20—07—69 / La piel
por José Luis Díaz Marcos
20—07—69
La viuda de Neil Armstrong encuentra
artefactos del paseo lunar en un armario.
CNN. 10/02/2015.
En su dormitorio, espacio conyugal durante décadas, Carol Armstrong temió desfallecer ante las puertas de un armario ya solo suyo. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde…? ¿Semanas, meses…? No estaba segura. A pesar del generoso y unánime apoyo recibido, todas sus certezas habían quedado difuminadas, luces en la lluvia, bajo un oscuro derrame de dolorosa soledad.
Neil Armstrong, primer hombre en pisar la Luna para el mundo y el amor de su vida para ella, había marchado de nuevo hacia las estrellas. Esta vez, para siempre. Su corazón, su enorme corazón, se había detenido incapaz de seguir el ritmo frenético e incansable de la vida. Qué desgracia. Para ambos.
Asumida su nueva condición, Carol, viuda del insigne astronauta, acarició la misma madera que su difunta mitad había tocado tantas veces y, por un instante, «¡Neil…!», creyó notar la amorosa piel de sus dedos. Ahogó un gemido.
No estaba preparada. Nunca lo estaría. Pero debía hacerlo. Asió ambos pomos con firmeza, inspiró profundamente, «Ayúdame…», y tiró, resignada, abriendo al presente el túnel del pasado. Y, tal como sabía, allí estaba él sin estarlo, ausencia de cuerpo presente en cada traje, en cada objeto, en cada fue y ya no es. «Neil…».
Por dónde empezar y qué hacer con sus pertenencias, con aquellos recuerdos que, demasiado banales o dolorosos para ella, decidiera no conservar. Respecto a lo segundo, «Acabarán repartidas por museos de todo el estado, patriotas orgullosos de difundir la leyenda de su héroe cósmico, de mi estrella», valoró. Respecto a lo primero…
«Mejor ir poco a poco», convino. Así, paseó la vista, indecisa, hasta descender a los zapatos, a las cajas, a… Estiró el brazo y tanteó el rincón derecho del armario. Sí, allí estaba el familiar volumen. Desde hacía, «Parece mentira…», casi cuarenta y cinco años, desde que su esposo, comandante del Apolo 11, pasase a la historia en compañía de los pilotos Buzz Aldrin y Michael Collins.
Se trataba de una bolsa de tela blanca semejante a un gran neceser. Por lo que ella sabía, aquélla era conocida como bolsillo McDivitt, en honor a James McDivitt, guía del Apolo 9, y estaba destinada a contener clavijas e instrumentos utilizados durante las misiones.
Y nunca la había abierto. Nunca. La despreocupada respuesta de Neil, «Cosas de trabajo», a la conveniente pregunta bastó, en aquella otra existencia ya perdida de 1969, para desanimarla. Hasta hoy. De algún modo, era esa incógnita la que ahora, harta de esperar, parecía salir a su paso.
Separó el cierre «de monedero» revelando el contenido. A simple vista, un variopinto conjunto de objetos se amontonaba sin orden ni concierto. Dispuesta a identificarlos, los vació en el suelo, sobre la alfombra.
Una cámara de cine, dos correas, una red, una bolsita negra de plástico, piezas diversas… Así hasta un total de veintiún elementos, contó Carol antes de sacar una fotografía.
Escuchado el ya mítico relato de boca del propio Neal y vista su grabación televisiva hasta la saciedad a lo largo del tiempo, la asaltó la duda sopesando la cámara de cine, el más aparente de los objetos contenidos en el bolsillo McDivitt: «¿Fue la que grabó la pisada de Neal sobre el polvo lunar?». Seguramente. Imposible saberlo con certeza.
«¿Y la bolsita?», reparó. «Pesa poco y su contenido es rígido…». La abrió también. Contenía, según pudo ver, una larga tira de película enrollada sobre sí misma. La puso al trasluz y contempló, uno a uno, los respectivos fotogramas.
…hueco rectangular en el firmamento, muy cerca de la Tierra, muestra una posterior pared de hormigón; escalera de mano y botes de pintura junto al Eagle alunizado; peones en mangas de camisa trasladan tablones entre cráteres; Armstrong, Aldrin y Collins, sin sus respectivos cascos, bromean con la supuesta ingravidez espacial,…
Desplazado por un instante el desconsuelo de la pérdida, Carol quedó conmocionada por el descubrimiento. «No es posible. Quiere, quiso, gastarme una broma. Conociéndome, supuso que, antes o después, acabaría cediendo y… Sin embargo, si lo piensas…» Un montaje así no encajaba con la profesionalidad de Neil, con su compromiso público, con su entrega absoluta a la causa espacial y a su propio país. «¡Hay cosas que maldita la gracia!», había soltado en alguna ocasión, molesto con insinuaciones semejantes. «Nunca habría corrido el riesgo, estoy convencida, de que una mofa parecida llegara a los norteamericanos, al mundo. Ni siquiera conmigo».
