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Secretos inconfesables
porGloria Castro Ballester

 

Secreto inconfesable I

Lloro.
Lloro cada vez que (te) escribo
un poema
porque cuando lo hago
me reconozco
(a mí misma, y nunca a otros)
que eres real.
“Menuda evidencia”, dirás.
Con “real” me refiero
a un significado que va más allá
del diccionario.
Pues no es que
“tengas existencia objetiva”
como dice la RAE
sino que te has convertido
en la personificación
del metapensamiento
de algo a lo que me niego
a llamarle “amor”.

 

Secreto inconfesable II

Miedo
(Te) tengo miedo,
o quizás a mí. No lo sé.
Pero por primera vez me asusta
descifrar mis sentimientos:
Primero, porque no quiero
que los deseches;
Segundo, por si no terminan formando parte
de ese 2% que según la precisión
científica
en la que te basas,
recordarás.
No me da miedo ser olvido:
me da miedo ser trastero.
No me da miedo que me olvides
-cuando creas que ha llegado el momento de hacerlo-:
Me da miedo que me olvides
incitada por tu propio miedo
y que me guardes
en el mismo trastero en el que Ana Romaní
me hizo llorar.
¿Qué por qué?
Porque al olvido no se vuelve y
al trastero sí.
Y yo nunca he estado entre el todo y la nada:
siempre me ha costado mucho ver el gris.

Me da miedo
que te dé miedo hablar
de lo que sientes
y no sé cómo gestionarlo.
Me asusta la velocidad
con la que estoy escribiendo:
ni métrica, ni metáforas, ni siquiera rima.
Creo.
No lo estoy releyendo.
No nos estoy releyendo.
Sólo acelero y… sí…
Eso también me da miedo:
me da miedo que exista un golpe
y no saber cómo amainar
su presión.

 

Secreto inconfesable III

A éste no puedo ponerle nombre.
Los peores miedos son, creo,
los que no conocemos.
Por eso quiero que me ayudes
-y ayudarte-.

Necesito darle título a las maneras
de sentir la vida
para que se queden
o se alejen.
Y aunque no tenga el término exacto,
tengo su definición:
antes de estar contigo creí
que entendía
que sabía
lo que era la libertad
y por suerte ha habido personas
que han conseguido
inmiscuirme un poco
en este mar
inquieto -o en calma-. Sin embargo
contigo
me he tirado de cabeza
y has conseguido que no me asustase
y lo que más miedo me da de todo esto
es que no me haya dado miedo.

No obstante, el impacto
con el que he aterrizado en ti
me ha hecho entender
dónde están los verdaderos miedos:

1) En no ver, después de hablar

en tu sonrisa, el afán
de la posibilidad.

2)En que te despiertes

cuando te duermes a mi lado
y vuelvas a tener miedo.
Por eso me gusta dejarte dormir
cinco minutos más.
Dicen que no hay momento más íntimo
que dormir junto a alguien:
quedas totalmente expuesta
y vulnerable
a mí.
Y el daño mas grande
que te hecho
-te lo aseguro-
ha sido mirarte.

3) No encontrar,

cuando te busco,
tus ganas.
Y digo ganas: no aceptación
o afirmación.
Ganas: como cuando me agarras
el cuello
para reírte antes de besarme.

Quiero encontrarte siempre
de la forma y color que tú quieras
porque yo no pretendo que
te
desnudes para tener sexo
sino que te desnudes
para que dejes de tener miedo.
Lo demás vendrá solo
si tú quieres
y si me dejas intentarlo.




 

 

© Gloria Castro Ballester .

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