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No desprecio la alquimia recluida
en la palabra que no está en los diccionarios,
es la caricia profunda, sin idiomas, sin
gramáticas,
del gran mestizo que invoca.
Es un discurso sin método,
para hablar en la calle desierta,
en los umbrales frescos de la materia desunida,
y preguntarle a la nada por qué sus designios.
La palabra moldeada sólo sirve
para pedir el agua,
la que cabe en la cuenca de las manos.
Pero no encuentro la otra palabra,
la palabra oculta, y aunque a veces
entrevea el paisaje indómito
en los ojos que la nombran,
estoy ciego de morfina y de dolor.
Definitivamente
estoy condenado al silencio,
a arañar las paredes de la carne
como un prisionero de la forma.
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