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No te diría que es la mujer más hermosa
pero
cada uno de sus rasgos es perfecto,
la nariz recta como las aristas de una pirámide
erguida sobre la arena,
que corona un refugio de sedoso cartílago, un
nido propio del cóndor o de cualquier
otro
pájaro portador del fuego.
Los ojos limpios como dos antártidas donde
florecieran dos únicas flores negras,
los labios, que sonríen invitando a la franqueza,
se imaginan manos que guían el
éxtasis.
La oreja vivaz, corza avispada que vigila entre
los pinos la presencia de un lobo
milenario,
enfermo de priapismo.
Cuello de ébano cuando la sal brilla en las
playas,
teñido de oliva en los secos meses
de invierno.
En su espalda - altiplano de cereales - yace
una
columna hueca en la que una serpiente
roja
crece y se alimenta del deseo
En su vientre se ciegan los beduinos de ojos
añiles.
Beberían en él manadas de antílopes porque en
su centro un sol rojo recuerda, siempre,
la
hora del agua
y sobre el alto, dueño de aquel valle un animal
mitológico espera paciente a su
sacerdote.
El alma de las diosas es salada como el alma
de
la Tierra que es de mar
y el alma, mejor sabe por la boca.
Cuando beso los labios, mi animal amansado
se mueve ondulante al ritmo de mi
lengua,
cuando buscó el rincón donde un minúsculo
monolito señala la entrada a otro
universo,
cuando llego a un lugar sensible donde los
fluidos son frases de bienvenida y el
olor
es una ocurrencia,
descubrimos las cartas: es el juego del placer y
no se admiten perdedores.
La ola inmensa del alma es al final de la partida,
se arquean los malecones cargados de
lapas
y cangrejos, las piernascargadas de
estremecimientos, los vientres y
las praderas
con todas sus especies en campos de
exterminio.
Entonces mi animal tiene hambre, un
hambre
verdadera que no sintió ese cuerpo en
días
de ayuno,
hambre de tragarse una serpiente larguísima
que pudiera rodear el mundo y sus
costas
infinitas,
hambre del calor de los monzones que como
una lenta marea tomara las playas e
inundara
los valles nilóticos,
hambre de lo que soy y lo que nunca seré y de
los príncipes hedonistas y de los
cabreros
apergaminados en sus majadas.
Y entonces me detengo y me distraigo en los
poros y en las pequeñas manchas
tan
familiares y socorridas,
todo por retrasar lo que al final llega como un
golpe intenso y efímero.
Verdaderamente esta mujer es hermosa y
cada
uno de sus rasgos debe leerse de cerca,
con la paciencia de un miniaturista, con la
dedicación de un médico de campaña,
sin admitir más creencias que la alquimia de la
saliva y el esperma.
Una pasión así no se vive, se siente y luego
cuando se pierde, se recuerda y se vive
su
ausencia
como la de un hermano siamés que nos hubieran
extirpado.
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