«A menos…». Tuvo que sentarse en la cama, indispuesta de repente. «A menos que creyese tener la seguridad absoluta, protegido por alguien, o por algo, de que nunca vería la luz. ¿Protegido, quizá,… por un gobierno?». Si era así, en el turbador caso de que fuese así, el alunizaje del Eagle, módulo del Apolo 11, en el Mar de la Tranquilidad del satélite terrestre, con su marido y otros dos hombres a bordo, habría sido… una invención, un escandaloso paripé. Tan falso como el contenido del mensaje grabado en una placa conmemorativa adjunta a una de las patas del mismo Eagle .
¡El pequeño paso para el hombre, gran salto para la humanidad, dado por el pionero Neil Armstrong, su Neil, momento histórico seguido en directo por seiscientos millones de personas en todo el planeta, habría sido, increíble,… una película de ciencia ficción!
¿Y por qué? ¿Para qué? «¿Para inclinar a nuestro favor la balanza de la guerra psicológica contra el archienemigo soviético? ¿Para dar una vuelta de tuerca, otra más, a la guerra fría?» ¿Por alguna otra razón que ella no alcanzaba a vislumbrar?
Por lo que fuera. Poco importaban ya los motivos. Terminada la metafórica emisión, el «The end» ya había salido. Hacía cuarenta y cinco años. «Y, por lo que a mí respecta, no seré yo quien critique a estas alturas el desarrollo de la historia ni la interpretación de los actores. Sobre todo, la del protagonista, mi adorado protagonista».
«¡Hace frío…!», se dijo de pronto frotándose los brazos. «Encenderé la caldera. Tengo entendido que el celuloide arde bien».
La piel
En la Puerta del Sol, ante la Real Casa de Correos, la muchedumbre aplaudía gozosa los últimos estertores de un año que se desangraba, segundo a segundo, apuñado por las agujas del gran reloj.
Extraviado su amigo Lucas, «¡Ya aparecerá…!», entre las olas de la multitud, Carlos intentaba beber a morro sin malograr dientes ni uvas. A su alrededor, los villancicos se confundían con las voces y las risas, con los cohetes y las panderetas, con los selfis y los besos…
En la torre: XI:LIX .
Un repentino vaivén lo empujó hacia atrás golpeando su cabeza contra alguien, supuso. Se volvió temiendo haber causado algún daño: junto a él, un desconocido se sujetaba la mandíbula con expresión furiosa:
–¡¿Eres imbécil?!
–Lo siento… Yo no…
–¡Tú, sí!
–Perdona... Ha sido
Y antes de que pudiera terminar la frase, un súbito puñetazo en pleno rostro hizo que la ruidosa noche explotara, «¡Tump!», en una silente oscuridad.
Se descubrió…
…tumbado, quejumbroso de repente, «¡Mi nariz…!», y embutido entre un bosque de piernas inmóviles. Arriba, encendido por las luces, el silencio.
«¡¿Qué pasa?! ¿Por qué todos…?».
Se alzó.
Y…
El energúmeno con el puño aún frente a él.
…recordó.
Y...
La Nochevieja en el kilómetro cero de Madrid se había detenido.
…comprendió, no obstante, sin entender nada.
En la torre: XII.
En las muñecas más próximas: 00:00.
«¡El mundo, como también los relojes,… se ha quedado sin cuerda! ¡¿Por qué?! ¡¿Y por qué yo no…?! Espera… ¿Esto no será…? ¿Cómo se llama la broma esa de imitar a las estatuas? Manne… ¡Mannequin Challenge!».
Reparó en la furia contenida del violento.
«No, claro que no… Esto no es ninguna broma…», se dijo acariciándose la nariz, aún doloroso latido. Y entonces sintió la humana tentación, «¡Bestia!», de la venganza:
–¡Ahora mismo sería capaz de… de…! ¡Y no podrías hacer nada para impedirlo! ¡Nada!
«Nada…», se repitió girando sobre sí mismo, cayendo en la cuenta: «Podría quedarme con cualquier cosa… Podría hacerlo que quisiera conquien quisiera…».
Temió el alcance del cálculo.
Y así, perdido y asustado, descubrió en las alturas, sobre el enorme cono de la Lotería, minimalista árbol navideño, sendos globos infantiles: próximos entre sí, y de manera incongruente, ambos contradecían al helio que los llenaba flotando inmóviles en el espacio.
«Como en una pesadilla…¡No! ¡Peor, mucho peor que en una pesadilla, porque estoy despierto! Para mi desgracia, estoy tan lúcido como sobrio. Porque esa es otra: los pocos tragos que llevo no justifican, ni de coña, esta locura!».
