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Caballos y libélulas

por Miguel Ángel Zamora

 

Del libro "Caballos y libélulas" Libro II. Capitulo 6.

La muerte de Livia cogió a Jan por sorpresa. Atravesaban uno de aquellos momentos de distanciamiento que ella imponía y que, con el tiempo, él había aprendido a prever. Duraban algunas semanas o, a veces, incluso meses, en los que ella desaparecía por completo, apagaba su móvil y convertía en imposible encontrarla. Se subía a cualquier tren y se perdía sin preocupaciones, hambrienta de imágenes y de paisajes y ciudades nuevas, de otras gentes y otras pieles y otros acentos y ritos y, cuando regresaba, no pronunciaba una sola palabra ni se dejaba interrogar sobre su destino, hasta que, casualmente, afloraba algún recuerdo en una conversación o encontraban una fotografía de un lugar exótico y ella decía “yo he estado aquí”, en el castillo de Methoni, en el monasterio de Rila o en el de Peribleptos, o en escarpadas montañas de piedras rotas como un inmenso bloque de mármol partido por el golpe certero de un brazo inmenso, o en un bosque tan denso que los árboles parecían clavados en el interior de un universo de gelatina. Jan entonces callaba y dejaba a su capricho seguir describiendo las andanzas que la habían llevado a aquellas piedras musgosas o áridas, a aquel pantano lechoso en cuyo centro sobresale un campanario que saluda con su tañido de cobre las noches en que deambulan los difuntos o a aquellas nieves que pisan al galope pequeños caballos de patas peludas y grandes crines entre tiendas tártaras de cuero y piel de vaca. Livia era un animal sin reglas, con cuerpo seco y duro e inquietos ojos de lagarto, que se escapó por primera vez de casa a los doce años. Anduvo durante horas, primero por calles de casas bajas que pronto se transformaron en edificios más altos y, más tarde aún, en bloques de hormigón cuyas ventanas parecían agujeros practicados por un bombardeo de obuses de la guerra civil. La seguían dos perros curiosos de cabeza gacha y, poco después, tres niños enclenques y sucios con cara de pocos amigos. Uno de ellos le tiró una piedra. El cielo era rojo y el suelo apenas tierra aplanada por una apisonadora, habitada por hormigas y coleópteros, señalada por las huellas de neumáticos con poca presión. El sol se ponía lentamente y cegaba la vista en el descampado que atravesaba y que bordeaba un muro roto con inscripciones de colores chillones, nido ahora de ratas, de arañas y de grillos, nido de lagartijas de cola cortada que huían atemorizadas por las sombras y se escondían bajo las irregularidades del ladrillo, en los agujeros de la argamasa, cuando una mujer con dos bolsas de las que se derramaban hojas de lechuga dispersó perros, niños, ratas, arañas y lagartijas con un bufido, se detuvo ante ella y le preguntó si se había perdido.

—¿Te has perdido? Dime si te has perdido. Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

Livia arrancó a llorar. Dejó que la mujer se hiciera cargo de la situación cuando consiguió averiguar dónde vivía.

—No te preocupes —le dijo—, yo te llevo a casa. Ahora mismo cogemos la tusa al centro.

Hasta ese momento había conseguido ver dos gatos negros y una pareja de caballos, aunque nadie la creyó después: en aquella parte de la ciudad no había caballos, “ni príncipes ni unicornios”, añadió con voz hosca y agria su padre, y los pocos perros que hubieran podido seguirla eran sin duda perros asilvestrados. Pero había visto caballos, era cierto. Uno de ellos, blanco y asustado, estaba atado y encerrado en un patio de ladrillo y suelo de tierra y daba vueltas sobre sí mismo y relinchaba abriendo los ollares, asustado, a pocos pasos del cementerio de las afueras. Era una bestia extraordinaria. Se quedó fascinada por aquel animal inmenso y encabritado, resuelto a destrozar con sus patas los muros que lo aprisionaban, aunque se quebrara los huesos mientras tanto. Las ruedas de un coche la arrancaron de su ensimismamiento y echó a correr.

Porque el mundo es un lugar extraordinario, un lugar inmenso construido por un mago cruel. Hay un pueblo tan escondido en una sierra diminuta que cuando acabó la guerra civil ninguno de sus habitantes se había enterado siquiera del alzamiento. En Baden Baden, el río domesticado discurre, suave y manso, sobre un cauce empedrado como una calle cualquiera. En cierta ocasión alguien llamó a un amigo a Tanzania y éste le respondió que apenas tenía cobertura porque estaba dentro de un árbol.

