PREMIO INTERNACIONAL DE RELATO PATRICIA SÁNCHEZ CUEVAS

PRESENTACIÓN · CONTACTO · NOVENA EDICIÓN



MIGUEL NO JUEGA

por Juan Pablo Goñi Capurro


mención Especial categoría Internacional

9 ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

Miguel

Ilustración de Miguel Díaz Díaz

 

Miguel no juega, mira como sus amigos patean la pelota, sentado en una hamaca, sin columpiarse. Estudia la curva del sol, hace fuerzas para que no continúe desbarrancándose hacia el horizonte. Su hermana debe estar en casa ya, ella va al colegio por la tarde, tiene catorce años; ya no sale a divertirse con sus amigas en la plaza. Su maestra les ha explicado que a las niñas no se les debe pegar, ¿cuándo dejó Anahí de ser una niña?, ¿cuándo su madre? La pelota pasa frente a él, los chicos le gritan. Miguel despierta, corre tras la pelota antes que llegue a la calle. La atrapa y le pega un patadón hacia el improvisado campo de fútbol. Vuelve a buscar al sol; aún continúa sobre los techos de la escuela.

Siente un estremecimiento; se toca la pierna, duele un poco todavía. Está con pantalones largos a pesar que el otoño mantiene la temperatura del verano como por inercia, por comodidad; no quiere que los otros vean los machucones, no quiere preguntas. Mejor sentarse en la hamaca, inventar un cansancio que no siente, permanecer atento al sol para correr a casa cuando se oculte. Unas niñas de su escuela se acercan a las hamacas; Miguel se baja, la cede. Sólo hay dos que funcionan, las otras tienen las cadenas cortadas y nadie se ha tomado el tiempo para arreglarlas.

Camina, pateando las piedritas de los senderos, hasta el monumento a la madre. Una madre gorda, la suya no es así. Tampoco las madres de sus amigos; esta tarde tomó la merienda en casa de Pepe, su mamá está flaca. Flaca pero sonriente, sonriente como las mamás de Lucas y de Anselmo, que no son flacas pero tampoco tan gordas como la madre del monumento. Su propia madre hace tiempo que no sonríe, ¿se habrá olvidado? Es posible, la maestra les ha contado que hay ciclos en la vida, tal vez sea eso. Las cosas se aprenden y también se olvidan, ¿podrá su mamá aprender a sonreír otra vez?

Anahí sonríe, pero en la escuela, lejos de casa.  La ha visto pasar con sus amigas, esas chillonas que se la pasan estrujándole los cachetes cada vez que lo encuentran. En esas caminatas, su hermana ríe, canta, se da empujones con las compañeras. Pero en casa no, en casa agacha la cabeza y no la levanta de los libros hasta que llega la hora de la cena. Anahí no trae amigas a casa para pasar la noche; a ella sí la invitan y, cada tanto, papá le da permiso. Pero no ella no retribuye sus invitaciones, a lo sumo, alguna tarde las lleva a hacer los deberes, mientras hay sol. Miguel tampoco invita a sus amigos, ni siquiera a compartir la merienda. Prefiere juntarse a jugar con ellos en la plaza; o mirarlos, como viene haciéndolo los últimos días.

Antes sí, mamá los recibía llenando los tazones amarillos de leche chocolatada, colocando ante sus fauces hambrientas unas gigantescas porciones de torta casera, calentita todavía. Antes, cuando la noche no era una amenaza y mamá no se había olvidado de sonreír. Ella le dice que traiga a sus amigos, pero Miguel no quiere que le pregunten por sus gafas de sol puestas dentro de la casa, ni por las mangas largas de las blusas o las rengueras al caminar. Pueden pensar que está enferma, dejarlo solo para evitar el contagio; él mismo escaparía de una madre enferma por más chocolate caliente que le sirviera. O frío, en esos días calurosos.

En la plaza, las zonas de sombras se extienden, a punto de comerla, de quitar los árboles, los juegos y los monumentos. Falta un rato para volver, aún no se han encendido las farolas; los bancos de la calle España se mantienen soleados, como el atrio de la parroquia San Vicente. Miguel mueve las piernas, golpea la base del monumento donde se ha sentado. Los chicos ven poco; acaban el partido, recogen la ropa, sacan los teléfonos celulares puestos a seguro durante el match —Miguel no tiene permitido sacar el suyo de la casa cuando va a jugar, su hermana ha roto uno por esa causa— y luego vienen a reunirse con él. Miguel se frota lo brazos desnudos, lleva una casaca sin mangas.

