í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

Palos de Ciego
David Torres
Presentación en la librería Los editores
13 de diciembre de 2017

por Álvaro Muñoz Robledano


 

David y yo nos conocimos hace veintitrés años, y casi desde el primer momento de nuestra amistad compartimos la idea de una posible novela escondida en media página de las memorias de Sosthakovich, una novela en la que la más alta música del siglo XX se escuchara en el escenario del crimen y la tiranía, del miedo y del ansia de libertad. Supongo que ese recuerdo es la razón por la que estoy hoy sentado en esta mesa.

Sin embargo, la idea de tal novela se fue disgregando en el tiempo, arrinconada por la urgencia de otros textos y la dificultad de encauzar el material que se acumulaba con cada nuevo libro, con cada nueva noticia. Yo, que había supuesto un poema en términos semejantes y del que pensamos, virtudes del alcohol, que podía correr parejo a su texto, enterré mis pretensiones hace ya bastantes años.

Las últimas menciones a ella fueron breves y melancólicas, como si nos acordásemos de la novia que no llegamos a tener en la adolescencia.

Hasta que hace pocos meses me sorprendió recibir un correo de David con un archivo de texto adjunto, de casi cuatrocientas páginas. No es costumbre de casa Torres escribir sin hacerme partícipe privilegiado de todo el proceso creativo, sin llamarme a deshoras para discutir una cita o una línea de diálogo. Que David hubiera acometido semejante tarea en secreto me desasosegó y generó en mí el negro fantasma de los celos.

Cuando leí Palos de Ciego, del tirón y hasta las cinco de la mañana, comprendí que sólo en la más absoluta soledad, escogida como situación política del individuo, pudo haberse escrito este libro, que no es novela, ni memoria, ni ensayo, sino escritura en estado puro, acerca de la escritura y sus falsos límites, de sus resortes y sus falacias, acerca de la responsabilidad del arte y de la excusa del arte; acerca de la verdad y su negación; un texto que se despliega con autonomía, con el perfil fractal de un ser vivo, desparejo, ajeno a los habituales preceptos sobre lo dramático y lo épico, a los habituales y caducos preceptos sobre el ritmo y el desarrollo, ajeno incluso a él mismo.

Es cierto que Palos de Ciego ha coincidido en el tiempo con otros libros: Nunca acaba septiembre, el magnífico texto de césar Romero, La isla del padre de Fernando Marías o La mirada de los peces de Sergio del Molino.  También podemos traer a colación Hhhh de Laurent Binent o Charlotte de David Foenkinos.

Y que la crítica ha iniciado su labor de sepulturero poniendo nombre a esta tendencia: novela del yo, narrativa no ficcional… Puede que la clave la tenga el último verdadero surrealista, que se nos ha ido hace poco, y que, de seguro, hubiera detenido su discurso para mirar al frente con decisión y proclamar, solemne, que éste es un fistro de libro.

En cualquier caso, no es moda ni casualidad, sino un síntoma:

Quizás en este momento, cuando los relatos que configuran la realidad se resquebrajan, los escritores se resisten a continuar alimentando semejante fantasma y optan por la radicalidad en su trabajo, por la desnudez del mecanismo y la puesta en cuestión de dicho mecanismo. Si asistimos a la ficcionalización de la realidad, puede que realidad y ficción sean el mismo enemigo…

 No sé cuál es la misión del escritor, ni siquiera si tiene una, pero si algo ha caracterizado a David Torres es hacer siempre lo contrario de lo que se ha dado por supuesto. Hoy que la novela, y siento tener que decirlo, se nos ha hecho tan inocua, tan blanda por dentro y por fuera, necesitamos la rebeldía de gente como David, de aquellos que no sólo escucharon a Barthes cuando proclamó que escribir es un verbo intransitivo, sino que fueron más allá y decidieron que escribir es una oración autosuficiente, en la que sobra cualquier suplemento circunstancial, cualquier nombre de género. Puede que la misión del escritor sea enfrentarse a él mismo y mostrar esa pelea, porque eso que llamamos cultura es la crónica de un enfrentamiento interminable contra ese entorno hostil que formamos nosotros mismos.

En cualquier caso, Palos de ciego ha sido escrito con dos motores antagónicos e ineludibles: la rabia y la sensatez. Y manejar tales motores necesita lenguaje, necesita dominio del estilo, necesita erudición y necesita pasión.

Decir que este asunto estaba esperando a David Torres es cruel, porque le ha dolido encontrarse con él, de eso estoy seguro, como estoy seguro de que lo ha afrontado con tanta decisión como temor, con todas las preguntas presentes, con el vacío siempre abierto, porque Palos de ciego trata, ya lo he dicho, sobre la verdad vital e inexistente, sobre la insoportable necesidad de la mentira y la insoportable necesidad de borrarla. Trata sobre la música que surge del terror y sobre los mitos de arcilla en los que se apoyan el arte, la ideología, la identidad. No sé si alguna vez han caído en la cuenta de que la verdad ha de ser desvelada, es decir, despojada de los velos que la cubren, mientras que la verdad religiosa o mágica es siempre revelada, es decir, cubierta una y otra vez con velos que la ocultan. David Torres ha rasgado en soledad los lienzos de su vida, de sus libros, de su pensamiento, incluso los velos de su nombre, y ahora nos dice, sin gritos, pero con firmeza, que no es el emperador el que camina desnudo, sino él, y con él, cada uno de nosotros.

Y es que, anteayer, en el metro, mientras daba vueltas a este discurso insensato que les ha tocado a ustedes soportar, me tropecé con un verso de la poeta canadiense Anne Carson que encierra, de alguna manera, uno de los muchos sentidos de Palos de ciego. Lo repito ahora en una traducción chapucera:

La realidad es un sonido y hay que sintonizar su frecuencia de onda; no basta con seguir gritando.

Con él, les invito a adentrarse en este libro demoledor y esperanzado, terrible y erudito, claro e inextricable; un libro que nunca llegó a escribirse y cuya escritura constituye una de las aventuras más apasionantes que encontrarán en estas veneradas estanterías. En él descubrirán, otra vez, que para David no hay nada imposible, salvo escribir con indiferencia y dejarnos indiferentes a quienes lo leemos.

© A.M.R.

 

©Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), "Salvoconductos" (2006) ganador del III Premio Café MOn. Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003) y "Notas para un tratado de botánica de la oscuridad" (2007) junto a Pedro Díaz Del Castillo.

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