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Si la primera complejidad de la nostalgia es el absurdo, se entiende ahora que su majestad el invierno haya decidido diluirse entre los hemisferios y crear la primera avanzada desconocida de desastres. Primero entumeció los cielos de Copenhague, luego amorató humedales al pie de los neveros y ahora nos llama a un convite apresurado de extravagancias que solo parecían residir en la liturgia fabulosa de los libros. Compleja fue entonces la actitud del capitán Ahab obsesionado por Moby Dick, complejo y escalofriante el futuro legado por Pierre Boulle ante un planeta de aventajados simios, compleja especulación la de Hermes Trimegisto al recuperar la certidumbre de la Atlántida, complejo el infierno de Dante, compleja la senectud precipitada del Mar de Aral y complejo el poema que Voltaire dedicó al desastre de Lisboa: “Sólo soy del gran todo una débil parte”. Por eso esperamos que la última complejidad de la nostalgia, sea creer que este invierno solo evoque el capítulo de un libro que todavía tardaremos mucho tiempo en leer.
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