Burlando el cuerpo a la embestida
de un lunes a las seis de la mañana,
deseando un sueño eterno me levanto,
y no encuentro la espuma de afeitar,
ni siquiera mi rostro en el espejo.
Y es que sin antifaz no reconozco
la cara de anteayer,
ni al tipo que de no querer sentir
le terminó doliendo su existencia.