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Se multiplican los suicidas impacientes por
ver
la eternidad,
en los que aguantan sobreviene a los setenta y siete años,
aunque en cualquier comarca, aldea o arrabal abatido,
apenas a los treinta son eternos, como el polvo que cubre
el abandono;
todo depende de una dieta adecuada
y de no tener bajo la tienda nada que despierte al avaro.
Pero otras cosas más cercanas, más antiguas, me hablan
también de la eternidad.
En el colegio me enseñaron que a Dios le
importaba
nuestra pequeñez,
porque a su imagen repetida, a su réplica veneraba
y de mis padres aprendí que las cosas tenían todas
un
orden
y de mi instinto que escapara con cara afable, tan rápido
como pudiese,
rápido como el viento, para evitar la pena que de los míos
vendría;
luego en la prensa publicaron los rostros del dolor y de la
ausencia de Dios
y el orden era un silencioso batán y los sueños el paño y
el
miedo la greda
y de mi instinto qué decir, un tramposo que juega a
paradas y fintas y nunca dice lo cierto.
Mas desde entonces ha pasado la fe y como
una
mala gripe ha dejado sus secuelas,
seguramente el ser también un suicida y un ateo
intransigente
que ha visto a los gurús blandiendo las dagas esotéricas
y derramar la sangre
y derramar la vida para que su dios se lave las manos y
purifique
su cuerpo
todos los días antes de sentarse a comer;
y en el jardín del templo, inciensos que aventan el opio
o
la venganza:
yo corto tu garganta mientras invoco su nombre,
yo te quemé con leña seca de encina que bendije en
su
nombre,
sobre una piedra que ennegrece tu sangre, entonamos
cánticos
que ensalzan su nombre.
Aunque no sé si existe, aunque un día
vuelva y la venganza
le oscurezca los
ojos,
ningún derecho le concedo,
hoy, en el día en que reclamo el orgullo de ser dueño de
mí mismo.
Y no es jactancia que se pueda curar en unos baños
termales,
es la certeza razonada, sufrida, aceptada,
que me iguala a los que viven cubiertos por el polvo,
es el orgullo del huérfano que cree en su propio destino.
No soy el imbécil que en un sueño vive,
donde
nadie pretende
que el que no tiene ya esperanza o el débil se humillen
y no asesinen los fanáticos,
donde ningún príncipe arrase Bagdad para distraer
a su pueblo,
ni los que tienen fe dejen de imponerla,
pero hay momentos sin saber porqué
en los que escribo otro final de la Historia,
en que a fanáticos, a príncipes y al que busca en bolsillos
y en almas
les pongo al lado del silencio, de nadie que les escuche.
¿Qué se hará entonces, si los príncipes
condenan
y no tienen
verdugo o guardia que ejecuten su deseo? ¿Y qué
hará la fiera,
si a nadie asusta su rugido ni embelesa su palabra?
¿Y si el fanático clamara solitario en las
tribunas?
Aunque me otorgue la conciencia de mí mismo,
aunque persiga ese día azul,
me declaro seguidor del desaliento.
Mía es la duda en la bondad del hombre y en su fuerza
para vivir sin la ilusión de un paraíso,
para romper el astrolabio a la esfera estrellada,
para que vuelva todo de otra manera menos divina, pero
también,
menos humana a sus comienzos.
¿ No es suficiente el sacrificio o son necesarias más
vírgenes
para estos hombres, para estos dioses
insaciables?
Todo es posible.
Lo que estoy viendo existe y no hay espejismos que nos
liberen,
todo tendrá su arreglo axiomas, teoremas, incluso la
matemática
diferencial,
todo tendrá un arreglo porque aprendimos del dolor,
aunque del centro se alejaron los polos y el placer no
pueda existir plenamente,
todo es posible si atardece distinto cada día.
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