PREMIO INTERNACIONAL DE RELATO PATRICIA SÁNCHEZ CUEVAS

PRESENTACIÓN · CONTACTO · SÉPTIMA EDICIÓN



AVES DE ESTACIÓN

por Alfredo Gustavo Espeche Ortiz

Segundo Premio categoría Internacional

7ª Edición Premio Internacional de Relato Patricia Sánchez Cuevas

 


Ilustración de Ignacio Díaz Miyar

 

Al asomarnos sobre la cresta de una duna, similar a cualquiera de las que habíamos dejado atrás, el paisaje cambió de forma y color. El hasta en­tonces desparejo y cercano hori­zonte pareció abrirse con nuestros pasos y, bajo una bandada de gaviotas que sobrevolaba la playa, apreciamos a lo lejos, en toda su amplitud, la casi imperceptible línea que separaba la inmensidad del mar del también infinito y gris paredón de compac­tas y altas nubes del avanzado otoño. Fue una visión fugaz, porque al momento comen­zamos otra vez el descenso. Desde la siguiente cima avistamos la casa y ya no presta­mos atención al cotidiano paisaje. La brisa se convertía esporá­dica­mente en viento y la arena nos picaba en la cara y las manos y se pegaba a nuestros abrigos. La casa pare­cía abando­nada o al menos muy descuidada.

— ¡Casi media hora! —suspiró Elena—. La próxima vez tomemos el camino de la playa; es algo más largo pero no nos cansaremos tanto subiendo y bajando por la arena seca.

Robi nos vio a través de la ventana y salió a recibirnos. Le pre­senté a Elena y entramos a tomar un té al calor de una quimera, abrigados del húmedo y frío viento de la época. Las paredes de madera, unos pocos muebles antiguos y numerosas artesanías distribuidas sin orden alguno en las dos habitaciones, aumentaban la calidez del ambiente.

— ¿No se ve el mar? —preguntó Elena, observando desde una ventana.

— Son médanos vivos —le explicó Robi, sonriente—. El año pasado el ca­mino a la playa estaba despejado, pero los vientos formaron esos médanos. Quizás cuando llegue el verano la casa esté otra vez directamente frente al mar.

Elena comenzó a observar con curiosidad los diversos objetos que componían la decoración y Robi y yo le contábamos alguna historia inventada sobre cada uno de ellos. Tomé un cuadro que no había visto antes. Era pequeño; parecía un óleo en el cual, sobre un fondo de una increíble variedad de grises, se desparramaban distintas formas indefinidas de rojos y blancos.

— Qué interesante. No lo había visto antes...

— Sí, es nuevo... —murmuró Robi con culpa.

— ¿Desde cuándo lo tienes? —pregunté mirándola a los ojos, casi con preocupación.

No contestó, pero echó una temeroso y rápido vistazo a Elena —que había desviado su atención de las artesanías y atendía nuestro diálogo— y me miró otra vez, interrogante.

— Es de confianza —le aseguré amistosamente— puedes hablar con tranquilidad.

Evaluó mi afirmación antes de responder con timidez.

— Lo soñé anoche —dijo, casi sin separar los labios, bajando la cabeza.

— ¿Cómo dices? —Elena, sorprendida.

— Ya sé que no me crees, pero él sabe que...

— Sí te cree, Robi —la tranquilicé, mientras Elena asentía con la cabeza.

— Está bien —continuó—, no sé cómo ocurre, pero es simple: de vez en cuando sueño con algo muy patente y, en lugar de quedarme sólo en la memoria, lue­go se materializa. En realidad, muchas de estas cosas, casi todas —señalando nuestro derredor— son soña­das. Este abrigo, por ejemplo, lo tengo desde hace una semana; en el sueño me impactó el rojo intenso de la lana, y a la tarde siguiente lo en­contré en un rincón, ilumi­nado por un rayo de sol que entraba por la ventana y lo hacía resaltar a la vista, como en el sueño. Tenía muchas otras cosas, pero como ocurre con las imágenes que recor­damos de nuestros sueños, fueron desapareciendo con el tiempo. Yo trato de conservarlas, pero de repente, o de un día para otro, ya no están. Luego siempre viene algo nuevo.

— ¿Cuánto duran? —preguntó Elena, preocupada.

— Algunas, pocos días; otras, semanas... ¿otra taza de té? —ofreció, para desviar la conversación.

— Te aseguro que te creo, Robi, y me gustaría que siguiéramos hablando del tema, otro día, si hoy no quieres. Yo vendré a visitarte o puedes tú ir a nuestra casa cuando lo desees.

Robi la miró con dulzura y asintió con una sonrisa lejana. Durante la se­gunda vuelta de té intentamos, inútilmente, conver­sar sobre otros temas pero sólo conseguimos decir palabras o frases bien hiladas y coherentes, pero que a ninguno interesaban. Poco después, cuando nos despedíamos, Robi tomó el cuadro y se lo dio a Elena.

— Toma, te lo regalo.

— ¿De verdad... ?