Los chicos arman un círculo de rostros enrojecidos, respiraciones fuertes, cachetes colorados y cabellos apisonados por el sudor. Lucas se sienta sobre la pelota; unos se ponen junto a Miguel, otros se tienden en el césped. Atrás, del otro lado de la calle, la figura oscura del cura va camino al campanario, misa vespertina. Las misas no sirven, ha decretado Miguel quince días atrás, harto de pedir y no obtener mejorías. Sus amigos están de acuerdo; Lucas y Pepe son obligados a concurrir con sus madres todos los domingos por la mañana, cuando se lo pasarían mejor remoloneando en la cama o jugando en sus consolas de videojuegos.

El tema de la charla es ese, un videojuego; tres de ellos burlan las prohibiciones paternas y se conectan para jugar en red por las noches. Miguel no; consola tiene, sí, pero en la sala, no en su cuarto, el único refugio seguro cuando la tormenta se desata. Su rutina es distinta; una vez que acaba la cena, agacha la cabeza aguardando que le den permiso para retirarse. Entonces corre al cuarto. No está al tanto del avance de las series ni de la novela de las diez, esa que todos ven en las sobremesas familiares. Anahí tampoco tiene televisor en el cuarto, pero sí un ordenador donde puede estar al día.
La plática se deriva a un tema ajeno a sus conocimientos. Discuten cuál es la mejor arma para pasar el nivel 4 del juego. Los rostros enrojecen aún más por el calor del debate. La cuestión está empatada; Lucas alza la mirada, haciendo equilibrio sobre la pelota. Por un instante, piensa en recurrir al auxilio de Miguel para zanjar la cuestión a su favor. No lo hace, vuelve a repetir sus argumentos; Miguel no sabe, vive en su mundo.
Le duele el pensamiento que intuye; Lucas vive al lado de su casa, es su amigo más cercano. Ruega que el moretón se le cure pronto para volver a jugar a la pelota con ellos. El fútbol le permite descargar, competir, dar patadas. En las últimas semanas los amigos se quejan, le dicen que parece un defensa del equipo de Simeone, el argentino que hace que sus jugadores raspen a los rivales. A  Miguel no le importa, sabe que mientras juegue, lo seguirán llamando cuando pasan para la plaza y lo invitarán a la merienda que funciona como entretiempo. Los moratones deben desaparecer, no quiere quedarse encerrado con una madre que ha olvidado como sonreír. El fútbol no es la bici, pero le sirve para cansarse y dormir temprano, antes de los coros nocturnos que recorren las habitaciones de su casa.

La bicicleta es otra cosa, la bicicleta le permite volar, recorrer otros barrios, pedalear hasta que la realidad se borra y sólo existen él y los senderos. Puede saltar, hacer trucos, andar con una rueda en el aire. Con la bicicleta es un rey, pero la bicicleta no está, la bicicleta está rota. Ella también sufrió, fue golpeada contra la columna de luz de la vereda hasta que se quebró el cuadro. No tiene arreglo y no le comprarán otra, no hay chances de hace girar la cadena con fuerza para que las ruedas lo transporten a otra dimensión. Sólo le ha quedado la pelota, y ahora ni eso.
El sol ha culminado su tarea, las luces del alumbrado están encendidas, como las farolas de la plaza. Tiempo de despedida; debe llegar temprano para tomar un baño, de ese modo puede ir directo a la pieza cuando finalice la cena y su papá se instale a ver el partido del día. Debe recordar las uñas, quitarle bien toda la tierra, evitar excusas fáciles para las manos rápidas. Ojalá esa noche el partido sea tranquilo y su papá no tenga que discutir con el señor árbitro o con los relatores del match. Lo enojan mucho sus equivocaciones, siempre en contra del equipo de papá. Capaz que si el partido es fácil…

Los chicos continúan con su debate, ninguno quiere darse por vencido. Las niñas han dejado las hamacas y se marchan, viven hacia el otro lado, por la cuadra de la parroquia. Deja pasar unos minutos; sus amigos las han visto marcharse, no quiere que lo tilden de mariquita por irse a la misma hora que ellas. Lo pasa mal, no entiende de qué discuten y no sabe qué otro tema instalar; el tiempo corre, debe estar limpio para las ocho. Y tiene una hermana que persigue el mismo objetivo, sólo que su paso por el baño tiene por límite temporal la eternidad.

