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Arena y grava

por Rodrigo Velázquez Solórzano

 

 

A Virginia Solórzano Roldán

 

Los materiales para la construcción forjaron su carácter. Ernesto, por ser hijo de un campesino, conoció el cansancio físico desde pequeño. Trabajó durante años para su padre en una casa de materiales donde aprendió de memoria las longitudes de los tabiques y el peso de los rollos de alambre; el uso del cincel y el marro le dieron una fuerza muscular que se le notaba al caminar y que siempre ocupó en sus frecuentes peleas. Ernesto nunca fue muy querido por sus maestros a causa de su carácter, pero aun así nunca dejó de buscar aprender algo de ellos. La abigarrada manera de su forma de ser lo hizo andar de una ciudad a otra, de una escuela a otra. Ernesto Velázquez tenía ganas y razones para escaparse de su casa e irse a vivir a Guadalajara. Como lo hizo con todos sus hijos, Don Simón despertaba a Ernesto a las siete de la mañana para llevarlo a la escuela. Salían de su casa, que se encontraba muy cerca del metro Eduardo Molina, para cruzar por la avenida Río Consulado y el mercado de la 20 de Noviembre, que se encontraba junto a la escuela primaria Atzaxacatl a la que asistía Ernesto. Así, en menos de diez minutos, Ernesto estaba molestando a sus maestros. Siempre fue un niño complicado de instruir debido a sus malos hábitos, y casi todas esas malas conductas fueron inculcadas por su padre. Don Simón fue quien le enseñó a tomar cerveza mientras trabajaba en la calera, fue él quien le dio por primera vez a probar un pulque de guayaba y de apio. Lo ponía a cargar bultos de cemento y llenar costales de arena de sol a sol con nada más que la alimentación básica y un vaso de cerveza. Los hijos de Don Simón apenas lograban sostener bien la pala pero él los ponía a trabajar con los otros macheteros de la borda y siempre que les hablaba lo hacía para darles una orden, gritarles y regañarlos con improperios. Don Simón creció huérfano. Llegó de las parcelas del estado de Hidalgo a la Ciudad de México a causa de una tía que lo reclamó como suyo cuando murieron sus padres. Así que fue su tía Ester quien le dio golpe tras golpe durante su infancia. Nunca paraba de gritarle y de regañarlo, lo humillaba por su forma de sentarse en la mesa y hasta por su forma de preguntar las cosas, era irónica y sarcástica con él, así que Ernesto tuvo varias ventajas que no tuvo Don Simón; vivir con sus padres, tener una casa y convivir con sus hermanos todos los días. Don Simón creció, vivió y murió enajenado. Se hartó de ganas de tener un hogar propio y para ello no desdeñó las manos de Ernesto ni las de sus demás hijos con tal de conseguirlo. En cuanto podían hacer alguna labor significativa y tomar cerveza, los mandaba a las minas de Cuajimalpa para que ayudaran a llenar los camiones con arena y grava. Don Simón les enseñó a manejar desde pequeños, él era quien vendía la arena y la grava para quedarse con el dinero. A sus hijos los mandaba a la escuela, les daba alimentos, agua, ropa y cuando andaba de buen humor los aconsejaba sobre la importancia de tener mujeres, dinero e inteligencia. En la mente de Don Simón era lo más justo, trabajo infantil por escuela y casa; algo que Don Simón no tuvo. Carlos, el primer hijo de María Luisa, la segunda esposa de Don Simón,  era ocho años mayor que Ernesto y él también ayudó a mal educar a su hermano. Sólo buscó enseñarle a usar los puños firmes y precisos para golpear a los demás, a ser impulsivo y confiado. Carlos quería a Ernesto, pero siempre lo sobajaba, no pocas veces lo molestó burlándose de él, por eso Ernesto desquiciaba a los maestros. La pobreza y los malos hábitos no se llevan bien a la hora de tener que ser aleccionado. En el recreo de la primaria a Ernesto le gustaba esquivar las piedras que sus amigos le aventaban, le gustaba jugar así, probándose a sí mismo. Se colocaba al otro extremo del patio para que seis o siete niños lo tomaran como blanco. Le arrojaban piedras para intentar descalabrarlo con verdadero interés y ánimo, o por lo menos poder darle una pedrada en el cuerpo. Diez minutos transcurrían en aquel juego sádico que el mismo Ernesto proponía y donde una lluvia de pedazos de cascajo de una primaria mal construida llegaba a su cuerpo con el aire seco de febrero. Como siempre salió ileso de ese juego, Ernesto, valeroso, se jactaba de sus reflejos; algo de brío y energía le permitió sobrevivir, a los cuatro años de edad, a la dura carrocería de un Mustang. Su familia lo daba por muerto cuando le pasó eso. Tirado frente a su casa a mitad de la calle, ensangrentado y pequeño, no se veía manera de que sobreviviera aquel niño mestizo de cabello negro y piel de bronce. Fue una tarde de diciembre cuando su hermano Enrique presintió algo porque sus preocupaciones no le permitieron escuchar nada. Enrique estaba poniéndole cera a la pintura del Súper Bee mientras pensaba en el hijo que no le permitían ver y cuidar. Se encontraba a un costado de su casa, muy cerca de la acera, cuando algo lo impulsó a girar la cabeza hacia la calle y ver los ojos inertes de su hermano Ernesto. Arrojó el trapo amarillo y sucio con el que estaba puliendo el coche y corrió para ayudar a su hermano, lo tomó entre sus brazos para subirlo a un camión de volteo Torton que aún tenía media tonelada de arena en la caja de carga. Colocó a su hermano en el asiento del copiloto y lo llevó lo más rápido que pudo a urgencias en el hospital de la Raza donde atendieron a Ernesto de  inmediato para lograr salvarlo de sus heridas externas y de sus hemorragias internas, pero a pesar de ello su cuerpo no daba señales de una notoria mejoría después de siete semanas de tratamiento y cuidados intensivos. Ernesto se mantenía en un estado muy grave, casi en coma.