— Sí, llévalo. Espero que te dure...

Volvimos por la playa, como quería Elena y, efectivamente, la caminata sobre la arena dura y llana fue más larga pero menos agitada que a través de las dunas. De a ratos, el viento arrancaba de las crestas de las olas una finísima llovizna que nos mojaba los cabellos y resbalaba en nuestros abri­gos impermeables y arrastraba sobre la arena hilos de ocre espuma salada que se enreda­ban en nuestras botas. Caminamos un trecho sin hablar hasta que Elena rompió el silencio comentando, como para sí misma:

— ¡Qué increíble, cuán poderosa es la mente! Si tú no me lo hubieras dicho no creería que todo eso nació a partir de uno o varios sue­ños.

— ¿Qué clase de parapsicóloga eres, que desconfías de estas cosas? –en tono de broma.

— No desconfío, creo en esto. Pero es que nunca había estado con alguien con un poder tan fuerte y desarrollado.

Durante la noche, Elena estuvo intranquila y no podía dormir. Pese al fuerte y persistente silbido del viento entre los pinos y eucaliptos que rodean la casa la oí bajar las escaleras para luego permanecer en silencio, con la luz encendida. Cuando subió vi su figura recortándose contra la tenue claridad del vidrio empañado de la ventana.

— ¿Qué ocurre?

— Estuve observando el cuadro. Está hecho de pintura, madera, lienzo; hasta se pueden to­car las pinceladas. Parece tan real...

— No sólo el cuadro, todo lo que has visto parece real, y sin embargo...

— Sí. No quiero pensar qué pasará cuando se acabe el efecto. Me gustaría hacer algo, al menos por ella.

— A mí también, pero hasta ahora ha sido imposible.

Me abrazó con fuerza y me pareció oírle un sollozo antes de dormirnos.

Nos levantamos tarde y estábamos desayunando en el patio, bajo un ape­nas tibio sol que se ocultaba esporádicamente tras rápidas nubes, cuando llegó Robi. Sus largos ca­bellos lacios y grises caían pesados desde el gorrito de lana, apretando y afinando aún más el pálido rostro.

— Mira —dijo todavía parada junto a la mesa, dirigiéndose a Elena, mien­tras sacaba algo de su bolso. Era una esfera que parecía de vidrio macizo, transparente en su super­ficie y de varios colores internos. Curiosamente era muy li­viana, y cuando la dejó caer sobre el cemento ni siquiera se astilló —la soñé anoche y esta mañana la encontré sobre la arena.

— Es muy linda —respondió Elena, maternal, como si la felicitara por una ta­rea bien hecha—, pero si sigues así la casa te resultará pequeña.

Los finos labios rosados se estiraron en una sonrisa sin alegría y apuntó lentamente hacia nosotros sus amplios ojos de mar.

— No creo. Muchas cosas se están yendo más rápido que antes, y no puedo evitarlo.

Elena me miró de reojo, alarmada, y yo desvié la mirada.

— Uno de los cuartos estaba hoy casi vacío... —agregó con su apagada voz infantil (y creo que era apenas poco más que una niña).

 

Hace dos días me despertó un corto grito asustado de Elena, que estaba preparando el desayuno. Bajé y la encon­tré perpleja, mirando el cua­dro, o lo quedaba de él. La pin­tura había desaparecido y el marco encerraba sólo el opaco lienzo.

— No te asustes, sabes que siempre es así, inevitablemente —le dije en un suave abra­zo.

— Vayamos a verla, por favor.

— Sí. Me visto en un momento.

Cuando salimos, ya nada quedaba del cuadro.

Elena me llevó a grandes zancadas a través de las dunas. Llegamos agita­dos y transpirados bajo nuestros pesados abrigos. Encontramos a Robi acongo­jada. La casa estaba casi vacía; sólo los muebles derruidos y la extraña bola de colores quedaban en ambas habitaciones.

— No sé qué sucede —dijo sollozando—, todo se esfuma, y no aparece nada nuevo. Es horrible, porque algunas cosas empiezan a irse y las agarro o abrazo para retenerlas, pero un instante después me encuentro apretando la nada. Recuerdo mis sueños casi al detalle, pero ya no pasan de ser sólo sueños y nada se hace material; es como si se hu­biera cerrado la hendija por la que entraban a la realidad. No sé qué hacer, porque casi todo esto que me queda tam­bién...

— Puedes venir a vivir con nosotros... —la invitó Elena.

— No, gracias. Quiero quedarme acá, y seguir creando cosas, para mí, para ustedes o para quien sea.

— Por favor, Robi, es posible que con nosotros...

— ¡No insistas, Elena! —interrumpí secamente. Ambas callaron y no volvimos a hablar del tema. Permanecimos con ella hasta tran­quilizarla y al cabo de un rato nos despedimos distendidos.

Mientras regresábamos por el borde del mar le recriminé que la hubiera invitado. Ella me miró sin comprender mi enojo.