Pero no había vuelto intacta de todos esos viajes. Conocía las miradas hostiles y también las miradas lascivas, fijas y amenazadoras, el lenguaje corporal de la fiera que estudia su ataque y el olor áspero de la piel que te impone su roce con tu propia piel, y, aun así, ansiaba el movimiento, el viaje continuo, necesitaba esa vida inestable como otros necesitan el alcohol o como el diabético precisa la insulina. Barcelona, mientras tanto, donde la densidad de los automóviles y las motocicletas había transformado el aire en una superficie masticable y llena de aristas que abrasaban la garganta, se estaba convirtiendo en una ciudad hostil, inhabitable y densa como un territorio en guerra.

De su última escapada, la primera que planeaba largamente, nunca volvió. Tomó un tren hacia Praga desde el norte, no por la vía de Viena, sino por la de Budapest. Un tren antiguo, maltratado, con vagones cerrados y poco iluminados, los pasillos atestados de adolescentes con billetes sucios de Interrail. Se sentó y cerró los ojos en el asiento de un compartimento vacío. Media hora después tenía en frente a dos hombres, padre e hijo con la misma nariz rota, cargados con dos mochilas grandes, una de ellas repleta de latas de cerveza que fueron cayendo una tras otra. La ventana, de guillotina, se abrió de golpe y una ráfaga de aire seco y revoltoso atravesó el habitáculo. El padre volvió a cerrarla, pero dos tornillos flojos impedían que se estuviera quieta. Sacó de su cazadora una navaja con una hoja de un palmo y se entretuvo en atornillarlos. Su hijo no había levantado en ningún momento los ojos de la forastera.

Encontraron el cuerpo en las afueras de Praga, junto a las vías del tren. La identificaron porque se había tatuado, previsora, su nombre completo entre los omoplatos, en medio de unas alas de tinta verde que no le sirvieron de ayuda ni le permitieron levantar el vuelo al sentirse agonizar, mientras caía una lluvia fina y elástica que se llevó como último recuerdo de la tierra que acoge los mares, las inmensas olas negras de las grandes tormentas y las abruptas planchas de corcho de las montañas suizas; mares y tierra que parecen de juguete desde la comodidad de las ventanas, pero tan peligrosas como las vías sobre las que Livia se dejó llevar. A veces las nubes y la bruma se confunden y la humedad se adueña del aire y lo enturbia y los ríos se rebelan y saltan desde sus cauces para conquistar la hierba o el trazo de la piedra o de la carretera, sin importarles segar con ello vidas e imponer la muerte, porque, al fin y al cabo, cada minuto que permanecemos con los ojos abiertos no es más que un regalo o un momento de tregua. Livia quedó sepultada entre la grava y la madera de los travesaños, adherida a ellos como piel animal, resina o ámbar.

Dos meses después, antes de que sus amigos hubieran acabado de digerir la noticia de su muerte, saludó a Jan en la calle Calvet. Lo vio venir con sus zancadas grandes y su cabeza distraída y su atuendo de emperador de incógnito y se plantó ante él, toda luz y movimiento, como siempre había sido, y le llamó por su nombre y le preguntó si es que no iba a saludarla y que por qué esa cara y, sin que él fuera capaz de balbucear su nombre, le plantó dos besos y le dijo que lo echaba de menos y que podían verse más y le pidió que la buscara y siguió andando y se perdió por la esquina de Mestre Nicolau como una ciudadana más que aprovechaba los últimos rayos del sol de media tarde. Y Jan cruzó el semáforo y esquivó un yorkshire que no debía pesar ni dos kilos y que ladraba con voz de barítono a un pastor alemán cadencioso y elegante y bajó por la acera hasta llegar al Turris sin apartar la vista de las baldosas del suelo, grises y sucias y malolientes y húmedas, y se sentó en la terraza en que lo esperaba Jaume, con quien había quedado, pálido como un jinete pálido, blanco como un jinete blanco, y pidió una cerveza fría, se pasó la botella por la frente, bebió un trago largo y paseó la vista por el cielo rojo y sobrecogedor. La combustión de las partículas contaminantes de miles de tubos de escape le abrasaba como ácido los pulmones en la terraza de la Diagonal, pero ¡cuántos colores rompían a arder gracias a esas mismas partículas en la atmósfera de los cielos de Barcelona conforme caía el sol por la tarde y doraba el plomo que gravitaba a media altura! Era un cielo impostado, un lienzo de attrezzo cuyas nubes flotaban lanosas como masas de algodón pintado y, bajo esa cúpula inmensa, deambulaban con prisas millones de insectos preocupados y atentos a sus móviles. ¡Qué estúpida humanidad, con cuántas ínfulas vive aprisionada sin saberlo bajo el inmenso techo de los cielos, qué pequeña y limitada es su ambición de turista y con qué suficiencia se enfrenta a calles y ciudades y las considera la única realidad apetecible y la única meta! ¡Viajar por un mundo arrugado sin levantar la vista como los perros que pasean en busca de árboles, farolas y motocicletas aparcadas sin entender la arquitectura de los edificios, oliendo sólo orines y excrementos!

