencillo
si aceptase que también soy el otro y lo
inexplicable,
la casa donde alguien compone,
la serpiente que cuelga desangrándose.
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