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Nocturno del María Aguilar/No en el sendero bienaventurado
porRoberto Cambronero

 

Nocturno del María Aguilar

Las piedra no sangran, dicen, las piedras tiene piel
de rinoceronte y no sangran, dicen, las piedras solo son
las cáscara del huevo de donde germinó la tierra, dicen,
el gran huevo alegórico del que hablaron doscientos alquimistas
en su abrogación áurea contra los teólogos, las piedras no sangran,
 me aseguran, así que tengo que responder como un demóstenes,
si me lanzan las piedras, contra un muro arenoso,
como los hombres malos que detestaron los profetas,
o como los infantes-diablos que mataron a los adúlteros,
o como los clientes antiguos de las prostitutas suplicantes,  
si muero apedreado así, serán ellas (las piedras) las que sangren
y no mi piel de cordero, no mi carne de animal asustado,
todos los sedimentos sin recoger en el humus de los continentes,
esas simientes infecundas y grises, nacieron para que yo no sangre,
que mi piel quede como antes del bautismo y antes de las vacunas
de refuerzo, termino de hablar pero entonces ellos me preguntan por
mi sangre y yo les respondo con el fuego rapaz de las mil dudas,
¿qué fauna, que peces con espinazos, que serpientes camufladas
pueden nadar entre sus muros? ¿qué anémonas se sacuden en su
corriente? ¿cuáles vientos impulsan sus mareas de camarones? 
 ¿a dónde flotan los rosarios estrujados de sus náufragos?
¿podrá decir «esta soy yo» estando tan lejos, allá en el pie?
¿por qué está más viva en las sienes? Su atardecer tiene que ser
más rojo, más submarino y, sin embargo, eterno, entibiando las
regiones fangosas de los riñones donde reposan semillas de quien
sabe que bestia, y entonces ellos me pregunta de nuevo por las piedras,
por mi casa hay piedras enormes que trajo ese río con nombre de mujer
ahogada, María Aguilar, un río que se ahoga en sí mismo, que trajo
las piedras en los tiempos prehistóricos cuando el habitante paleolítico
moldeaba sus vasijas en la misma gruta de donde brotan los pilotes
de mi casa, en esas piedras también se agolpa mi sangre con su
misma fauna, anémonas y rosarios, depósitos duros de mi alma, 
 adentro de esas piedras los calcios de mis leches y el aire de mis
bostezos apostólicos, los vitrales de mi digestión vegetal, el cordón
umbilical que se hunde, subyacente, en la colina mojada por el río
María Aguilar por lo que mi cuerpo y los dones de mi lengua
se pierden en la hostia seca y la sangre de buey de la colina, 
eso pasa y la piedras se mantienen fuerte como discóbolos,
ellos se estremecen, los débiles se alejan, recurro a la parábola
en el meandro roto del María Aguilar vive un náyade,

  1. la náyade es acaso luz refractada, cetáceo
  2. es muda, no tiene lengua, antigua, tiene algo de loba en ciertas noches inquietas
  3.  se dice que enloqueció, que se esconde en la escalera de la casa, mi mamá la ahuyenta, infancia, no habla

cuando la náyade se va, tengo que concluir, veo que ellos agarran
piedras, parece un gorrión que se aleja, un gusano que se asfixia,
a veces hasta parece, y eso da de que pensar, que no odia el río. 

 

 

No en el sendero bienaventurado 
Veo la noche, Críspula, amiga,
tu bicicleta ya no anda entre nubes,
veo que viene la noche amarilla
y los tímalos nadan hacia la orilla,
Críspula, hay una gota de agua en cada
uno de tus dedos y el pez nada,
si en la niebla, si en la semilla,
si en el algodón de la pérdida,
Críspula, si en el sendero de los
bienaventurados, amiga, tuvieras
tu sombra, si pudieras caminar,
pero estás lejos de estos pasos. 
La luna suspira y de su aliento
caen pétalos, Críspula, ¿no lo ves?
Como se cae el valle, como cae en
la sombra, como en este momento
se callan todos los sapos, ¿por qué
Críspula no me quiere decir
donde encontrar su nuevo nido?

 


 

 

© Roberto Cambronero.

84ariadna