— ¿No has visto lo delgada que está? Además —señalando los lejanos nubarrones—, se acerca una lluvia prolongada y me preocu­pa dejarla sola en esa casa tan desguarnecida.

— Sabes que sólo en esa casa puede estar. Además ¿qué le puede ocurrir que nosotros podamos evitar? —respondí resignado y con culpa.

 

Esa tarde comenzó la fina y persistente llovizna que precedió a la tormen­ta que nos mantuvo encerrados un día entero. El agua corría a raudales por los desagües y los espontáneos surcos del terreno y limpiaba de arena el exterior de la casa. La humedad fil­traba por marcos y zócalos. En los bordes de los vidrios empañados fermentaban hongos eternos, empeci­nados sobrevivientes de las periódicas limpiezas. Los árbo­les se mecían con las ráfa­gas más fuertes, aunando sus copas y acariciando el techo con las ramas bajas.

Anoche, el ya mo­nó­tono bra­mido del viento y la lluvia que azotaban el lugar fue interrumpido por los golpes en la puerta y la voz de Robi. Estaba empapada y sin ropas, envuel­ta en una gruesa lona, desfalleciente.

— ¡Desapareció todo! —dijo desesperada— ¡Los muebles, mis ropas, la casa... !

— ¿La casa?

— Sí, la casa. No ha quedado nada.

— Te dije —me reprochó Elena— que esa casa era insegura y que se podía volar con la tormenta.

— Es que no se voló. Desapareció. Se esfumó. Como todo lo que había llegado con los sueños. Pero la casa no era soñada —nos aseguró desconcertada—, estaba allí desde antes que yo llegara.

— Si no la has soñado tiene que haberse volado.

— No. Imposible, porque no quedó ningún rastro: ni el piso, ni los cimien­tos, ni columnas, cañerías o siquiera restos esparcidos por los médanos.

— Por el momento importa que estás bien —tercié en el diálogo, para cal­marla—. Ahora tranquilízate, que te quedas a vivir con nosotros. Sécate, ponte unas ropas y bebe algo caliente o enfer­marás.

La dejamos durmiendo en un diván, vestida con un pijama de Elena y abrigada con varias frazadas. Subimos al dormitorio y nos acostamos sin hablar del asunto, pero cuando nos disponíamos a dormir escuchamos que Robi nos llamaba. Bajé a atenderla. Sollozaba temblorosa y diminuta bajo las cobijas.

— La casa... desapareció... pero yo no la había soñado. Estuvo siempre ahí —me reiteró confundida.

— Sí, lo sé —respondí, quizás con demasiada seguridad, en el momento en que un relámpago iluminó el para entonces delgadísimo rostro, semejante al de una pequeña rata de enormes ojos claros.

— ¿Entonces... ? —preguntó desesperada con su voz de atardecer.

No contesté. Le tomé una mano y sentí claramente entre mis dedos la forma de los huesos y el palpitar de las venas en cada pulsación.

— Procura dormir.

Le acaricié el cabello ya reseco, la tapé hasta la nariz y, cuando tras una última y suplicante mirada cerró los ojos y relajó la respiración, creo que huí escaleras arriba.

Durante la noche escuchamos sus gemidos y varias veces debí contener a Elena a mi lado.

 

Esta mañana, mientras descendía irremediablemente las escaleras y veía por una ventana el cielo despejado, me pareció una injusti­cia que precisamente hoy bri­llara nuevamente el sol. Le había pedido a Elena que espe­ra­ra arriba pero me aseguró que estaba preparada y se acer­có. Las frazadas, la almohada y las sábanas estaban sobre el diván, como yo las había acomodado antes de subir. También encontramos el pijama de Elena, todavía acurrucado en posición fetal, pero de Robi ya no quedaba ningún rastro. No pudimos desayunar ni hablar y salimos a caminar por la playa.

— Me había encariñado con ella —me dice Elena, al detenernos cerca del lugar donde hasta ayer estaba la casa, mientras se seca una lágrima en mi hom­bro.

— Yo también. Me hubiera gustado que fuera real —murmuro con tris­teza e impotencia, observando las eternas gaviotas que sobrevuelan el lugar ahora desolado.

— Duró menos que Almer, que sólo nos había traído problemas —recuerda—, y tampoco sospechó nada en momento alguno.

— No, afortunadamente nunca sospechan nada. Sólo sufrimos por ellos quienes sabemos de su destino.

— Nunca había estado con alguien con un poder tan fuerte y desarrollado, y sé que deberé acostumbrarme, pero quisiera que no soñaras más con seres humanos... —se lamenta ella entre dientes, tomándose de mi brazo.

— Afortunadamente nunca sospechan nada... —repito para mí mismo, mientras disimulo el horror que me invade al sólo pensar en lo que ocurrirá al expirar el efecto de aquella no­che sin fin, cuando en la sole­dad perpetua de mi refugio junto al mar, antes, mucho antes de haber soñado a Robi y su casa, la soñé a Elena.—

 

© Alfredo Gustavo Espeche Ortiz

 

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