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Detrás de las cortinas

por Javier Cruz Roque

 

 

Joaquín cabalga lentamente por la carretera que serpentea entre las montañas. Le gusta la vista que desde lo alto puede tenerse de la hermosa bahía de bolsa en la costa norte, sobre todo cuando el sol naciente tiñe las cúspides de los cerros y los nubarrones se aglomeran hacia lo lejos sobre el mar. «Lloverá, estoy seguro», se decía a sí mismo mientras iba para el pueblo con algunas diligencias que no podían esperar.

De pronto volvió a sentir el mismo sabor de almendras amargas que tuvo al despertar en la víspera, luego de unos sueños tormentosos en los que vio cómo sus hijos eran arrastrados hacia un abismo, mientras unas voces guturales lo llamaban desde la profundidad.

Ensimismado, pensaba en lo majestuoso de la naturaleza y en ese instante creyó en el poder redentor de un buen café, cuando el agotamiento aparece al final de cada jornada.

De repente recordó que en una mañana radiante amarraba el caballo en la cerca del pequeño bar-cafetería del poblado de Quiñones, a pocos kilómetros de Bahía. Se acercó al mostrador sin resistirse a la tentación de observar a la mujer que estaba sentada en una de las banquetas. Chasqueó los dedos y pidió un doble de guayabita sin quitarle los ojos de encima a la muchacha, al tiempo que ella dibujaba una sonrisa, quizás algo nerviosa. «Es oriental. Me gusta ese color de piel. ¡Qué clase de piernas! Todo el mundo la mira», pensó. Y de pronto sintió un vuelco en su corazón cuando la joven se tornaba de perfil, porque le pareció reconocer en ella a una novia que tuviera en sus años mozos. La hermosa mujer se levantó y Joaquín apenas tuvo tiempo para verla alejarse escaleras abajo, con su cadencioso caminar, hasta que se montó en un camión cargado de pasajeros a punto de partir.

El caballo resbaló en una piedra. Joaquín tiró fuertemente de las riendas. El viento húmedo y con olor a tierra mojada, silbaba en las ramas de los árboles. Le parecía raro que la carretera estuviera despejada. «A lo mejor la gente le cogió miedo al temporal. Mejor…, en definitiva nunca falta un loco que se dice chofer..., yo estoy bien con este penco. Allá quien no tenga ni una bicicleta.» A pesar de la dura situación, su plato fuerte era no coger rabieta y a menudo solía decirse: «Total, uno si se va a morir se muere hasta en la cama». Hacía varias semanas que le preocupaban sus hijos. Cada vez que salían de pesca siempre se quedaba con el sinsabor de no volver a verlos. Tenía sueños recurrentes donde los veía luchando en medio del golfo bajo el asedio de los tiburones, en una tormenta infernal. Esa pesadilla lo perseguía casi a diario. Temía escuchar la noticia en boca de la gente, por eso quería convencerlos definitivamente para que no siguieran el peligroso juego de lanzarse como corderos al matadero.

Ahora Joaquín se acordaba de sus travesuras, no era de extrañarse que así fueran. Por aquellos entonces tenía menos de quince años.

Una vez le amarró un cordel con latas vacías al rabo del caballo de su padre, le dio un fustazo en las ancas y el animal corrió por toda la llanura y no paró hasta enredarse con la punta de maíz; entonces salió en su búsqueda para evitar males mayores. En otra ocasión se apuraba pastoreando la vaca porque deseaba ir a la canturía que se preparaba en el batey del pueblo. Mientras regresaba a casa, escuchó el trinar de un laúd a la vez que maquinaba la broma que haría. Al llegar a la fiesta le dijo a su amigo Cuquito que la hija del bodeguero, con quien éste se entendía últimamente, lo estaba esperando debajo del almendro cerca del charco de las truchas. En un inicio Cuquito no le creyó mucho, pero como se lo decía tan seriamente, acabó por convencerse. En aquel momento los dos se fueron; el primero para la presunta cita, el segundo para la fiesta.

