| I
En las favelas somos culpables de ignorancia,
porque es delito si produce intenso dolor.
Allí mayor que el miedo es la vergüenza,
para aquel que se pierde de forma accidental.
Y es igual la vergüenza
a la larga distancia que entre amar y dar amor
existe.
Y es igual a la víctima su miedo,
a las vírgenes: peldaños de obsidiana;
a nosotros: bala, soga o cuchillo.
Detrás de aquellos cerros
sólo hay desolación
y esta vergüenza que nos cubre
como la hiedra, la culpa o la lanza,
es la última patera para cruzar el estrecho
y contar cómo se unen los ladrillos con miseria.
A ver si se levantan un millón de líderes
con la luz en los ojos y la fuerza en las manos,
a ver si se levantan de una vez las favelas
y sus gentes se bajan a los valles
y recogen lo que es suyo, lo nuestro,
lo que es de todos.
II
Escuché a mi vergüenza en sus
cánticos
nocturnos
y también en cavernas de sal
y en los bosques domados
y en la tristeza que envuelve a La Tierra
o en su belleza forzada.
(A los dioses terribles adoramos
y escribimos la historia del estupro.
¿No pudimos seguir otras derrotas?
Si allí estaba la madre,
le manaba la leche de sus pechos,
del izquierdo los bosques y los campos,
del derecho los cielos y sus nubes).
Edipo que asesina y se asesina,
para sentir vergüenza
para seguir matando.
III
¿Nacerá la razón de la vergüenza?
¿Nacerá el bien de tanto mal?
¿Volveremos la espalda
a un paraíso después del sufrimiento,
para permanecer libres en esta tierra generosa?
¿No habría entonces un solo clamor?
El del grito de sal,
el del volcán que anuncia,
el del bosque que asiente.
Porque ha llegado el tiempo
de que escuchen y entiendan,
de quebrar el timón,
de aprender a volar,
de aventar con las alas
tantísima miseria.
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