RAFAEL P. CASTELLS   

el autorlibrosrevistasprosala voz

 

 


Campanadas para otro fin de milenio

 

 

Se multiplican los suicidas impacientes por ver 
                la eternidad,
en los que aguantan sobreviene a los setenta y siete años,
aunque en cualquier comarca, aldea o arrabal abatido,
apenas a los treinta son eternos, como el polvo que cubre 
               el abandono;
todo depende de una dieta adecuada
y de no tener bajo la tienda nada que despierte al avaro.
Pero otras cosas más cercanas, más antiguas, me hablan 
              también de la eternidad.

En el colegio me enseñaron que a Dios le importaba 
             nuestra pequeñez,
porque a su imagen repetida, a su réplica veneraba
y de mis padres aprendí que las cosas tenían todas 
             un orden
y de mi instinto que escapara con cara afable, tan rápido 
             como pudiese,
rápido como el viento, para evitar la pena que de los míos 
             vendría;
luego en la prensa publicaron los rostros del dolor y de la 
             ausencia de Dios
y el orden era un silencioso batán y los sueños el paño y 
             el miedo la greda
y de mi instinto qué decir, un tramposo que juega a 
             paradas y fintas y nunca dice lo cierto.

Mas desde entonces ha pasado la fe y como una             
                   mala gripe ha dejado sus secuelas,
seguramente el ser también un suicida y un ateo 
             intransigente
que ha visto a los gurús blandiendo las dagas esotéricas
y derramar la sangre
y derramar la vida para que su dios se lave las manos y 
            purifique su cuerpo
todos los días antes de sentarse a comer;
y en el jardín del templo, inciensos que aventan el opio 
            o la venganza:
yo corto tu garganta mientras invoco su nombre,
yo te quemé con leña seca de encina que bendije en 
            su nombre,
sobre una piedra que ennegrece tu sangre, entonamos 
           cánticos que ensalzan su nombre.

Aunque no sé si existe, aunque un día vuelva y la venganza 
          le oscurezca los ojos,
ningún derecho le concedo,
hoy, en el día en que reclamo el orgullo de ser dueño de 
         mí mismo.
Y no es jactancia que se pueda curar en unos baños 
         termales,
es la certeza razonada, sufrida, aceptada,
que me iguala a los que viven cubiertos por el polvo,
es el orgullo del huérfano que cree en su propio destino.

No soy el imbécil que en un sueño vive, donde 
             nadie pretende
que el que no tiene ya esperanza o el débil se humillen
y no asesinen los fanáticos,
donde ningún príncipe arrase Bagdad para distraer 
             a su pueblo,
ni los que tienen fe dejen de imponerla,
pero hay momentos sin saber porqué
en los que escribo otro final de la Historia,
en que a fanáticos, a príncipes y al que busca en bolsillos 
           y en almas
les pongo al lado del silencio, de nadie que les escuche.

¿Qué se hará entonces, si los príncipes condenan 
              y no tienen
verdugo o guardia que ejecuten su deseo? ¿Y qué 
             hará la fiera,
si a nadie asusta su rugido ni embelesa su palabra?

¿Y si el fanático clamara solitario en las tribunas?

Aunque me otorgue la conciencia de mí mismo,
aunque persiga ese día azul,
me declaro seguidor del desaliento.
Mía es la duda en la bondad del hombre y en su fuerza
para vivir sin la ilusión de un paraíso,
para romper el astrolabio a la esfera estrellada,
para que vuelva todo de otra manera menos divina, pero 
            también, menos humana a sus comienzos.
¿ No es suficiente el sacrificio o son necesarias más 
           vírgenes para estos hombres, para estos dioses 
                 insaciables?

Todo es posible.
Lo que estoy viendo existe y no hay espejismos que nos 
          liberen,
todo tendrá su arreglo axiomas, teoremas, incluso la 
          matemática diferencial,
todo tendrá un arreglo porque aprendimos del dolor,
aunque del centro se alejaron los polos y el placer no 
               pueda existir  plenamente,
todo es posible si atardece distinto cada día.


 

 

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