Los poetas repentistas hacían controversias y la gente reía a carcajadas. En el patio servían ajiaco. Joaquín le escondía el sombrero a un viejo cuando vio acercarse a Cuquito con una expresión seria en el rostro; bien supo qué podría pasarle a uno cuando lo miran de esa manera. «Compadre, no sé por qué soy tan guanajo. Cualquier día te rompo la nariz por verraco», le dijo. En otra ocasión Joaquín le cayó a pedradas a las colmenas de Gregorio y las abejas casi le mataron la puerca que tenía en el platanar. Aquello le valió una buena zurra porque su padre y Gregorio no podían verse ni en pintura, después que este último jurara madurarle el lomo al muchacho si lograba echarle garras, porque anteriormente Joaquín le había soltado la mula y el pobre Gregorio estuvo un día con su noche buscando al animal, hasta encontrarlo finalmente pastando a orillas de un charco del río Madrazo. Otro buen día Clementina, la vecina de enfrente, quien le tenía tremendo miedo a las ranas y a toda suerte de bichos, se bañaba muy canturrona, como solía ser, en el bañito del patio de su casa; entonces una mano misteriosa agarró un sapo verde verrugoso y se lo soltó por debajo de la cortina. La vieja salió disparada gritando como una elefanta en cueros limpios, con la pellejera de tetas saltándole en el pecho. En aquella ocasión Joaquín salió ileso de golpes, pero con una buena descarga de improperios y amenazas por parte de su padre, porque aquel incidente fue la comedia del barrio por mucho tiempo.

Los fulgores matinales lentamente despertaban al poblado de Quiñones. Joaquín amarró la yegua en el lugar de siempre, se sentó en el mismo asiento donde aquella vez viera a la muchacha morena. Era inevitable que pensara en ella y saboreara su perfume en el recuerdo, mientras una comezón comenzaba a recorrerle el cuerpo. Ordenó un doble de ron para calentar las coyunturas de los huesos. No lograba explicarse qué le sucede a la gente cuando los años tocan a su puerta, porque lejos de envejecerles el espíritu, les toma nuevos bríos, quizás para vivir lo no vivido, o porque el fuego en los ojos y en el corazón jamás se apaga.

— ¿Joaquín? — La voz de Carlos lo hizo volver a la realidad.

— ¡Ah! ¿Qué?

— Concho, socio. Estás lejos de verdad. Quería decirte algo.

— Sí, dime.

— Compadre; horita me dijo Cuca que anoche se fueron los hijos de Julio, y mira como está el tiempo. En su casa están todos locos.

De repente Joaquín sintió resequedad en la garganta y bebió el último sorbo del vaso, porque una sospecha relampagueaba en su mente. Temía llegar a casa y encontrarse con la noticia. Las manos le temblaron levemente. Un sudor frío le humedecía la frente, también el bozo sin rasurar desde hacía tres días. Entonces pidió otro trago y se lo bebió de un tirón. Los muchachos de Julio y los suyos se criaron juntos, siempre fueron uña y carne; en más de una ocasión le habían pedido la lancha para salir de pesca, y ahora esa noticia.

—¿Y... se fueron solos?

— Me dijo Cuca que con dos primos suyos.

La quietud retornaba lentamente a Joaquín como la bonanza después de un vendaval. «Los míos están en casa. El tiempo no está bueno y quién sabe el infierno que los esté azotando en alta mar.» Pero temía por la suerte de los otros. Un soplo movió las alas de su sombrero. El caballo golpeó con los cascos en la grava. Joaquín no vaciló, pagó la cuenta y fue hasta el corcel. Montó en él y emprendió el regreso como minutos atrás mientras se despedía agitando la mano. Tenía la intención de apurar el paso, pero desistió porque el caballo estaba muy viejo y aún le faltaban varios kilómetros por recorrer. Y recordó el segundo encuentro con la muchacha un domingo de ramos después de misa. Se sintió turbado al verse frente a ella y observarla con aquel vestido blanco ceñido a sus curvas, y respirar su fragancia de jazmín; su estado fue tal que ni siquiera atinó a preguntarle su nombre. La energía que emanaba de ella contagiaba hasta el punto de que casi todos dentro de la iglesia no podían resistir la tentación de mirarla; quizás algunos la acusaban por su modo de vestir, otros eran aguijoneados por el deseo solapado que latía en sus pensamientos. «¿Cómo te llamas?». Finalmente le preguntó. «Martica», le respondió. «¿Y dónde vives?». «En la Playita, cerca del viejo faro». Hacía algunas semanas que una nueva familia que se había mudado para allí, pero ni remotamente Joaquín pudo asociarla con la exquisita muchacha que tenía delante de él. Algo le llamaba la atención de su rostro, la mirada, la tez o el perfil que le recordaba a alguien que se perdía en su memoria.