De súbito, un parpadeo en la torre llamó su atención: la esfera translúcida del reloj titilaba como una mera bombilla a punto de expirar.
«¡Está ahí dentro! ¡Cómo en aquella película de Adam Sandler , quien sea, o lo que sea, que haya pulsado el Pause,… está ahí dentro!».
Buscó abajo y enfrente, tras las vallas y el cordón policial también rígido que contenían a las estatuas, la puerta de la Real Casa de Correos.
Se abrió paso, como pudo, intentando no derribar nada: «Una caída, una sola, y los convierto a todos en el peor dominó de la historia…», se dijo.
Poco a poco, «No es precisamente… fácil…», fue progresando hasta la cabeza del gentío. «Un último paso y…», se tranquilizó sintiendo ya el metal del cierre amarillo.
Y fue ese exceso de confianza lo que a punto estuvo de desencadenar la multitudinaria reacción en cadena: un leve respingo suyo, apenas roce, y una chica, a su izquierda, se tambaleó como un bolo a punto de caer.
Aterrado, «¡Quietaaa…!», logró devolverle el equilibrio.
Poco después, eludida ya la asfixiante muchedumbre, resopló de puro alivio.
«¿Y cómo entro? En buena lógica…», sospechó reparando en el policía detenido ante el portón de la Real Casa. «¡Ok, agente!», confirmó rápido: en el cinto, un manojo de llaves.
«¡Cómo resucite ahora, voy a tener un serio problema!».
No fue, «¡Menos mal!», el caso.
Descartó errores, «¡Tenía que ser la última!», y entró en el edificio. En el vestíbulo, sobre su cabeza, el hueco sobre el que pendía la maquinaria del reloj, el hueco por el que parpadeaba una intensa luz.
Ascendió los peldaños, curioso y aprensivo, hasta la última plataforma de la torre. Y allí, mordido entre las cremalleras circulares del artilugio, yacía, exánime,…
… un jirón de… «¡¿Piel…?!», brillante pan de oro sobre cuya superficie, grande y oblonga como una tajada, huía una eterna proyección de imágenes: personas, espacios, texturas, animales, planetas…
«¡¿Un desgarro… cronológico?! ¿Algo así como un pellizco de la curva espacio-temporal en el reloj de la Puerta del Sol, uno de sus medidores? ¿Eso es posible? Lástima que Einstein no esté aquí para preguntárselo. Aunque, si estuviera,… ¡Sería otra figurita del espantoso belén!».
Buscó a su alrededor, «Si sangrara…», la supuesta herida temporal.
Tocó el fino pellejo: «¡Ay! Está caliente… ¡El tiempo quema! ¡¿Y ahora…?! ¿Debo suturarlo en su orden, en su milésima desollada, para que la vida siga fluyendo?».
Estudió el mecanismo de relojería. «¡En algún sitio debe tener…!». Reparó en un fuste sobresaliente en el lateral más próximo, en la ondulación de una empuñadura.
Se encogió de hombros, «¿Qué puede pasar? ¡O funciona o no funciona!», y…
El conjunto traqueteó durante unos segundos liberando, de repente, el estorbo que lo detenía. Así, la piel y su eterna cadena gráfica de espacio-tiempos cayeron disolviéndose, aún en el aire, con un suspiro de humo.
–¡NO!
Carlos corrió, «¡Ay, ay, ay…!», escaleras abajo.
Con la incertidumbre en la garganta, y ya en el vestíbulo, salió: los miles de personas allí reunidos, algarabía tiesa, para celebrar la llegada del nuevo año… «¡¿DÓNDE ESTÁN?!».
Borrados casi todos, alguien yacía al pie de la fuente.
«¡¿Lucas…?!», dudó.
Fue, corrió, hacia él.
–¡¡Lucas!!
Lo zarandeó, «¡Despierta! ¡Despierta!», consiguiendo reanimarlo:
–¡¿Estás bien?!
–S, sí… Solo… solo echaba un sueño: empalmar la fiesta de Nochebuena con la de Nochevieja es mucha fiesta incluso para mí... ¿Dieron ya las campanadas? ¿Y… y la gente? ¡¿Dónde está todo el mundo?!
–¡No lo sé, tío! Es cosa del tiempo…
–¿El tiempo? ¿Va a llover?
«Aquí, unos hombres procedentes del planeta Tierra pisaron por primera vez la Luna en julio de 1969 d.C. Vinimos en paz, en nombre de toda la humanidad. - Presidente de Estados Unidos de América - Richard Nixon».
Click. Frank Coraci. 2006.
Lámina muy fina de oro batido usada tradicionalmente en decoración.
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