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Desahucio
porPedro Díaz Del Castillo

 

Mintieron. Nos mintieron desde el principio.

Siempre pensé que sería mejor colaborar, abandonar la desconfianza, dejarnos ayudar. María se encontraba muy mal, había perdido el conocimiento y la herida que aquel hombre maltrecho le produjo en el costado tenía mal aspecto. Ellos nos llevaron a la zona de seguridad, a aquel apartamento en el que María terminaría por recuperarse cuando la cura que se estaba elaborando, finalmente llegase. Dijeron que no tardaría, que era cuestión de horas, quizá de sólo unos días. Sin embargo, nada sucedió como dijeron. A los dos días María entró en coma y la desesperación me obligó a gritar sin parar desde la ventana pidiendo esa ayuda que ellos nos prometieron y que nunca llegó. Una semana después, María despertó con una mirada muy extraña y, sin articular palabra, se lanzó contra mí. En ese momento supe lo que había sospechado desde el principio. Ellos nunca tuvieron intención de liberarnos. Sólo con asomarse por el balcón del piso decimocuarto en el que nos refugiamos, era suficiente para saber que no nos protegían, tan solo evitaban que escapásemos de allí. Bastaba con mirar los ojos vacíos de María, sentir la rabia con la que me arrancó un trozo de piel del brazo derecho, percibir la angustia que me obligó a encerrarla en el cuarto de baño del apartamento. Desde entonces, sólo la oigo gritar sin parar en un lenguaje ininteligible, gritos que han pasado a formar parte del ruido de fondo junto a los gemidos que escucho tras la puerta principal de la casa y las explosiones procedentes de los edificios cercanos.

Hace días que les oigo gritar con el megáfono que todo aquel que aún esté vivo abandone el edificio para ser desinfectado. Pero yo sé que a estas alturas, todo aquel que esté vivo lo estará por poco tiempo. Mienten de nuevo. Han llegado a la puerta de casa con extraños vehículos mientras una multitud lenta y sucia les grita desde el perímetro que protegen con ese muro de alambre electrificado, esa multitud que no dudan en abrasar ante la más mínima provocación. Nos piden que abandonemos el edificio, que la cura está lista, que todo ha terminado. Pero hace tiempo que he dejado de entender sus discursos, me cuesta concentrarme y me arrastro despacio por la habitación escuchando como María, a su manera, no deja de llamarme.

Ahora están ahí fuera golpeando furiosamente la puerta y gritando de nuevo que salga o se verán obligados a sacarnos a la fuerza. Sin embargo, ya no me importa que me mientan,  sus acciones ya no me provocan más que un súbito interés en verlos franquear la entrada, sólo así creo que seré capaz de saciar el hambre infinita que siento de repente.

© Pedro Díaz Del Castillo