Al llegar a la bocacalle, cerca de su casa, varias niñas jugaban; lo miraron sonrientes y Joaquín les devolvió el mismo gesto casi infantil, quizás porque recordaba que una vez tuvo esa edad. «Me parezco un potro cerrero. Cuando pienso en ella me hierve la sangre. Juanita no se merece esto. Espero que esa muchacha esté en su casa, es la única forma que tengo de verla, lejos de los ojos chismosos... ¡Mal rayo los parta! Se ve que no tienen nada que hacer; siempre pendientes de que si ciclanito es cherna, que si esperancejo es negociante, o que si a fulanito se lo están comiendo a tarros. Que se vayan todos a la puñeta... En definitiva, a la hora de los mameyes muchos se destiñen», pensaba antes de detener el caballo frente a la casa. Se desmotó y amarró al animal a un tronco de piñón a pocos metros del portal en una especie de corraleta que había hecho donde lo dejaba pastando. Cuando entró vio a su mujer en cama, preocupada.

—¿Dónde están los muchachos? — le preguntó alarmado.

—Salieron anoche de pesca. Estas son las santas horas y no llegan.

De pronto Joaquín tuvo miedo de que hubieran emprendido viaje y de que se los hubiese tragado el golfo. La vista se le ofuscó hasta el punto de comenzar a dolerle la cabeza.

Juanita lo vio tan indefenso y se alarmó. Ambos cayeron en un silencio brusco que los hundió en la locura de imaginar a sus hijos devorados por las dentelladas de los tiburones, perfectas maquinarias asesinas, enviciadas a la carne humana, devoradoras de vidas náufragas que atisban luces y escuchan cantos de sirenas más allá del horizonte norte, lejos de los embrujos de la llave del golfo, de este trozo de tierra que los viera nacer. Pronto escucharon ruidos de bicicletas acercándose; eran los muchachos quienes asomaban por la puerta con olor a marisco, enseres de pesca y un par de sartas de pescado fresco.

Al amanecer, Joaquín despertó con nuevos bríos. Tenía una idea fija: el fin de semana entrante se llevaría a sus muchachos para que le ayudasen en la siembra de malangas pues, si no le fallan los cálculos, le sacaría buen partido a una tumba de tierra limpia en la ladera de una loma. Sin pérdida de tiempo salió para los muelles en busca de carnada, tal vez un poco de bocones o manjúas, para salir de pesca por la noche con sus hijos. Más tarde pasaría por casa de aquella muchacha, pues había averiguado cuál era su exacto domicilio. No sabía a ciencia cierta si Juanita sospechaba algo sobre sus andadas donjuanescas, pero a la altura de cómo estaban las cosas, le importaba un bledo que el sol saliera por el norte; así era de obstinado en sus pasos. No era la primera vez que imaginaba ser un viejo terco, y después se reconfortaba diciéndose que algún achaque debía tener porque no en balde los años pasan.

Mientras se acercaba a los espigones se alegró de que casi todas las lanchas estuvieran ancladas en sus lugares, porque sin darse cuenta se le habían escapado los deseos de echarse a la mar. Una vez en el muelle, se montó en su pequeña cachucha y comenzó a achicarle el agua con una vieja lata. «Seguramente la noche fue mala, a lo mejor por el mar de leva», susurró. Luego de haber terminado de sacar el agua, salió a encontrarse con la muchacha que tanto lugar le ocupaba en la mente y le hacía parecer que estaba en las nubes, perdido en el limbo de sus extraños deseos. Se detuvo frente a la casa que otrora fuese de un amigo suyo y recostó la bicicleta en un horcón del portal. Una vez frente a la puerta, tocó tres veces. La impaciencia, la incertidumbre de estar haciendo el ridículo y de haber caído en las trampas del destino lo hicieron vacilar por un instante, de manera que tuvo la intención de volver sobre sus pasos y echarle tierra al asunto, pues de repente pensó en lo estable de su casa y que a esas alturas de su vida todo se podría hundir por creerse Don Juan Tenorio, como si de pronto fuera aquel joven apuesto que un día conquistara corazones con sólo miradas, cuando pasaba el servicio militar en una pequeña unidad perdida entre las montañas orientales. La puerta se abrió. Del interior salía una mezcla de olor a aromatizantes y especias en pleno sofrito.

—Buenos días. Usted no pierde tiempo, Joaquín. — Le dijo la muchacha arreglándose la blusa cuyas mangas recortadas dejaban al descubierto los hermosos hombros.

