RAFAEL P. CASTELLS   

 el autorlibrosrevistasprosala voz

 

 


La moraleja

                                                 A David Torres

 

 

Estoy viviendo un tiempo antiguo, vosotros ya lo recordáis
      de alguna manera,
como nosotros recordamos el vuelo de un dirigible
o las viejas revoluciones de octubre y los acorazados 
      rebeldes de Einsestein,
con la misma melancolía de lo que quiso ser y nunca 
      terminó siendo.
Tanta rosa marchita en los fusiles,
tanta rosa acabada en anagrama,
tanta tormenta huérfana de viento.

Recordáis un inmenso valle y los hongos grises que cubrían 
       las ciudades
y a lo lejos el mar llevándose el resto de aquel gran festín
y a los hombres contradictorios que ansiaban el sentido de 
       las cosas
y no se conmovían con el anuncio de la extinción del tigre 
       para el año dos mil quince.
Y a los que vinieron a la nueva Bizancio para aprender de 
      sus códices y comer en sus despensas
- fue imparable como los ciclos que mueven la naturaleza,
nos entregaron la esperanza y ninguno la reconocimos -.
Las religiones convocaban espadas y las multinacionales       
      compraban estados,
pero también había gente sin nombre que calmaba las heridas 
       y el desconsuelo,
- aquellos que guardan las trincheras del hambre y la miseria,
haciéndonos sentir menos culpables -.

Cuando conoces el final de una historia, conoces su moraleja
y entonces, - si nos encontráis -
quizá recordaréis la anécdota que nos resume:
"Aquel murió colgándose de un sueño,
a ese no le alcanzó la gratitud
y esa pantera un día se hizo puma".

Esos serán, esos son vuestros recuerdos, no los míos,
y os atraen como las raíces tiran de las hojas, hasta secarlas 
        en otoño.

 


 

Comienzo de página