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Salimos hacia a algún
lugar lejano,
y es el tránsito el fin que no el destino,
bambalina que realza
las inmóviles horas.
En el útero cálido
del cielo
la azafata regala sonrisas y licores,
mientras a nuestro paso
despiertan las estepas azuladas.
Mañana la ciudad,
ahora recuérdame
lo que sé de sus calles,
para que deje atrás lo cotidiano,
y camine por ellas igual que antes hacía,
pues mi alma necesita
más tiempo que mi cuerpo,
para llegar y sentir que ha llegado.
Leí que al viajero siempre le precedía su alma,
y así le recibían las ciudades
de acuerdo con su rango,
porque el alma anunciaba a sus espías
a un peregrino, un príncipe, o un mercader.
Eso debió de ser en
otras épocas,
ahora abandono el cuerpo en cualquier sillón
de hotel,
y allí la espero,
porque ella llega tarde y tropezando,
con las noticias viejas
de mi llegada.
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