Dijo:

—Acabo de encontrarme con una amiga muerta.

Y el semáforo apuraba la luz verde.

Y dos ancianas con bastón decidieron que aún tenía tiempo de cruzar los seis carriles.

Y la motocicleta impaciente aceleró, poniéndolas con ello en riesgo.

Y el autobús crujió arrastrando su peso articulado.

Y el cielo siguió ardiendo como una hoguera de humo, como una hoguera de alcohol, como una hoguera de metano y de acetileno.

Volvió a verla horas después, caminando descalza a lo largo de su holgado balcón, arrastrando su maleta de ruedas de silicona. Jan no conseguía dormir. Había dejado las contraventanas abiertas y la luz de las farolas reflejaba haces anaranjados en el techo, pero le apetecía ver caer la lluvia. Era tranquilizador perderse en ese repiqueteo metódico y monótono, no pensar, dejar vagar la consciencia intermitente de su propio cuerpo pesado sostenido por el hilo blanco de las sábanas nuevas. A ratos cerraba los párpados, graves y plomizos, pero los abría enseguida, esforzándose en alargar la visión de aquella lluvia suave que todo lo arrastraba, las horas del día ya consumido y el cansancio de la entrevista con su madre en el restaurante y las cosas que decía ella que no iban bien, pero no podía recordar por qué, pues su cabeza viajaba ya sin ataduras por el espacio y por el tiempo y volvía a abrir los párpados y sonreía por haberse sentido levitar sobre una tierra árida y gris con las huellas de un tractor impresas como nuevas cordilleras, de dónde demonios había sacado aquella visión extraña, huellas de tractor y de caballo sobre los terrones y los surcos de una tierra rastrillada, hojas que flotan y planean con gravidez como plumas o copos de nieve o notas de violoncello o pasos bajo la lluvia y ruedas bailando girando rodando deslizándose pendiente abajo hacia un enorme vacío y una profunda negrura, otra vez los párpados, y la lluvia y la luz y el balcón y entonces ella decía búscame pero no parecía verle desde el balcón que atravesaba arrastrando su maleta, atenta solo a los horarios de los trenes y a la voz que anunciaba las entradas y salidas y las vías, cuando él la llamó sin palabras, pues notaba las cuerdas rasposas en la garganta, moviendo apenas los labios y con una ligera ligerísima sorpresa por encontrarla en ese lugar imposible, una ligera ligerísima sorpresa que se derramaba como vainilla tibia por su consciencia, que se fue diluyendo con la luz de las farolas y las agujas que caían del cielo y las contraventanas y el balcón por el que transitaba Livia. Búscame, decía: palabras pronunciadas por los pájaros, trinos apenas, roces de plumas en el aire, mientras Jan comprendía que tenía que buscarla, no tenía más remedio que seguir su llamada, pues la había querido siempre.

Y transitó por muros y ciudades, composiciones de grafiteros de letras distorsionadas y figuras que suscribiría cualquier pintor de renombre; y también piedra rota y hierba entre las vías, hojas de papel y latas de cerveza que alguien había lanzado desde la ciudad escondida tras las vallas blancas que no dejaban pasar otras imágenes que las de su imbricación artificial. Túneles, estaciones repletas de curiosos que se apartaban del andén por miedo a aquel tren sin paradas y, después, como un estremecimiento, una luz de acero y oro.

 

 

 


© Miguel Ángel Zamora

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