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Miro cómo trabaja,
parece calcular el futuro, prever la dirección que
tomaran las copas de los árboles,
el lugar que será de la hiedra y el seguro
sufrimiento
del níspero durante las noches
heladas.
Empieza a comprender que aquel campo va
tomando forma, aunque al principio
le
pareciera anárquica su siembra,
porque no se le oculta que el azar algunas veces
es el lugar más apropiado.
En su primer intento utilizó amazónicas
y
catalpas (no lo llamó poema, sino
rincón).
Luego eligió aromáticos romeros, lavandas y
hierbabuena (quizá fuera algo
parecido a un
soneto).
Y, por fin, se hizo libre. Colocaba un sintagma
entre
las rocas o un rosal entre metáforas.
Escribió durante estos años algo que pudo
llamar canto o jardín.
Sus tapas eran de amor de hombre
y las primeras páginas, arriates de hortensias
rojas
y azules.
Aunque tarde, encontró dedicatoria: una fuente
que sólo deja de cantar en enero.
Es posible que cuando el jardinero descanse
me
vea, desde la atalaya donde guarda las
herramientas, escribir al trasluz de
las
cortinas,
es posible que piense que también construyo
jardines
que buscamos lo mismo: una rama de un árbol
que extienda su sombra longeva,
o un verso que se siga murmurando bajo la
anciana sombra de esa misma rama.
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