|
Se nos está haciendo tarde para todo, eso lo saben las flores cuyo reloj tiene engañado a los pájaros. Para escribir algunos poemas no existen lápices a mano y hay que agarrarlos cuando pasan fugaces ante los ojos, como solía hacer Raúl Rivero mientras paseaba a la sombra del muro en una cárcel que había sido ya devorada por el tiempo. ¡Más madera! Oímos gritar al enloquecido maquinista que va tirando de las estaciones una tras otra. ¡Más madera! reclama mientras los viajeros aguardan leyendo horarios delirantes bajo las marquesinas. Solo la poesía puede devolvernos el tiempo arrebatado, distorsionado; mirar un cuadro en una pinacoteca vacía o escuchar una pieza de Boccherini cuando se echan encima las noches de Madrid. Se nos está haciendo tarde para recuperar del adobe podrido esa iglesia que ahora se despeja de un pantano vacío, tarde para rescatar la agradable sensación de bailar sin pisarse, tarde para saborear el encanto de descubrir una nueva palabra esdrújula. Solo la poesía o la música, y acaso sentarse al borde de una alberca para pelar una naranja podrían disuadirnos de caer en los equívocos del reloj.
|