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Andreas Tenía Respuestas Increíbles
porMiguel Ángel Zamora

 

A Andreas Faber, que no pudo oírlos.

        

1

Andreas tenía respuestas increíbles.
Oyéndole hablar se derretían las reglas.
No evocaba las formas ni tampoco los límites,
sino voces vacías y más voces vacías.

Ofrecía una liturgia de perfiles distintos,
el privilegio del altar y los libros que arden
o aquellos otros libros que salvaba de la hoguera
tras haberlos condenado y dudar de sí mismo.

Recuerdo un viaje blanco a través de la nieve
y un sonido de piedras y de ríos en Freiburgo.
Un acento tan suave como hojas que bailan
para sílabas tan ásperas y de augurios tan tristes.

Ya no recuerdo más, porque ya no le conozco.
No conozco de él la forma de los lienzos,
ni su silencio cómplice con todas las preguntas.
No he vuelto a oír un alemán tan de aire.

Andreas tenía respuestas increíbles.
Cautivaba con ellas otros trozos de cielo
y sembraba semillas de cejas entornadas
con pasajes y coros sin notas escritas.

Me gustaría saber cuáles fueron las preguntas
y cuáles las respuestas que dio en el embarque.
O por qué, si sabía hablar con ella, si la había conocido
se dejó engañar por la muerte de siempre.

2

Andreas
tenía
todas las respuestas.
Pero no acertaba.
Su mundo era
un destino incierto
con frases absurdas
de ninguna parte.
Y Dios conspiraba
a espaldas suyas
para darle forma
y apariencia mágica.
Luces comprimidas
en su imagen hueca.
Entropías traviesas
y universos vivos.
Y en su voz había
un acento grave
de ventanas rotas.
Si le oías oías
hablar a las cosas.
Años escondidas,
años esperando
una voz tan grave
como si cantaran
todas las condenas.
Ahora que se ha ido
volverá la lógica
a vaciar los cauces
de la misma vida.
Que allá donde esté
le saluden gritos
aún no descifrados.
Que todos los misterios
le canten canciones
al cerrar los ojos.

3

Andreas tenía respuestas increíbles y todos las oíamos.
Contestaba a los manuales con simples ocurrencias y todos las oíamos.
Inventaba los contornos de palabras inventadas y todos las oíamos.

Veía señales en los caracoles, y en las conchas
un plano diminuto del universo entero.
Todos sus días eran días de normas nuevas
y de leyes y códigos sin estructura aparente.

El mundo que nació de un capricho tardío,
el alma que levita hacia eternas incógnitas,
el llanto de los perros que disputan por un árbol.

Sólo tuvo un resquicio de dudas
por el que le entró el silencio de una muerte
que todos oíamos.

Ahora callan las tormentas y los bosques,
las conchas con su escala y las ecuaciones de los planos
los gritos de los patios y de las guarderías
como callan casi siempre todas las doctrinas
que conspiran en las cátedras y en las universidades.

 


© Miguel Ángel Zamora

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