Cuenta los segundos, los minutos, ¿debe dejar que pasen cinco o diez para encontrarse a salvo de las chanzas? Lucas se cae, la pelota rueda, los amigos ríen y aplauden. Suma una mueca forzada a la alegría general. La distracción es buena, se patean la pelota para que Lucas no pueda atraparla y volverse a sentar. Le encantaría sumarse al «loco» pero no puede vencer su angustia. Pepe da una patada fuerte, la pelota rueda hacia la calle. Lucas corre por ella. La atrapa junto al bordillo. La trae en sus manos, insultando. Se apaga el «ole, ole» que ha acompañado el bailoteo.

Miguel se baja del pilar, alza la mano y dice adiós. Se marcha cabizbajo, sin correr, sin dar motivo para más burlas. Sin embargo, la frase que le llega duele mucho más que un insulto.

—Este Miguel está cada día más aburrido, me parece que no hay que invitarlo más.

Es Pepe quien lo ha dicho, pero ninguno salta en su defensa. Un nudo le cierra el cuello mientras aguarda el paso de un camión para cruzar la calle España. Rígido, avanza hasta la vereda opuesta. Al llegar a la esquina, fuera de la vista de sus compañeros, corre hasta su casa. Llega jadeando, los ojos cargados de llanto contenido. Manotea la puerta, tiene llave. Toca el timbre, ojalá atienda Anahí; por la vereda viene Consuelo, la tía de Lucas, que no vea a su mamá con gafas oscuras. Oye pasos.

—¡Soy Miguel!

La llave gira. La señora Consuelo le dice buenas tardes, Miguel le devuelve el saludo, sosteniendo el picaporte para que la puerta no abra. La señora continúa su lento andar, lleva una bolsa azul en la que el niño ve ropa de colores. Los pasos se alejan, Miguel festeja la previsión de su madre al no salir. Entra y cierra con llave, supone que es una nueva orden de cumplimiento estricto. Duda si encender o no la luz de la sala, el pasillo está iluminado por el haz que sale bajo la puerta del baño. Ha llegado tarde.

Corre a la habitación, busca su pijama. Es el rojo, de pantalones cortos, de verano todavía. Escucha. Silencio. Si es su hermana la del baño, aún no ha comenzado la ceremonia. El reloj de su teléfono dice que son las siete y veinte; ruega que hermana se apure. Aprovecha, mira sus etiquetas, nada. Va hacia el grupo de whatsapp; no está, lo han eliminado, quizá lo hayan hecho mientras él caminaba desde la plaza, tras la sentencia de Pepe. Más carga para sus ojos, los párpados están a punto de rebalsar. Lo han sentenciado, no más invitaciones, no más salidas con ellos.

Una puerta que chirria interrumpe sus penosas reflexiones. Manotea el pijama y la toalla, espía por el pasillo; la puerta del baño está abierta, Anahí va hacia la cocina envuelta en una toalla rosa. Miguel no duda, corre hacia el baño, entra y coloca la traba. Le llegan los gritos de Anahí, luego sus golpes en la puerta de madera. Sobre la tabla del inodoro hay un neceser con cremas, colgando está el gastado vestido rosa viejo que su hermana utiliza como camisón. Miguel se desnuda, deja su ropa hecha un montón y se mete bajo la regadera. Abre el agua, está fría al principio pero no le importa.

Se frota con fruición, se coloca champú, pasa mucho jabón sobre los moratones. No salen, es en el balde. Cierra el agua, se seca dentro de la bañera para no mojar el piso y provocar más problemas. Su hermana ha dejado de golpear. Una vez seco, se coloca el pijama. Va a calzarse, ha olvidado sus pantuflas. Decide ir descalzo hasta el cuarto, no hay necesidad todavía de ser perfecto, le quedan unos minutos para seguir en la niñez. Toma la ropa usada y la toalla, más las zapatillas. Sale.