—Buenos días. — Le devolvió el saludo y sus ojos casi saltaban de júbilo al ver a la lozana mujer que ante él sonreía.

—Pero entre, Joaquín. No va a estar el día entero parado ahí.

Joaquín se sentó en la silla cerca de la puerta mientras ella lo observaba de manera singular desde el sofá de enfrente. El silencio se imponía entre los dos sin que ninguno se atreviera a romper la calma que reinaba en el interior de la casa. La muchacha vacilaba cambiando la vista a través de la ventana, desde donde podían verse las olas rotas por la quilla de una lancha que se acercaba al muelle. La brisa se filtraba y movía las cortinas que cubrían la entrada del cuarto.

—¿Joaquín, estás ahí?

Se sintió descubierto y no sabía qué decir porque el timbre de voz le era familiar, tanto que de nuevo imaginó estar en aquel bohío bajo el pertinaz aguacero en el ocaso de una tarde gris. Aún le parecía escuchar el jadeo, los suspiros y hasta creyó sentir el calor de los cuerpos abrasados bajo la diabólica tempestad. La muchacha desnuda con su piel canela erotizada por las caricias, las palabras suspiradas al oído y las promesas de un pronto regreso, porque él se iría al día siguiente por haber concluido su servicio militar.

—Se llama Marta, pero puedes decirle Martica — continuó la mujer asomándose a través de las cortinas.

Joaquín reconoció a la ardiente novia, la muchacha de quien se despidiera veinticinco años atrás. Otros pasos se detuvieron en la puerta de entrada y todos miraron a la recién llegada; era Juanita que tenía el semblante triste. Joaquín conocía bien esos labios apretados y la humedad en los ojos de su mujer. Ella le alanzó una nota, él la tomó y comenzó a leerla. Juanita se sentó a su lado, totalmente ajena a los reales motivos de la visita de su esposo.  «Viejo, perdona nuestros sueños de grandeza. Manuelillo y yo los queremos mucho. Todo va a ser distinto cuando volvamos. Tuyo, Quinito.» Miró a Marta y a su hija; entonces recordó las cartas sin respuesta que le escribiera a su novia, los largos años de silencio y sintió un nudo en la garganta por la partida de sus hijos enfrentándose al golfo, a las aguas sanguinarias que tantas vidas se han tragado; y se maldijo por no haber pasado antes de acostarse por el cuarto de los muchachos para abrazarlos y bendecirlos, aunque hubiera sido por última vez, antes de que ése silencio que le golpeaba en los oídos lo dejara sin aliento.

 

 

 

 


© Javier Cruz Roque, Marianao, La Habana, 1969. Tuvo sus inicios como escritor en el Taller Literario perteneciente a la Casa de Cultura “Cirilo Villaverde” de Bahía Honda, actual provincia de Artemisa, lugar de residencia permanente. Ha obtenido distintos premios y distinciones en certámenes: encuentros de talleres literarios municipales y zonales desde 1994 hasta el 2000, finalista en el Concurso Nacional de Cuentos “Ernest Hemingway” de 1997, premio en las ediciones del 2004 y 2005 del Concurso Nacional “Dr. Mario Muñoz Monroy” del Sindicato Nacional de los Trabajadores de las Comunicaciones, Finalista en el Premio Farraluque de Literatura Erótica 2005, Primera Mención en el Premio Beca de Creación Literaria Artemisa 2014 y Tercera Mención Honorífica en el Premio de Poesía “Lazos” de la Embajada de los Estados Unidos de La Habana, en 2015.
Desde 1987 hasta nuestros días, ha publicado en la prensa provincial de Pinar del Río cuentos y poemas suyos, también en sitios de internet tanto nacionales como internacionales. En el 2001 el sello editorial El Fausto, del Centro de Promoción del Libro y la Literatura Hermanos Loynaz publicó su primer volumen de cuentos titulado “El vuelo de la muerte”; posteriormente en 2008 también vio la luz su segundo volumen titulado “Tiro de gracia” bajo el mismo sello, presentado en la Feria Internacional del Libro de 2009 de La Habana, en San Carlos de la Cabaña. Actualmente colabora con la Revista de Cultura Cubana “La Jiribilla” de La Habana. Su texto titulado “El majá de Casanova”, aparece en el libro “Leyendas de Artemisa” publicado por Gente Nueva. El cuento “Sicarios” fue publicado en la revista “Diana”, de la provincia Artemisa. Desde el año 2011 es miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).


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