 Tres semanas después de que se estabilizaron sus órganos,  lo llevaron a casa, aún débil y herido. Al enterarse del estado de salud de Ernesto, una comadre de su mamá lo pidió prestado por unos días. Le prometió a Doña María Luisa que regresaría con él en una semana, le dijo que la dejara llevárselo a su iglesia para que lo ayudaran, que con tantita agua bendita y una misa a su nombre, se curaría poco a poco y por completo, que sólo era cuestión de rezarle al santo niño de Chalma para que Ernesto se aliviara. María Luisa siempre fue una mujer devota a la religión católica, así que lo pensó poco, lo platicó con su marido y aceptó, con el consentimiento de su familia. Trinidad, la amiga de María Luisa, se llevó a Ernesto. La señora y el niño volvieron de Chalma una semana después, un miércoles por la mañana. Ernesto comenzó a mejorarse de sus heridas cuando regresó al cuidado de su madre. Logró recuperarse del todo, incluso con el tiempo se le notó más energía. Por eso terminó la primaria sin recibir una sola de las miles de piedras que sus amigos le llegaron a tirar a su cuerpo y a su cara. Aprendió los quebrados y a multiplicar mentalmente como pocos. Le dieron su certificado de la primaria sin pena ni gloria para el resto de su familia, pero con satisfacción para él mismo. Cuando ingresó a la escuela secundaria, la venta de fierros viejos era su ocupación de fin de semana. Su padre lo mandaba junto con su hermano Alejandro a poner un puesto de compra y venta de alambre en el tianguis de los sábados. Sus demás hermanos, más grandes que ellos, continuaban con el oficio de la calera; eran macheteros y choferes de camiones de redilas por las tardes y estudiantes aguerridos por la mañana. La cuestión del dinero seguía siendo la misma para cuando Ernesto iba ya en tercero de secundaria. Todo lo que Ernesto y Alejandro ganaban en la calera y con la compra y venta de alambres, era para su padre. Para ese entonces, Ernesto ya tenía diecisiete años y llegó a ellos dando dos tropezones en la escuela y varios en su casa. Aunque la venta de varillas de tres cuartos y los rollos de alambre recocido de cincuenta kilos, no sólo le dieron dinero a Don Simón Velázquez; a sus hijos les forjó un recio espíritu; fuertes espaldas, piernas y brazos anchos. Un año después de regresar de Guadalajara, Ernesto terminó la secundaria de mala gana. Se tardó treinta y seis meses más en llegar al final del tercer grado cuando Ernesto ya tenía una piel curtida por el sol, fuertes músculos por el trabajo de cargar y descargar toneladas de arena y grava.

