RAFAEL P. CASTELLS   

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El jardinero

                                        A Rafael Muñoz

 

Miro cómo trabaja,
parece calcular el futuro, prever la dirección que 
       tomaran las copas de los árboles,
el lugar que será de la hiedra y el seguro 
          sufrimiento del níspero durante las noches 
       heladas.
Empieza a comprender que aquel campo va 
       tomando forma, aunque al principio le 
       pareciera anárquica su siembra,
porque no se le oculta que el azar algunas veces 
       es el lugar más apropiado.

En su primer intento utilizó amazónicas y 
      catalpas (no lo llamó poema, sino rincón).
Luego eligió aromáticos romeros, lavandas y    
       hierbabuena (quizá fuera algo parecido a un 
       soneto).
Y, por fin, se hizo libre. Colocaba un sintagma 
          entre las rocas o un rosal entre metáforas.

Escribió durante estos años algo que pudo 
      llamar canto o jardín.
Sus tapas eran de amor de hombre
y las primeras páginas, arriates de hortensias 
         rojas y azules.
Aunque tarde, encontró dedicatoria: una fuente 
      que sólo deja de cantar en enero.

Es posible que cuando el jardinero descanse me 
      vea, desde la atalaya donde guarda las 
      herramientas, escribir al trasluz de las 
      cortinas,
es posible que piense que también construyo 
      jardines
que buscamos lo mismo: una rama de un árbol 
      que extienda su sombra longeva,
o un verso que se siga murmurando bajo la 
      anciana sombra de esa misma rama.

 

 

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