RAFAEL P. CASTELLS   

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La puerta salada

                                                 

 

No te diría que es la mujer más hermosa pero 
      cada uno de sus rasgos es perfecto,
la nariz recta como las aristas de una pirámide 
      erguida sobre la arena,
que corona un refugio de sedoso cartílago, un 
      nido propio del cóndor o de cualquier otro 
      pájaro portador del fuego.
Los ojos limpios como dos antártidas donde 
      florecieran dos  únicas flores negras,
los labios, que sonríen invitando a la franqueza, 
      se imaginan manos que guían el éxtasis.
La oreja vivaz, corza avispada que vigila entre 
      los pinos la presencia de un lobo milenario, 
      enfermo de priapismo.
Cuello de ébano cuando la sal brilla en las 
         playas, teñido de oliva en los secos meses 
      de invierno.

En su espalda - altiplano de cereales - yace una 
      columna hueca en la que una serpiente roja 
      crece y se alimenta del deseo
En su vientre se ciegan los beduinos de ojos 
      añiles.
Beberían en él manadas de antílopes porque en 
      su centro un sol rojo recuerda, siempre, la 
      hora del agua 
y sobre el alto, dueño de aquel valle un animal
       mitológico espera paciente a su sacerdote.

El alma de las diosas es salada como el alma de 
      la Tierra que es de mar
y el alma, mejor sabe por la boca.
Cuando beso los labios, mi animal amansado     
      se mueve ondulante al ritmo de mi lengua,
cuando buscó el rincón donde un minúsculo 
      monolito señala la entrada a otro universo,
cuando llego a un lugar sensible donde los 
      fluidos son frases de bienvenida y el olor 
      es una ocurrencia,
descubrimos las cartas: es el juego del placer y 
      no se admiten perdedores.
La ola inmensa del alma es al final de la partida, 
      se arquean los malecones cargados de lapas 
      y cangrejos, las piernascargadas de 
      estremecimientos, los vientres y las praderas 
      con todas sus especies en campos de 
      exterminio.

Entonces mi animal tiene hambre, un hambre 
      verdadera que no sintió ese cuerpo en días 
      de ayuno,
hambre de tragarse una serpiente larguísima 
      que pudiera rodear el mundo y sus costas 
      infinitas,
hambre del calor de los monzones que como 
      una lenta marea tomara las playas e inundara 
      los valles nilóticos,
hambre de lo que soy y lo que nunca seré y de 
      los príncipes hedonistas y de los cabreros 
      apergaminados en sus majadas.
Y entonces me detengo y me distraigo en los 
      poros y en las pequeñas manchas tan 
      familiares y socorridas,
todo por retrasar lo que al final llega como un 
      golpe intenso y efímero.

Verdaderamente esta mujer es hermosa y cada 
      uno de sus rasgos debe leerse de cerca,
con la paciencia de un miniaturista, con la 
      dedicación de un médico de campaña,
sin admitir más creencias que la alquimia de la 
      saliva y el esperma.
Una pasión así no se vive, se siente y luego 
      cuando se pierde, se recuerda y se vive su 
      ausencia
como la de un hermano siamés que nos hubieran 
      extirpado.

 

 

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