La primera vez que expulsaron a Ernesto de una secundaria fue a sus quince años; la razón, defender a su hermano Alejandro. Resulta que un maestro le aventó un borrador para darle justo en la cara a Alejandro por no poner atención a lo que le estaban enseñando. Dos días después de ese acontecimiento, Ernesto, Alejandro —que era un año más chico que él—, y Carlos, esperaron al maestro afuera de la escuela. A discreta distancia lo persiguieron por dos calles aledañas a la secundaria y en la esquina donde pasaba el extinto Ruta 100, lo golpearon sin darle aviso. La gente miraba atónita la fuerza de los Velázquez, su ira, el profundo resentimiento con el que pateaban al maestro que no logró ni meter las manos al ir cayendo al suelo. La otra causa por la que expulsaron a Ernesto de otra secundaria, cuando ya había cumplido los diecisiete, años fue una bala. Ernesto recordaba que un estudiante de otra secundaria diurna intentó entrar a su escuela que ese día ofrecía una tardeada para los alumnos. Ernesto llevaba un revólver aquel jueves. Su padre lo había disparado una semana antes por la noche; estaba borracho. Don Simón quería apagar la luz de una lámpara en la calle que al entrar por la ventana de su cuarto no lo dejaba dormir. Se levantó de su cama para dispararle a la bombilla que por la mañana habían colocado los trabajadores de la Comisión Federal de Electricidad, justo enfrente de su recámara. Ernesto se acordó del revólver aquel día de la tardeada para tomar la decisión de llevárselo a la escuela secundaria escondido entre la cintura del pantalón y la camisa. Lo tomó del buró del cuarto de Don Simón cuidándose de que nadie lo viera. Cuando llegó a la escuela, no les dijo nada a sus amigos del revólver. Sólo empezó a alardear del arma después de tomarse una de las garrafas de mezcal que varios de sus amigos metieron de contrabando. Ya briago, Ernesto no pudo evitar el impulso de querer disparar, fue entonces cuando vio que una persona intentaba saltar la barda para entrar al colegio, así que le disparó al muchacho que veía moverse sobre el muro, no con intención de matarlo, sino de presumir ante sus amigos y de asustar al extraño. Aún no cumplía los dieciocho años cuando entre varios maestros lo llevaron a rastras a la delegación Miguel Hidalgo el jueves que disparó una bala. Lo detuvieron sólo un día y medio en los separos gracias a que Don Simón pagó la fianza. Ernesto eludió el tutelar de menores porque su padre sobornó al juez de la Delegación, para el enojo y disgusto de los maestros de Ernesto. En los separos de la delegación Miguel Hidalgo, Ernesto se pasó la mitad del primer día inconsciente en el pestilente piso de la celda a causa de ser asfixiado. Lo sujetaron por la espalda dos gañanes robustos, prietos y traidores, que al ver a un muchacho con unos zapatos medio decentes no la pensaron dos veces para ahorcarlo hasta que se desmayó. Al despertarse en aquel espacio inmundo, pequeño y sucio, el frío de los pies no le molestaba tanto a Ernesto cómo la mugre que se le había impregnado. Se le incrustó hasta en las uñas de los pies porque también lo despojaron de sus calcetines azules que tanto le gustaban y que había lavado bien para usarlos en la tardeada. Para cuando Ernesto comenzaba a despertarse, los tipos que lo asaltaron ya tenían cuatro horas de haberse marchado. Fatigado, con hambre y con una resaca pulsante en su cerebro, el olor a excremento y orines le causaba nauseas. El lugar que al principio estaba semi vacío se fue llenando y apestando cada vez más a gente y a orines con forme anochecía. La mayoría de los que encerraban eran vagabundos o vendedores ambulantes, nada de qué preocuparse, pero en la madrugada encajonaron a un tipo de piel muy blanca con manos obesas y una panza enorme. Traía golpes, sangre, mugre, odio, fuerza y ganas de hacerle pleito a quien se dejara. No medía más de un metro con sesenta centímetros; sin embargo, causaba a quien lo viera en ese momento, cierta ansiedad desagradable. Ernesto y los demás se callaron al advertir