Anahí, de pie, lo mide. Sin que lo presienta, la mano de la chica va rápido a su mejilla, recibe una cachetada que le pica y le duele y le arde. Su hermana le ha pegado. No contenta con ello, lo empuja, haciéndolo caer, y se introduce en el baño.

—Es la única forma en que vas a prender a comportarte, caprichoso —dice la rubia antes de cerrar de un portazo.

En el suelo, con una mano en la mejilla, como si precisara tocarse para creer lo que acaba de suceder, Miguel escucha que su hermana corre la traba. Después, cae el agua de la ducha. El niño se reincorpora, recoge las ropas caídas. En su cabeza rebota una y otra vez la frase que le ha dicho su hermana. Es la misma que le dice papá, exactamente la misma.

* * *

Cambiado, peinado y seco, Miguel es el primero en sentarse a la mesa. Sin sonreír, su madre le acaricia la cabeza; equivale a una felicitación que, esta vez, el niño no disfruta. Le pasa los platos y la vajilla; Miguel se concentra en colocar cada cubierto en su justo lugar, que no se inicie la tercera guerra mundial por culpa de un descuido suyo. Mamá coloca la bebida y el pan, que no debe ser tocado hasta que estén todos reunidos, con la mesa bendecida. Se escuchan las llaves en la puerta de calle, su padre dirá «llegué», como cada noche. Miguel se asusta, Anahí no está lista, no ha salido del baño.

El hombre dice, en efecto, «llegué», desde la sala; sin embargo, no lo escucha avanzar. En cambio, oye una puteada. La puerta otra vez, ha olvidado algo en el automóvil. Casi al unísono se abre la del baño; su madre se percata y corre hacia allí, amonestando a Anahí por sus demoras. Miguel la ve volver corriendo a la cocina y regresar al baño con el secador y un trapo, su hermana se ha escabullido. El niño tiembla, se pone de pie, contempla desde el pasillo la puerta de entrada. A pesar de las gafas negras, ha visto en la boca de su madre la mueca de espanto que acompaña los momentos más intensos; no lo sabe, pero él ha adquirido la misma expresión que ella.

La madre se asoma, el pecho de Miguel vuelve a su ritmo normal. Se sienta rápido, mientras su madre oculta los elementos de limpieza en el trastero. Anahí aparece vestida en el pasillo, detrás se abre la puerta de calle. Han evitado una primera escaramuza por muy poco; su madre relaja un poco los hombros, se pone a revolver la olla. Miguel se sienta, manteniendo un brazo listo para protegerse. Anahí se ubica enfrente, pasando lejos de él. El padre ha entrado al baño.

Los niños esperan con las manos en sus regazos; la madre, de pie, ya sin las gafas, junto a la olla. Papá se sienta, hace la señal de la cruz y da gracias por los alimentos. La madre sirve las porciones, con mano temblorosa, cuidando que no caiga una sola gota de salsa. El padre empieza a comer, Anahí lo imita, la madre deja la olla sobre la cocina y se sienta. Miguel ataca la comida, con más pesadumbre que las noches anteriores, encogiendo los hombros para el momento en que comience la acción.

Le cuesta que la comida pase por el garguero.  La empuja con un vaso de agua. El padre controla la hora y mira el televisor, faltan diez minutos para el partido. La madre comprende la señal, se pone de pie, corre al extremo de la encimera y toma el control remoto. Lo enciende. La señal está en la emisora de la novela. El padre da un golpe sobre la mesa que hace saltar los platos. La madre encuentra rápido el partido y coloca el control junto al brazo derecho de su esposo. Todavía los equipos no han salido a la cancha.

Cada dos bocados, Miguel mira de soslayo a su padre, luego a su hermana. Quisiera ir más rápido, como siempre, pero esa noche su angustia es más fuerte. Ya no pasa sólo por el partido y las influencias del resultado sobre su padre. Ha aprendido algo nuevo en el pasillo, junto al baño. Ha aprendido que lo de su padre es contagioso. Se lo ha enseñado su hermana. Y le da miedo, más miedo todavía, le da más miedo que la soledad a la que lo han condenado sus compañeritos de escuela.

 

 © Gabriel Alejandro Campana

 

Arriba

 

Volver

v o l v e r


 

Patrocina: copsa                                                                                  Realización: Ariadna-rc.comariadna-rc.com