í n d i c e  d e l  n ú m e r o

La mesa, el electrón y el gato
por Juan Antonio Ruescas

Andamos viviendo el mes de noviembre. Desde su primer día y más el segundo, parece que son calendas funerarias, mes de difuntos. Todos los Santos son venerados, pero todos son también difuntos. No nos parece placentera esta imagen del tiempo, de protagonistas ya finados. Y ¿no la hemos de afrontar, dar cara a ese óseo y vacío rostro de calavera que es señal y símbolo de todo el desenlace universalmente humano? Algunos, ya pisando el umbral nonagenario ¿no debemos ya vestirnos cada mañana ante el espejo, con negro lamento y hábito de senectud? Pues no, y no.

Pero no estén ya pensando en un inventado consolador juego que nos distraiga de tan hosco futuro. Que nos divertimos con un iluminado, verde electrón que por trazos ondulados, por escapadas circulares, por espiral caprichosa, se mueve vertiginoso por la faz de la mesa rasa, de suerte tan intrincada, que el raudo gato que ha saltado arriba, a la tal superficie, nunca logra atraparlo. Divertido pasatiempo que ni físicos ni biólogos conocen.

No, tampoco. Bien lo tenemos escrito cuando decíamos lo de legiones de ángeles en la punta de un alfiler. Partíamos, partimos, del hecho que creemos incuestionable de las funciones humanas inmateriales. Mi maestro Zubiri nos decía que nunca vemos una mesa. ¿Por qué? Pues, de cierto, lo que vemos son datos puramente sensibles, como una superficie extensa rectangular, redonda, ovalada, uno o varios elementos firmes que la sostienen, con una determinada coloración que precisamente la hacen visible…, pero al decir que es “mesa” estamos haciendo una operación intelectiva, racional, que define esos datos como instrumento válido para dejar objetos, platos, etcétera. No vemos “mesa” sino pensadamente, por así decir. Y esto, típico de los humanos, el poner nombre a las cosas, abstracta, razonadamente, es algo que creemos inmaterial. Como el paso implícito ulterior de idea universal de mesa, que según Platón sería un mundo subsistente ideal, tal vez en mente divina.

Pues bien, si algo inmaterial hacemos, al abstraer de lo concreto sensible, ¿no será porque algo inmaterial somos? Y entonces, ¿dónde está, muerte, tu aguijón, dónde tu guadaña para lo que yo sea de espiritual? Millones, billones… de santos o simples decaídos, nos preceden. ¿También los no cristianos? También tuvieron su inmaterialidad los prehistóricos, todas las
tribus primitivas, los de reinos o imperios desaparecidos, nuestros más prójimos griegos, romanos, islámicos, indios, chinos…, ¿quién puede enumerar todos los conglomerados humanos de la Historia? Es decir, los cristianos no podemos eludir la realidad de toda la Humanidad difunta aunque toda ella, toda, inmaterial, la consideremos en la punta de un alfiler, siendo verdaderamente consecuentes.

Sí, claro, en suma, nos puede parecer imponente desacuerdo entre vida humana y pervivencia de espíritu intemporal. Algo que desarma, casi deshace el esquema habitual de existencia aquí. Pero ahí está, ahora sí, el electrón enigmático de Heisenberg, que en la consabida pared de dos ranuras, resulta pasar por ambas en un mismo instante, es decir presencia simultánea en dos lugares distintos. O si no, sí, también ahora el gato, el de Schrödinger en cuyo experimento, el felino a un mismo tiempo resulta muerto y vivo. O sea, los metafísicos empedernidos tienen que tragarse el principio de no contradicción hecho añicos. ¿Ser o no ser de Hamlet? El electrón sí está y no está, el gato sí vive y no vive. Y puede preguntarse       ¿será cierto que la materia inerte o viva por sí sola no exige indefectible, (exigitivamente) nada más que un status de constancia física? ¿No podrá ser asumida en otro tal de excepción, inmaterial?

Mas sea lo que fuere del electrón y el gato, lo que parece cierto es que cuerpo humano y materialidad absoluta no se identifican esencialmente. Puede darse, se da, un campo de acción que no es material y que muchos, todavía, con todo riesgo en la hodierna cultura, llamamos “espíritu”.

Evidentemente que este constatar tal espiritualidad no es tarea sencilla, y menos, hacerla trascender a cada cotidiano vivir. Será necesario, creo, un talante meditador que acepte el misterio, ya que las mínimas cosas entrañan misteriosidad. El mismo Einstein, como suelo recordar, decía que nada más bello de experimentar que la misteriosidad. Y con ello el talante quizá deba ser “místico”. El célebre escritor y filósofo francés Jean Guitton decía: “Soy de los que piensan que la conciencia culmina en la experiencia mística”.

Místico o no, soy de los que en este mes de noviembre nos inclinamos -lo tengo escrito- por un mundo de misterio y espiritualidad, más bien que de contradicción y absurdo; y si el electrón y el gato pueden gozar de doble status, no, no he de ser yo menos, espíritu perdurable aquí, trascendente hacia allá con San Pedro.

 

 

© Juan Antonio Ruescas

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