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Estoy viviendo un tiempo antiguo, vosotros ya
lo recordáis
de alguna manera,
como nosotros recordamos el vuelo de un dirigible
o las viejas revoluciones de octubre y los acorazados
rebeldes de Einsestein,
con la misma melancolía de lo que quiso ser y nunca
terminó siendo.
Tanta rosa marchita en los fusiles,
tanta rosa acabada en anagrama,
tanta tormenta huérfana de viento.
Recordáis un inmenso valle y los hongos
grises que cubrían
las ciudades
y a lo lejos el mar llevándose el resto de aquel gran festín
y a los hombres contradictorios que ansiaban el sentido de
las cosas
y no se conmovían con el anuncio de la extinción del tigre
para el año dos mil quince.
Y a los que vinieron a la nueva Bizancio para aprender de
sus códices y comer en sus despensas
- fue imparable como los ciclos que mueven la naturaleza,
nos entregaron la esperanza y ninguno la reconocimos -.
Las religiones convocaban espadas y las
multinacionales
compraban estados,
pero también había gente sin nombre que calmaba las heridas
y el desconsuelo,
- aquellos que guardan las trincheras del hambre y la miseria,
haciéndonos sentir menos culpables -.
Cuando conoces el final de una historia,
conoces su moraleja
y entonces, - si nos encontráis -
quizá recordaréis la anécdota que nos resume:
"Aquel murió colgándose de un sueño,
a ese no le alcanzó la gratitud
y esa pantera un día se hizo puma".
Esos serán, esos son vuestros recuerdos, no
los míos,
y os atraen como las raíces tiran de las hojas, hasta secarlas
en otoño.
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