que entraba entre los empellones y madrazos que le propiciaban los gendarmes. Al estar dentro de la celda, este imbécil tomó a un borracho que se encontraba recargado en una esquina y lo empujó a otro lado, se acomodó en su lugar para comenzar a pegarle a la pared con los antebrazos provocando sonidos sordos y pausados hasta que se cansó de gritar que su esposa era una perra. La celda se mantuvo tranquila y tensa hasta que tres horas después de que ingresó el chaparro gordo, los policías llevaron a la celda a alguien que parecería ser un integrante de la Mara, un pandillero de El Salvador, un asesino por antonomasia. Dieciséis años se le veían en el mentón aún no desarrollado al muchacho, pero su piel tatuada y curtida daba una sensación de amargos años. Su rostro de piedra y una rajadura enorme en el cráneo imponía temor al que lo veía. Este ser se plantó en medio de la celda y comenzó a mirar  uno por uno a los detenidos. Los escudriñaba con cuidado para que notaran su irritación de toro acuchillado. Continúo mirando uno por uno a los encerrados hasta que se encontró con los ojos del tipo obeso con piel blanca. Lo tanteó a él un poco más que a los otros pero no hizo nada. Se fue a una esquina a dormirse sentado. Transcurrió la noche. Ernesto pensó en Guadalajara, en lo que había platicado con su amigo Pepe una madrugada que se emborracharon en el patio de su casa. Al atardecer del otro día, Don Simón se llevó a su hijo Ernesto a la casa. Cuando llegó el padre de Ernesto con su hermano Enrique y lo vieron salir descalzo de la celda, empezaron a reírse para después abrazarlo. Al llegar a la calle de Sericultura donde vivían, su hermana Cristina y su madre le dieron un plato de arroz y un agua de sandía que bebió con ansiedad y gusto. Después de probar aquellos alimentos de preparación simple, pero deliciosos, se fue a descansar tarde y noche en su recámara. Se quedó profundamente dormido, así que para las cuatro de la mañana cuando una cubetada de agua fría lo despertó, sintió el líquido como un machetazo en la espalda. —No quieres estudiar. Ponte a trabajar, cabrón —le gritó don Simón—. Por tu culpa ya no tengo mi revolver. A trabajar para que me lo pagues. Ernesto, temblando y desconcertado por el agua fría que le arrojaron a su cuerpo, se cambió los pantalones y la playera. Se puso “ropa de carácter” como le decía Don Simón a la ropa de trabajo para salir de su casa e ir a la calería. Saludó a los macheteros, dos eran hermanos suyos, y comenzó a trabajar cansado y fastidiado. Lo pusieron a llenar un camión con bultos de cemento. Se le fue el día a Ernesto cavilando una sola cosa que ya antes había pensado, partir solo y con unos pocos pesos a Guadalajara; quería nueva vida, en la que no tuviera que levantarse en la madrugada para  llenar un camión con grava o cemento, o para ir a las minas a recoger tabiques, un esfuerzo físico que le dejaba las manos ensangrentadas. El menosprecio de su familia era otro buen motivo para largarse de su casa. Porque aunque lo querían, siempre lo vieron como el más escandaloso y borracho de sus hermanos. Esa noche de sábado, en el frío de la oscuridad, tomó el Súper Bee de ocho cilindros y le quitó los quemacocos. Se lo llevó de madrugada para que su familia no se diera cuenta que se lo estaba robando. Tenía copia de las llaves pero le pertenecía a su padre. Se sentía indomable en aquel coche deportivo de un color rojo brillante, puso música de José Alfredo en la radio y recorrió la autopista de Querétaro rumbo a Guadalajara a más de ciento ochenta kilómetros por hora. Con aquella máquina de una ingeniería preciosa, aceleró lo más que pudo en una recta hasta reventar el velocímetro, forzó tanto el motor durante varios kilómetros, que casi pierde la vida contra otro auto. Llegó a Guadalajara por la mañana. Se detuvo en una cantina para desayunar, y beber un poco, tenía las cosas bien pensadas, conocer el pueblo de Tequila antes de buscar trabajo. Mientras desayunaba unos huevos con jamón, se acordó de su amigo Pepe. Un compañero de la primaria que terminó por dedicarse al contrabando de piezas de autos, de camiones o de lo que llegara a sus manos. Las remataba a muy buen precio en las refaccionarias de la Lagunilla. En una ocasión, Pepe llegó en la casa de Sericultura cerca de Circuito Interior. Llegó con un camión repleto de tocadiscos punta de diamante y le pidió ayuda a Ernesto para guardarlos ahí mientras encontraba quien se los comprara. Necesitaba de un tiempo para conseguir un buen precio por ellos y que valiera la pena el riesgo de habérselos robado de madrugada en una tienda SONY ubicada en el andador peatonal de Madero en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Los descargaron en el patio y los cubrieron con una lona enorme que parecía carpa. Después, fueron a la vinatería por dos botellas de Presidente, conectaron uno de los aparatos para escuchar a José Alfredo Jiménez; en específico, el Corrido del caballo blanco, por eso, meses después, Ernesto pensó en Guadalajara. Se embriagaron con densidad aquella noche, platicaron de sus ansias y aspiraciones, apenas tenían cumplidos los dieciséis años. Al terminar el desayuno, Ernesto regresó al coche y se dirigió a su destino. Trazó el camino en su mente y exigió habilidad y astucia a sus sentidos. Comenzó a maniobrar en las curvas de tal forma que en el camino logró apreciar la vastedad de la carretera, de la tierra árida y sin trabajar. Soltó una mano del volante y se mantuvo a velocidad constante hasta llegar a Tequila. Observó que el pueblo era pequeño, de casas de adobe, limpio y con unos caminos de tierra y otros de asfalto. Fue recibido a la entrada del municipio por una persona que amablemente se ofreció a llevarlo a conocer las destilerías. Cuando lo invitó a probar el licor en una pequeña factoría casera, Ernesto aceptó sin reparo. Le dieron a beber directo de las barricas, le vendieron garrafas de tequila a muy bajo costo, saboreó mezcal que ardía durante horas en su mente y en su estómago, bebió acompañado de unos extraños que conoció en la pequeña fábrica y que, como él, estaban llegando al pueblo con ganas de aventura. Se pasó la noche cantando y tomando hasta que se quedó dormido. Le robaron el coche sin darse cuenta. Al despertar del otro día lo primero que hizo fue palpar su pecho. Fijarse si había perdido su collar de mecate donde traía colgando la imagen del Santo de Chalma. Después de que la sintió con sus dedos se tranquilizó. Desde niño la llevaba. Luego se fue acordando del lugar donde estaba, buscó entre sus ropas las llaves del Súper Bee, y no encontró nada. Molesto por su descuido, caminó durante horas sin rumbo hasta que se resignó a llamar a su casa desde un teléfono público ubicado en una esquina. Tuvo que cargar el mandado de varias señoras que regresaban del mercado a su hogar para tener unas cuantas monedas de a peso. Marcó desde una cabina telefónica roja de la compañía maxcom con la esperanza de que contestara su hermano Alejandro, pero el auricular fue levantado por su padre. Ernesto le dijo a Don Simón que no tenía dinero para regresar a la Ciudad de México, que tenía hambre, que estaba solo y cansado.

—¿Verdad que no en cualquier lugar hay árboles de tortilla, cabrón? Ya no tienes gasolina, verdad? Pero cuando regreses te va estar esperando la carretilla y la pala. Alejandro fue por Ernesto en el Valiant negro por órdenes de su padre. Mientras esperaba, Ernesto se quedó dormido en una banca de fierro en el kiosco de la plaza.

 


De “Los Murales de Anáhuac”

 

 


© Rodrigo Velázquez Solórzano. Nació en Ciudadde México en 1986. Estudió Letras en la Coordinación Nacional de Literatura, Arte contemporáneo y Educación Artística en el Centro Nacional de las Artes, así como Ingeniería Electrónica con Especialización en Automatización y Control, en el Tecnológico de Estudios Superiores de Ecatepec. Es profesor de Física y Matemática, actividad que ha complementado con la de escribir cuentos, poemas, obras de teatro, crónicas y análisis políticos.

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